Miguel Tapia (62) cuenta que debía esconderse. Refugiarse en su pieza bajo el arco y las esponjas de esos rudimentarios audífonos ochenteros que disparaban la música del dúo británico Yazoo, aquellos de hits como Only you o Don’t go. “Esos bombos, esos bajos comprimidos… me encantaban”, admite.Pero era un gusto inconfesable. Una emoción que lo avergonzaba. Un placer culpable antes de que existiera ese término funesto: con sus camaradas en Los Prisioneros ultimaban su debut, La voz de los 80 (1984), caracterizado por las guitarras frontales, las baterías urgentes y un sonido mucho más esquelético. Ahí, el atuendo electrónico de Yazoo era un convidado de piedra. “No lo compartía con mis compañeros porque sentía que me iban a criticar por estar escuchando música con máquinas programadas mientras grabábamos un disco súper punketa”, recuerda.Pero el tiempo se encargaría de sepultar pudores y de poner al frente secretos musicales que parecían bochornosos. Para el siguiente disco, Pateando piedras (1986), el trío sanmiguelino se inclinaría precisamente por esas texturas más sintéticas de bandas como Yazoo, incorporando teclados, sintetizadores, cajas de ritmo y baterías electrónicas, aunque sin marginar las guitarras de sus orígenes. Tapia, junto a Jorge González, darían rienda suelta a su amor cada vez más creciente por nombres como Depeche Mode, New Order, Bronski Beat o Soft Cell, incluyendo además los flamantes recursos artísticos en sus shows. Aunque Claudio Narea nunca estuvo cómodo con los nuevos tiempos, la agrupación experimentaba uno de sus más profundos cambios internos y demostraban un estado creativo voraz, desplegado en algunas de las mayores canciones de su catálogo, como Muevan las industrias, Quieren dinero, Independencia cultural o El baile de los que sobran. Tapia sigue: “Ya llegado este segundo disco quedó más clara la influencia que teníamos de estos grupos, canciones como Muevan las industrias tienen mucho de ese sonido más Depeche Mode. Nosotros sampleamos los balones de gas y le bajamos la afinación, y quedaron sonando como fierro. Empezamos a descubrir los samplers, los teclados, las secuencias y fue otro mundo, muy jugado. Estaba súper claro lo que estábamos escuchando en ese momento y a Claudio no le atraía mucho, porque él siempre ha sido mucho más de guitarra, más rocanrolero, más rockabilly. A él no le agradaba tanto el disco y mucho menos tocarlo en vivo. Los teclados le incomodaban y era como una pequeña lucha que teníamos al tocar este disco, al presentarlo. Y todo era muy precario, porque la verdad que ahora ha cambiado tremendamente lo que es tocar en vivo, todo lo que es la infraestructura, los escenarios, el sonido, la iluminación”.40 años después, ya no será tan precario repasar en vivo el cancionero de Pateando piedras. Ni menos resultará incómodo. Como una vuelta de mano con uno de los títulos más inventivos de la música popular chilena, Tapia revivirá el disco en el festejo por los 40 años de su lanzamiento, con un concierto agendado para el 15 de septiembre a las 20.30 horas en el Teatro Caupolicán (entradas en Puntoticket). En la previa, el músico ha debido ensayar no sólo sus temas más significativos, sino que también algunos que se han mantenido desplazados.Foto: Bastián Pizarro (Cedida - Prensa Miguel Tapia) “Yo no soy muy romántico ni tampoco nostálgico”, aclara. “Pero me gustó estar trabajando en las canciones de ese disco para presentarlo. He estado chequeando las pistas que grabamos en su oportunidad y se me ha hecho bien agradable encontrarme con nuestra interpretación e incluso con el sonido de la guitarra de Claudio en temas como Estar solo, que tiene mucha influencia de The Cure, exactamente del disco Pornography. Aparte de las conocidas, ahora también nos vamos a abrir a tocar Estar solo o Por favor. Ha sido muy entretenido recordar las influencias que teníamos en ese tiempo, en particular Jorge y yo, por las máquinas”.