En el tren de Casablanca a Tánger, en la misma tarde del cruce de decenas de miles de personas hacia Ceuta el pasado jueves 30 de julio, dos jóvenes sujetan el móvil en la mano. No llevan nada más, solamente una pequeña bolsa verde repleta de botellas de agua, pan y galletas de chocolate. Un móvil, comida de aprovisionamiento y una misión que queda clara al escuchar los sonidos que emiten sus dispositivos: sirenas de ambulancias y coches policiales, jóvenes al grito de “¡Haraga!” unido a un scrolling infinito en redes sociales como Instagram, Facebook o TikTok.
En la noche del jueves al viernes, todos los móviles apuntan hacia la columna de fuego que se ha formado cerca del paso fronterizo hacia Ceuta. Los enfrentamientos entre las fuerzas de seguridad marroquíes y los jóvenes han terminado con la quema de vehículos, entre ellos varios taxis, coches privados y un autobús. Las redes no tardan en prenderse también con esas imágenes. Todas ellas acompañadas de eslóganes, que ya son más que habituales en estos días, como ‘Haraga Fnideq’, que se traduce del árabe como “quemar Castillejos”, en alusión a la ciudad marroquí más cercana a la frontera ceutí y principal punto de concentración de los jóvenes. Al día siguiente, los que pueden, y se atreven, se suben al autobús incendiado, mientras otros solo posan delante de él. Selfie, Facebook, publicar.











