La base de toda la estrategia económica del gobierno de Javier Milei y la gestión de Luis “Toto” Caputo al frente del Palacio de Hacienda se apoya en una premisa que, quizá, sea la principal victoria de la “batalla cultural” del oficialismo: el superávit fiscal, más alto o más bajo, vino para quedarse. Cualquier opositor (obviamente peronista) que se presente en 2027 deberá contabilizar recaudación contra gasto superavitario: desafío ineludible, ya que reestructurar deudas o expropiar eyecta más votantes de los que atrae. Para 2026, Milei y Caputo mostrarán, por tercer año consecutivo, un sólido resultado fiscal, en línea con el presupuesto nacional y con el FMI. El 1,4% de superávit primario será logrado y exhibido como una cucarda antes de octubre. Lo notable es cómo se logrará. La recaudación, única fuente sana, viene mal: pese a que julio mostró suba por Ganancias, las proyecciones indican una caída real promedio de 3 a 4% contra la inflación. Se espera recuperación en el segundo semestre, pero el primero fue tan malo que será imposible revertirlo. El gasto público está ya al límite. Reconoció Caputo, cerca de abril, que por esa vía no hay muchas esperanzas de contracción y que la “motosierra” está casi sin kerosene: lo que sigue es reducción quirúrgica, no bombardeo. Aun así, podrá caer entre 3 y 4% anual, porcentaje importante para cualquier gestión, pero insultante para quien basa su experiencia en la extirpación del gasto. Ya se avizoran los límites: las jubilaciones están al borde del quebranto, no se podrá sostener mucho más la suspensión de obras públicas y la administración nacional muestra agobio presupuestario, con personal capacitado que falta más de lo que sobra.