Su interpretación de Francisco Franco en Mientras dure la guerra [Alejandro Amenábar, 2019] es bella, rotunda y simbiótica. Seguramente porque el actor y director Santi Prego (Vigo, 1962) huyó del gran dictador y del cruento asesino, y se sumergió en la pequeñez íntima del hombrecillo. Educado en las tablas ambulantes del pequeño teatro gallego de los 80, en los 90 da el salto al cine y la televisión, pero las más de veinte películas y otras tantas series en que ha participado nunca le han hecho olvidar de dónde viene y cuál es su verdadera pasión. Actualmente, también es profesor en la Escuela Superior de Arte Dramático de Galicia.PublicidadPara documentarte, te metiste en la Fundación Francisco Franco a investigar aspectos de su vida íntima, ¿no? Hasta tuviste acceso a escritos en los que Franco hablaba de sí mismo. ¿Cómo se veía Franco a sí mismo y cómo escribía?Poco acceso tuve a eso. Había muy poca información sobre su vida personal, verdaderamente. La conclusión más importante que saqué fue por las escasas fotografías que había de él con su familia, en las que se le veía relajado y sonriendo, que era algo extrañísimo en Franco. Eso me dio la idea de que tenía que interpretar a un tipo muy familiar. Fue muy importante como actor, porque encontré un enganche: yo soy una persona muy familiar. No tenía que hacer a un tipo que está en la guerra. Ya aparecía de uniforme y todo eso. Tenía que buscar a la persona verdadera. Creo que llegué a la persona por su voz.Me da mucha curiosidad saber cómo fue ese casting. ¿Había una sala llena de franquitos?Bueno, como pasó tiempo ya, creo que puedo contar algunas cosas. Alejandro me dijo que llevaba dos años buscando a Franco. Y que ya estaba un poco desesperado. Si no lo encontraba, dijo, no haría la película. Esto me llamó la atención. Después, otros compañeros me confesaron: "Yo hice el casting para esa película y no hubo manera". Me sorprendió. Esta es un poco la respuesta en relación a esos veinte franquitos que dices tú.Qué pena. Porque los veinte franquitos en una sala era una imagen preciosa. Y aterradora.Pues no, lo siento. Eran navidades. Me llama mi representante y me dice: "Mira, que te vengas a Madrid, que hay una cosa muy importante que tienes que hacer, una prueba". Y digo: "Mira, estamos en navidades, no voy a tener yo vuelos para Madrid ni nada”. Yo no quería ir en navidades. Como ya he dicho, soy una persona muy familiar. Pero insistió: "Es que tienes que venir para esto, es muy importante". Fui en coche porque no había vuelos, hice el casting, y ya allí me di cuenta de que le gustaba, de que había conexión, y luego Alejandro me dijo que lo más importante para él fue que yo no juzgaba al personaje.Curioso, no juzgar a Franco.El oficio de actor es no juzgar al personaje.PublicidadDurante seis meses estuviste wasapeándote con Amenábar, hablando los dos con la voz de Franco. ¿Qué siente Santi Prego persona cuando el actor que es se sumerge en un personaje tan siniestro?Bueno, vamos a ver. Yo no lo veo así. Yo no puedo verlo siniestro. Todas esas cosas, de hecho, me estorban. Cuando entras en un personaje, te tienes que sentir como un abogado defensor. El actor acepta o no acepta defender a ese personaje, igual que el abogado. Si lo aceptas, tienes que entender cuál es la lógica interna de ese personaje. Por tanto, no hay ni lo siniestro ni lo no siniestro. Yo parto de la base de que no hace el mal porque quiera hacer el mal. Nosotros lo vemos y decimos: ¡hostia, qué hijo de puta! Pero esa persona en realidad creía hacer el bien. Es como yo lo enfoco para poder defender al personaje, que es mi trabajo.Eso me hace pensar en una cosa que leí en tu página web. Comparas a los actores y actrices con hipnotizados. ¿Es tu interpretación un ejercicio de hipnosis? ¿Te dejas hipnotizar por Franco?Bueno, no me dejo hipnotizar por Franco. Pero sí creo que hay algo de un estado de conciencia alterada cuando