A finales de julio, el Diario de Burgos publicaba una noticia referida al Hospital Universitario de Burgos. Desde primeros de mayo, se estaban atendiendo, para dar a luz, a mujeres de nacionalidad brasileña, residentes en países del norte de Europa en los que se les había ido controlando el embarazo. La primera mujer no levantó ninguna sospecha, claro; sin embargo, cuando ya eran unos 30 los casos de mujeres como esa, que, además, daban alternativamente la misma dirección en dos pueblos cercanos e iban a menudo acompañadas por el mismo hombre, se identificó un patrón y se puso en conocimiento de la policía. Podía tratarse de turismo sanitario, inmigración o de una red de vientres de alquiler. Imagino que la fiscalía lo debe estar investigando y pronto lo aclarará. En cualquier caso, la hipótesis de una red de tráfico de vientres de alquiler no parece nada descabellada.En realidad, los vientres de alquiler son tan viejos como la biblia, por lo menos. Claro que, en aquellos tiempos, nadie hablaba de gestación subrogada, una terminología que enmascara, aunque no cambia, la realidad. En los tiempos bíblicos, una esclava paría un hijo para el amo, a petición de la esposa de este, que, por su edad, ya no podía concebir. El ejemplo más conocido es el de Sara, que entregó su esclava egipcia a su esposo, Abraham, para así procrear un descendiente. AleksandarNakic / Getty ImagesLa práctica de que una mujer tuviera hijos mediante otra mujer ha existido siempre. Además de esclavas, encontramos sirvientas, concubinas o parientes. Y en regímenes dictatoriales se han arrebatado los hijos de las mujeres desafectas al régimen para entregarlos a familias sin descendencia y comprometidas ideológicamente, como ocurrió durante la dictadura franquista con las “rojas”.Se me dirá que no existe paralelismo posible entre las situaciones mencionadas y la práctica actual de los vientres de alquiler. Ahora, se dice, media el consentimiento de la gestante, lo que no ocurría en los anteriores contextos. Cierto, la gestante firma un contrato por el que consiente entregar al hijo gestado. No parece que haya coerción: la mujer es libre de aceptar o no esa contraprestación. Sin embargo, la libertad es una mera ficción cuando no existe la igualdad. Si una mujer necesita desesperadamente el dinero para comer, como ocurre en India, o lo necesita para pagar los estudios universitarios de su prole, como en Estados Unidos, no consiente libremente.En la práctica del vientre de alquiler, la libertad de la gestante es una ficción cuando no hay igualdadPor otro lado, ¿qué hay del bebé? La Convención de los Derechos del Niño establece que en todas las decisiones debe primar el interés superior del niño y determina también que su venta queda prohibida. En la mal llamada gestación subrogada, el objeto del contrato es el embarazo, pero ese contrato solo finaliza al entregar al bebé, es decir, el resultado práctico es una transacción. Y queda patente que lo es cuando el crío no cumple las expectativas de los padres: discapacidad, embarazo múltiple, o cuando una de las partes cambia de opinión.“Lo quiero, lo tengo” parece ser una consigna bastante extendida en el mundo occidental en el siglo XXI. El neoliberalismo empuja a pensar que es lícito satisfacer cualquier deseo que se pueda comprar con dinero. El individualismo rampante lleva a pensar que cualquier deseo es un derecho que debe ser complacido, aun a riesgo de conculcar los derechos de otra persona.No hace muchos días, uno de los principales dirigentes de la CDU alemana, Jens Spahn, dimitió de su cargo porque, pese a que en Alemania los vientres de alquiler son una práctica prohibida y pese a que su partido es contrario a ella, él y su marido habían tenido un hijo en Estados Unidos por este método. Spanh dijo: “En los últimos días he llegado a darme cuenta de que mi felicidad personal –formar una familia con mi marido y convertirme en padre— es incompatible con mi cargo político”. Es decir, ese hombre tenía unos principios éticos, que, al entrar en contradicción con un deseo profundo –la paternidad—saltaron por los aires. Lo quiero, lo tengo.El ¿qué debo hacer?, que ha preconizado durante siglos la filosofía centrada en el bien común, ha sido sustituido por ¿qué me hará feliz?, es decir, la suma de neoliberalismo e individualismo, a los que se les ha restado la ética.