“En ese momento empezamos a tocar con una batería electrónica, la Simmons. La compramos y era muy incómoda de tocar. Nunca fue un placer tocarla, porque era casi como tocar esta mesa. No tiene ese rico golpe del parche natural de la batería. Yo sacrifiqué ese placer de tocar la batería durante muchos años por tratar de optimizar el sonido en vivo. Porque nosotros no sonábamos tan bien en vivo. Y nunca fue agradable esa batería. No era como Phil Collins tocando en Londres”, continúa el artista, sentado en el programa Viernes de Culto que se emite a través de La Tercera.Un auto para Myriam HernándezPero Pateando piedras no sólo significó una mayor riqueza en el sonido de la banda; también amplificó su alcance popular hasta consolidarlos como el grupo más importante del país, con cifras que reportaban un álbum que despachó cinco mil copias en sus primeros diez días en tiendas, dos fechas en el en ese entonces Estadio Chile repletas con cerca de 10 mil personas y una prensa que los tomaba cada vez más en serio, admitiendo que eran una competencia indudable para los grupos argentinos que por esos días copaban los medios. Aunque resultaba lógico que en 1987 estuvieran sobre el escenario del Festival de Viña, finalmente la mirada recelosa de la dictadura militar no les permitió saltar a la vitrina más convocante del país.“Siempre hubo una energía mala onda con Los Prisioneros. Siempre fue cuesta arriba. Siempre fue antagónico. Y principalmente por los medios, no por el público. Fue sanador cuando en los 90 me encontraba con mucha gente que iba de vacaciones a Perú, Ecuador o al Caribe y regresaban y me decían: ¡oye allá ustedes son súper famosos! Pero en Chile sentíamos frustración, frustración. Sobre todo había mala onda con Jorge”.Para ejemplificarlo, Tapia narra una anécdota: cuando volvían a Santiago tras las multitudinarias presentaciones que protagonizaban en los países de la costa Pacifico, nadie del sello EMI llegaba a Pudahuel para recibirlos, pese a ser uno de los artistas más vendedores del país. “Pero un día llegamos en la tarde y veo en el aeropuerto a un chofer de la EMI. Ahí dije: wow, al fin se pegaron la ‘cachá’ y nos mandaron a buscar para llevarnos a nuestras casas. Le hablo a este chofer y le digo ‘don Mario, qué bueno que nos vino a buscar’. Él me responde: ‘no Miguelito, vine a dejar a la Myriam Hernández’”. Después retoma: “Yo estuve con Jorge un tiempo atrás y le dije que yo me alegraba mucho por él, porque Jorge recibió mucho odio. Por lo que fuera, por su personalidad, por lo que decía. Y le comentaba qué bueno que ahora la gente te está demostrando mucho su cariño. Le han reconocido su labor como compositor y todo eso. Yo cuando viajo también estoy sintiendo lo mismo”. Pese a la conquista de otras plazas de la región donde hasta hoy suena su obra, Tapia aclara que siempre pensaron en local. Volverse universales fue una hazaña fuera de su control. “Nosotros pensábamos en Chile, nada más. Muevan las industrias es una canción que tiene que ver con el momento en que mi padre quedó cesante en la fábrica que trabajaba. El baile de los que sobran tiene que ver con el colegio, con nuestra historia. Nosotros en el colegio éramos seis amigos muy inquietos, muy atentos a lo que pasaba en Chile. Nos interesaba mucho lo que venía. En palabras simples y chilenas, éramos súper pajeros”.01-08-2026
Miguel Tapia: “Me han dicho que escriba un libro de Los Prisioneros, pero no tendría éxito: mi libro no tiraría mala onda” - La Tercera
El exbaterista del trío estuvo en el programa Viernes de Culto adelantando el show con el que celebrará los 40 años del esencial Pateando Piedras. Dice que ve difícil invitar a Jorge González al evento, pero que su relación actual con él es buena. También repasa algunas historias del trío: su carácter de pitoniso en la banda -"vi las traiciones del grupo", dice- y lo preocupados de la realidad chilena que eran desde niños con sus excompañeros. "En palabras chilenas, éramos súper pajeros", bromea.