trabajamos. La gente no paga por ver a Santi, un actor haciendo de Franco. La gente paga por ver a Franco. Igual que la gente no paga por ver a Santi Prego haciendo de fontanero. La gente paga por ver a un puto fontanero. Y si ese tipo no es un puto fontanero, pues no se lo creen y dicen que han perdido el dinero y el tiempo. Se requiere de una cierta autohipnosis, de una cierta creencia. Yo siempre lo comparo con estar en un campo de concentración. ¡Coño, pues estás en un campo de concentración, joder, la única manera de escaparte, yo qué sé, es vestirte de mujer. Como hizo Albert Boadella cuando lo querían procesar y se escapó vestido de mujer [febrero de 1978: estaba sometido a un consejo de guerra por injurias al ejército en una obra teatral, La torna]. En el caso de Boadella, él no hizo de mujer delante de los guardias civiles que lo estaban custodiando en el hospital [Clínic de Barcelona]. Boadella fue una mujer. Si hace de mujer, los guardias civiles van a decir: "¡Coño, esto es un señor haciendo de mujer. Me cago en la madre que lo parió!". Le dan con la porra y lo meten dentro otra vez. ¿Me explico?Perfectamente.Requiere creértelo hasta un nivel de autohipnosis, de alguna manera.PublicidadCitas en tus clases al sociólogo de teatro Jean Duvignaud, que dice que en los momentos de anomia el teatro anticipa el cambio social. Y no recuerdo yo un momento de anomia, y soy ya viejo, tan acentuado como éste que vivimos. ¿Tú crees que ahora están anunciando el cine y el teatro actuales un nuevo tiempo, o también se han sumido en la depresión, como me pasa a mí, quizá por viejo también?La frase de Duvignaud es bonita, pero yo no me la creo mucho, honestamente. Aunque hay veces que sí puede funcionar. Por ejemplo, en la Transición, veíamos las películas de Pedro Almodóvar y algunas otras y decíamos: "¡Guau!, esto es un poco a donde queremos llegar". La gente ve aquellas pelis ahora y dice: "¡Hostia!, ¡cómo era España entonces!”. Y no. España no era así. Yo me acuerdo de los Guerrilleros de Cristo Rey [fascistas] con las cadenas de moto por las calles [los llamaban cadeneros porque apalizaban con cadenas a todo hombre o mujer que les pareciera sospechoso de socialismo, de feminismo o de haber leído un libro que no fuera Mein Kampf]. Así era aquella época. Más bien tiendo a pensar lo contrario que Duvignaud. Tiendo a pensar que el artista es un bufón, el bufón de palacio, porque depende económicamente del poder y solo hace lo que puede.¿Ves ahora el cine y el teatro acomodaticio con los tiempos?Estamos en un momento en el que la realidad supera a la ficción. La realidad es difícil de creer y para los artistas es más difícil hacer ficción. Por eso hay tanta autoficción y tanta ficción documental. Porque ¿cómo superas esto? ¿Tú cómo haces ahora una película o un libro sobre dictadores cuando tenemos toda esta plana de Javier Milei, de Donald Trump...? Es muy difícil. No creo que podamos anticipar lo que viene después.Te voy a dar malas noticias. El año que viene se cumplen 40 años del estreno de tu primera obra teatral, Mozart y Salieri.40 años... En el 87.Has sobrevivido en la profesión bajo gobiernos de diferentes colores. ¿Hay diferencias de trato al arte entre unos gobiernos y otros, entre las distintas ideologías?Sin duda las hay. Es una obviedad. Pero todo esto siempre hay que matizarlo muchísimo. Evidentemente, insisto, nosotros dependemos del poder, y si el poder es de un signo o de otro, hay cambios. Pero también depende mucho de las personas. Lamentablemente, ni todos los de este color son así, ni todos los de aquel color son asá. Hay un poco de todo en la cesta. Por ejemplo, hay un caso curioso relativo a Galicia. En Galicia el teatro y el audiovisual se empiezan haciendo única y exclusivamente en gallego. Y era el Gobierno de la Alianza Popular de Manuel Fraga. Poca tontería con aquella gente. Nosotros íbamos haciendo giras por España y a