La crisis climática dejó de ser únicamente una discusión ambiental. Ahora es una discusión sobre lo que ponemos en el plato, sobre cuánto cuesta comer sano y sobre quiénes sobreviven cuando los sistemas de salud y alimentación colapsan al mismo tiempo. El Informe Global de Nutrición 2026 advierte que 2.6 mil millones de personas no pueden costear una dieta saludable y que el cambio climático está debilitando simultáneamente los sistemas alimentarios y sanitarios. En América Latina y el Caribe, una región marcada por profundas desigualdades, esta convergencia amenaza décadas de avances en nutrición y salud colectiva. El informe plantea una idea poderosa: las crisis ya no llegan solas. Sequías, inflación, conflictos, pandemias y enfermedades se superponen como fichas de dominó. Los autores llaman a este fenómeno “policrisis”. Cuando una sequía destruye cultivos, aumentan los precios de los alimentos. Cuando suben los precios, las familias reemplazan frutas, verduras y proteínas por productos más baratos y ultraprocesados. Después, los sistemas de salud reciben el impacto en forma de anemia, obesidad, diabetes o desnutrición infantil. La región conoce bien esta historia. Desde Centroamérica hasta los Andes, miles de familias enfrentan pérdidas agrícolas por inundaciones, olas de calor o cambios impredecibles en las lluvias. Mientras tanto, las ciudades latinoamericanas muestran otra cara de la crisis: barrios donde abundan bebidas azucaradas y alimentos ultraprocesados, pero faltan alimentos frescos y accesibles.
El costo oculto de alimentar a América Latina
El aumento de los desastres naturales y la desigualdad amenazan el acceso a una alimentación saludable en la región, poniendo en riesgo los avances logrados en nutrición y salud pública.










