Pocos engaños más descarados que la palabra apuesta. Algunas se creen que lo son y nos hacen reír: lo mismo les pasa a tantas mujeres, tantos hombres. Y encima dependen de la moda, como casi todo: la palabra apuesta de ayer es la cursi de hoy —hablemos de crisálidas, firmamentos, surrealista y otras horteradas. Pero no nos dejemos llevar por las palabras y sus trucos malos: hoy no queremos hablar de la palabra que se cree apuesta; queremos hablar de la palabra apuesta.Sus orígenes no tienen mucha gracia. Latinos, por supuesto, del verbo apponere, agregar, poner encima. O sea: las monedas que el jugador arriesgaba a una carta o un dado. Esa era la puesta, un acuerdo entre dos o más personas que se comprometen a entregar esa suma a quien gane el desafío pactado. Que podía ser cualquiera, pero solía concentrarse en dados y barajas o al resultado de un duelo entre animales: qué caballo o can corría más rápido, qué hombre o mujer corría más rápido, qué gladiador mataba y cuál moría.Así eran los romanos, gente brusca, portadores del fascio. Y así fueron —casi— todos los demás, y más aún cuando los ingleses inventaron el sport. Primero, por supuesto, se apostaba al triunfo de tal o cual equipo, pero rápidamente se abrieron apuestas a quién metía el primer gol, quién el último, quién pateaba más canillas contrarias y así de seguido: de pronto todo fue apostable y todo fue apostado y las posibilidades de trampa se multiplicaron. Ahora sabemos que muchos de esos partidos muy menores, esos combates de vox casi perdidos, se hicieron para que algún mafioso se forrara con apuestas arregladas.Todo lo cual es muy bonito, gran reservorio de películas tremendas donde el protagonista se debate entre dejarse ganar para pagar el tratamiento de su madre enferma —y de paso el Mustang— o enfrentar a los malos como sólo en Hollywood. Siempre muy didáctico, una escuela de vida para alumnos repetidores; el problema es que ahora se puede apostar por cualquier cosa.Hay apuestas para todos los gustos, y están los ídolos de jóvenes que los incitan a jugarse lo que no tienen al resultado de un partido: a arruinarse, de a poco o de golpe. Pero la novedad son esas “compañías” norteamericanas que aceptan apuestas sobre lo que sea. “¿Estados Unidos atacará a Irán? ¿Se casará Taylor Swift? ¿Usará tal político tal palabra en su discurso de mañana?”, ejemplificaba hace unos días The New York Times. Y contaba que la tendencia se disparó con las apuestas de la campaña presidencial de 2024, y que sólo en diciembre pasado las dos fulleras más ricas, Polymarket y Kalshi, movieron unos 10.000 millones de euros, cuatro veces más que el total del Gordo de Navidad español.Para su fortuna, Donald Trump Jr. aparece como “asesor” de las dos principales. Y, para esquivar las leyes sobre el juego, las empresas se hacen llamar “mercado de predicciones” y adoptan formas financieras: uno “compra una acción” que dice que mañana se va a caer un avión en China; si sucede, la acción sube mucho y te la “compran”; si no, pasa a valer cero. Las empresas suelen tener sus servidores en cualquier isla perdida, sin controles, la forma actual del paraíso.La moda es reciente, y hay quienes piensan que es la maniobra genial de un filántropo loco, un americano dispuesto a dejarse sus millones para ofrecer a esos espías y traidores que su país cría sin parar una opción inofensiva: que cuando roben un secreto militar importante no se lo vendan por millones a un enemigo que querrá usarlo para el mal —sino que ganen esos millones apostando gracias a lo que se enteraron.Apoyan su teoría en casos de soldados que ganaron, por ejemplo, fortunas apostando a la fecha del ataque democrático a Irán. O en el arresto del sargento Gannon Ken Van Dyke, 20 años de fieles servicios, que había ganado 400.000 dólares apostando que Maduro caía antes del 31 de enero. O en la detención del operador del teleprompter de Trump, que apostaba sobre lo que su jefe diría en sus discursos.Es un alivio pensar que quien consiga información hipersensible no la usará para entregársela al enemigo de ese mes sino para embolsarse millones: la lealtad siempre al mejor postor. Pero el efecto general es “la financiarización de todo”: que cada decisión, cada acción, cada inacción, cada carambola se convierta en base de un negocio y una apuesta: yo digo que ta, tú dices que te, el que gana se lleva la plata. Y el mundo cada vez más un gran casino —en italiano, que al fin y al cabo es nuestra lengua madre.
La palabra apuesta
La novedad son esas “compañías” norteamericanas que aceptan apuestas sobre lo que sea. ¿Se casará Taylor Swift?