la gente le sorprendía muchísimo. En Catalunya podías ver teatro en catalán y en castellano, y desde luego en Euskadi podías ver teatro en euskera y en castellano. En Galicia, no. En Galicia el teatro que hacíamos era solo en gallego, y también el audiovisual. Y eso supongo que dependía de determinadas personas que estaban posicionadas allí, a lo mejor medio infiltradas.Oye, ¿temes la llegada de Vox al gobierno? Lo digo por la censura. Nada más llegar a los ayuntamientos eliminaron de la programación teatral espectáculos como el Orlando de Virginia Woolf, porque el protagonista masculino un día se despierta como mujer, igual que en la novela. Y hubo más casos: obras sobre la represión o los asesinatos franquistas se borraron de la cartelera cuando ya estaban programadas. De hecho, la SGAE, la Academia de las Artes Escénicas y el Centro Dramático Nacional respaldaron un manifiesto de la Plataforma de Artes Libres que denunciaba el retorno de la censura. ¿Lo ves posible?Sí, hombre, claro que lo veo. Incluso desde un punto de vista antropológico, las artes dependen de la financiación y del poder. Dicho esto, que llegue Vox no son buenas noticias. Es obvio, no lo podemos negar, está claro. Pero, por decir una boutade —y entiéndelo en este contexto de boutade—, a lo mejor son buenas noticias. Te voy a contar una anécdota en ese sentido. Mi hija no hablaba gallego en casa. Era refractaria. Pero un día, cuando tenía 16 años, llegó a casa hablando gallego, a trompicones. Y a partir de ese día hasta hoy, que tiene 31 (han pasado 15 años), solo habla gallego. ¿Qué pasó? Pues pasó el decretazo del PP contra la lengua. Salieron todos los chavales de los institutos a la calle, hubo una gran movilización, y ella tomó conciencia: "Joder, una cosa es que yo no hable gallego, pero otra cosa es que estos cabrones se lo quieran cargar. ¿Ah, sí? Pues ahora veréis". Entonces, en esta época de atonía que hay en las artes, a lo mejor esa bofetada ayuda a reaccionar, a que la gente se posicione decididamente.El cine, al ser ya en España una gran industria consolidada y con relaciones internacionales, a lo mejor tiene menos problemas. Pero al teatro lo veo tan frágil que temo que sí pueden acabar con muchas compañías. Y tú eres hombre de teatro; también has hecho mucho cine y mucha televisión, pero eres hombre de teatro, te conozco de siempre y a mí no me engañas.El teatro es más frágil, pero al mismo tiempo somos más matados. A ver si me explico: por ejemplo, el teatro gallego nace como resistencia política antifranquista y resistencia nacionalista. Este es el origen del teatro profesional gallego a partir de Abrente en 1975. La posición era muy precaria; quienes contrataban eran asociaciones de vecinos, asociaciones culturales, etcétera. Sin embargo, todo aquello floreció enormemente porque el teatro siempre se mueve en un ámbito de precariedad. En la precariedad sabemos movernos. En el cine estás jodido. Si no tienes dinero, no hay película, se acabó. La resistencia en el teatro es más fácil que en el cine.Das clases de arte dramático. ¿Ves preparados a los jóvenes para la precariedad?Saben lo que hay, no se engañan. Están superconcienciados, o superconcienciadas, más bien, porque la mayoría son chicas, bastantes más chicas que chicos. Las veo muy politizadas y concienciadas, insisto, a veces hasta pasándose de frenada [cuando escriben o interpretan]. Lo cual no está mal. Nosotros también lo hicimos.Publicidad¿Cuál fue el gran error de tu vida?Le he dado vueltas e incluso le pregunté a mi mujer, y entre los dos no sabíamos. ¿Sabes qué pasa?: yo no he cometido errores porque siempre me he dejado llevar. No he tenido una planificación, esto que dicen de hacerse una carrera. Es un concepto que no entiendo muy bien. Siempre he elegido por curiosidad, o porque me apetecía más, o porque me sentía comprometido. Como no he tenido una planificación, pues no he cometido errores.