Hay nombres que condensan el espíritu de una época, con todas sus luces y, fundamentalmente, con todas sus sombras. Uno de ellos es Peter Thiel, un personaje fascinante, influyente y profundamente peligroso. Multimillonario de perfil peculiar (con una fortuna estimada en unos 30.000 millones de dólares que, para los parámetros de Silicon Valley, lo ubica lejos de Jeff Bezos o Elon Musk), Thiel no es un mero magnate de la tecnología. Es una mezcla infrecuente de inversor, proveedor estatal de inteligencia y pensador con obsesiones que van desde la filosofía política hasta el Anticristo. Fundador de PayPal junto a Musk y creador de Palantir Technologies, Thiel ha construido un imperio sobre la recolección y el procesamiento de datos. Su empresa es el brazo informático no oficial del Estado profundo norteamericano: le vende servicios a la CIA, al FBI, al Pentágono y al Servicio de Control de Inmigración y Aduanas (ICE). Cada interacción digital que realizamos alimenta plataformas como las suyas; información que luego sirve tanto para deportar inmigrantes como para guiar un misil en Teherán. Sin embargo, lo verdaderamente preocupante no es solo su alcance operativo, sino su arquitectura ideológica. Thiel es el gran ideólogo del tecnocapitalismo: la postulación explícita de que la libertad y la democracia son incompatibles, y que la segunda es un sistema perimido que debe ser sustituido por el dominio de la tecnología y los datos.