En los mapas escolares argentinos, pintados con los colores patrios, la Antártida aparece marcada con un triángulo blanco que baja desde Ushuaia hasta el Polo. Los mapas chilenos muestran otro triángulo, superpuesto al primero. Los británicos, un tercero, superpuesto a ambos. Desde antaño se juega una pulseada donde todos dicen “es mío”. Y como los mapas no alcanzaban, los países avanzaron con los cuerpos. En 1978, Argentina trasladó a una mujer embarazada a la Base Esperanza y allí nació la primera persona en la historia del continente; Chile respondió en 1984 con nacimientos propios en Villa Las Estrellas, donde hoy funcionan una escuela y un registro civil; el Reino Unido emite estampillas desde la oficina postal de Port Lockroy. Pero los nacimientos, las aulas y las estampillas no entregan las llaves del manto blanco bajo el que descansan la fauna y la vegetación marina australes y metales de todo tipo. El Reino Unido acaba de completar su mayor inversión en infraestructura de ciencia polar desde los años ochenta; Chile hizo de Punta Arenas una puerta de entrada al continente; Argentina sostiene desde 1904, en Orcadas, la estación de operación continua más antigua de la Antártida, aunque su programa científico atraviesa hoy la peor crisis presupuestaria en décadas. La ciencia existe, pero orbita alrededor del reclamo.
Antártida: el último territorio sin dueño
El mayor desafío del continente es la construcción de un modelo global para protegerlo.







