Por Sara Acosta |

Ahuachapán (El Salvador) (EFE).- La salvadoreña Dora Martínez solía ganarse la vida vendiendo huevos de tortuga en las playas de El Salvador, hasta que comprendió la huella que su oficio dejaba en el ecosistema.

Decidió dar un giro absoluto: ahora es «viverista» y se dedica a la protección de las especies que anidan cada año en la orilla de su pueblo.

«Los cuidamos (a los huevos) para que la especie no se termine», dijo en una conversación con EFE y explicó que su trabajo implica «estar en la orilla de la playa toda la noche» esperando a que la tortuga aparezca para «ayudarle al momento que expulsa los huevos y luego traerlos aquí (al vivero)».

Martínez, al igual que los vecinos de la zona costera Barra de Santiago, al suroeste de El Salvador, se han convertido en los protectores de las especies de tortugas que llegan a anidar a una turística playa y cuyos huevos los cuidan y resguardan en un corral de incubación para evitar su comercialización y consumo, prácticas prohibidas en el país.