Tomar fotos es algo que nos obsesiona como sociedad. Nos gusta atesorar recuerdos gráficos de momentos vividos e inmortalizados para siempre. Sin embargo, si se mira atrás en el tiempo, la evolución vivida en el mundo de la fotografía en un corto espacio de tiempo no puede ser mayor. Las cámaras compactas analógicas dieron paso a las digitales, ya en desuso debido a la calidad gráfica que han alcanzado los móviles. Actualmente, un teléfono es capaz de realizar fotografías con una resolución impensable hasta hace poco. Eso por no entrar en las nuevas ediciones con Inteligencia Artificial, que en puridad suponen una alteración del momento vivido.PublicidadSin embargo, ante esta revolución tecnológica inimaginable hace no tanto, las nuevas generaciones se han plantado. La generación z ha puesto en valor las cámaras analógicas, las cuales han cobrado una segunda vida en aplicaciones y marketplaces de segunda mano. Son muchos los jóvenes que salen de fiesta armados con una cámara digital, tal y como hicieron sus padres y tíos en la década de los 90 o principios de los 2000. Una vuelta atrás que no es caprichosa, y que se debe a un conjunto de factores que, a su vez, nos dicen mucho de la sociedad en la que vivimos.Uso consciente vs piloto automáticoEn líneas generales, existe una clara tendencia a volver a lo analógico entre un segmento de la población. La idea de fondo entronca con el mindfulness en el sentido de que lo que se busca es la presencialidad en contraposición de la automatización que ha traído consigo el avance tecnológico.Vivimos en una sociedad acelerada. Una circunstancia que puede ser abrumadora para muchas personas, que en muchos casos se dejan arrastrar por la inercia ya que apenas cuentan con tiempo para reflexionar en el cómo o el por qué. Es lo que en psicología cognitiva se conoce como procesamiento automático o sistema 1: una suerte de funcionamiento en piloto automático que se ve favorecido por los algoritmos y la inmediatez. Una falta de toma de decisiones ante la que las nuevas generaciones se han rebelado poniendo en valor los objetos analógicos del pasado.Entre ellos, las cámaras de fotos. El porqué es el siguiente: las cámaras del smartphone invitan al hecho de tomar una foto en una rutina más. De hecho, se pueden capturar cientos de imágenes anodinas sin que tengan un coste; como mucho después se hace una selección y ya. Sin embargo, la cámara analógica es uno de esos objetos que invitan a la reflexión. ¿Por qué? Muy sencillo: juegan con la escasez. El carrete es limitado, lo que obliga a elegir bien el momento que queremos capturar para la eternidad. En la psicología del diseño, a este concepto se le llama fricción positiva y sirve para tomar decisiones conscientes dentro de un proceso (en este caso, tomar una foto).PublicidadAdemás, las cámaras de carrete proponen un juego que contrarresta la inmediatez del mundo actual, pues el resultado final no se puede ver hasta el momento del revelado. Es la llamada gratificación diferida, que contrasta con los picos de dopamina instantáneos que ofrecen los estímulos inmediatos al construir una expectativa que se prolonga en el tiempo. El cerebro es una máquina de predicción orientada al futuro, por lo que la anticipación por ver las fotos genera una activación neurobiológica más duradera. Es el mismo motivo por el que los vinilos han sufrido un repunte en tiempos de Spotify, o por qué los coches antiguos están teniendo un pequeño boom respecto a los nuevos automóviles en los que todo está automatizado. Se trata de un nicho, es cierto, pero abanderado por la Gen Z.Nostalgia de lo no vividoEs por ello que tildar esta tendencia de nostalgia es incorrecto, pues las cámaras analógicas no son algo con los que los zoomers hayan crecido. En su caso, la reivindicación de los 90 y principios de los 2000, que también sucede en otras áreas como la música o la moda, tienen más que ver con una añoranza romántica de lo que los investigadores Christopher Marchegiani e Ian Phau acuñaron como nostalgia histórica. O dicho de otra manera, se trata de un pasado imaginado a través del consumo de cultura popular. En el ámbito sociológico, a este anhelo por una época que jamás se habitó se le conoce como anemoia.Según el filósofo Felipe De Brigard, la nostalgia es un mecanismo que busca escapar del malestar presente por medio de imaginar escenarios alternativos. En ese sentido, la Gen Z habría identificado los males de la sociedad actual y, en respuesta, busca una regresión a tiempos que se perciben más simples y, por ende, más felices. Para una generación que ha crecido expuesta a la hiperconexión, la ansiedad algorítmica y la incertidumbre del mundo contemporáneo, las décadas previas al smartphone se perciben como un refugio romántico. El sociólogo Zygmunt Bauman denominó a esto Retrotropía (2017): la tendencia a ubicar la utopía en el pasado en lugar del futuro. La época de los 90 se idealiza en el imaginario colectivo como un periodo más sencillo, analógico, tangible y, por ende, más humano.PublicidadModa, estética y postureoEvidentemente, la vuelta de las cámaras de fotos analógicas también tiene mucho de tendencia y moda. Pensar que todos los jóvenes que se han ido a un festival cargados con una desechable han realizado un complejo análisis social del presente resulta improbable, cuanto menos. Por norma general, los humanos estamos programados para imitar los comportamientos de otros y, cuando algo se vuelve popular, por las razones que sean, tiende a ser replicado por el resto.Así que la vuelta de las cámaras digitales también tiene su dosis de sumarse al trend del momento de una manera acrítica, o simplemente buscando una estética que está en boga. De hecho, es la razón por la que también se han vuelto populares los filtros que replican la imagen de una cámara analógica, pero sin abandonar todas las comodidades de la foto digital.En ese sentido, la perfección alcanzada por las fotos de los smartphone ha causado un cierto rechazo en parte de la población. Es la paradoja del hiperrealismo, según la cual en un entorno saturado de imágenes perfectas estas pasan a causar rechazo por sospecharse como falsas. Es en el error, el fallo técnico o la imperfección donde se interpreta que está la verdad. Así, una imagen borrosa de una foto analógica en papel pasa a tener más valor que la mayor nitidez posible en la pantalla del iPhone.Aquí entra en juego el concepto de aura, tan sobreutilizado actualmente. La primera vez que se usó fue por parte del filósofo Walter Benjamin en su ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica (1936), donde hacía referencia a la presencia única que tiene un objeto físico original (entonces en relación con las copias). Sin embargo, en el terreno de las fotos esto se extrapola al valor que tiene una foto impresa tomada con una cámara analógica, de las que no existen dos iguales, respecto a las miles de fotos idénticas que se pueden tomar con un smartphone. La primera tiene aura, mientras que la segunda no.Probablemente, la fiebre por los 90 terminará pasando y otra tendencia ocupará su lugar. Sin embargo, de este viaje analógico sobrevivirán unas cuantas fotos guardadas en cajas de zapatos al fondo del armario. Con una ventaja: en ellas se guardarán retazos de la juventud vivida que no se pueden borrar por error. Para rememorarla no será necesaria suscripción ni contraseña alguna, tampoco actualizar las condiciones de servicio. En ese sentido, el presentismo nunca se perderá con ellas.