Pues verán. Esta semana he descubierto que los protocolos sanitarios han añadido -no sé desde cuándo- una cláusula cuando menos curiosa: advierten sobre la necesidad de no tomar decisiones importantes, ni firmar documentos legales, durante al menos 24 horas después de recibir anestesia. Aunque sea para una prueba diagnóstica o una reparación mínima. Explican que los medicamentos residuales afectan la memoria, la concentración y el juicio, incluso si la persona aparenta estar completamente despierta. La capacidad de evaluar riesgos y beneficios no funciona al 100%, concluyen.

Asombrosamente, como en la historia del elefante en el que no se debía pensar, el brillante -y best seller- ensayo de George Lakoff, una decisión importante a tomar se abre paso en el cerebro. Sobre todas las posibles, con toda claridad. Y allí se queda. Puede ser cualquiera, creo que personal prioritariamente. Con lo que, lejos de verse afectados la memoria y el juicio, asisten a una especial clarividencia, según observé. Viene a ser lo de la consulta con la almohada al amanecer, pero a lo grande. Y creo que ha de tomarse en serio para recapacitar sobre ella; eso sí, luego, en plena lucidez.