La isla de Roatán está rodeada por el Sistema Arrecifal Mesoamericano, el segundo arrecife de coral más grande del mundo después de la Gran Barrera de Australia, que se extiende más de 1.000 kilómetros a lo largo de las costas de Honduras, México, Guatemala y Belice. Y el arrecife está tan cerca de la orilla que en algunas playas se puede alcanzar a nado en pocos metros desde la costa. Esto convierte a la isla más grande del archipiélago de las Islas de la Bahía es uno de los destinos de buceo más valorados del Caribe y uno de los secretos mejor guardados del continente americano.

Pero vayamos por partes. El nombre de este paraíso tiene un origen confuso. Se cree que viene de los primeros piratas ingleses que llegaron a la isla y la encontraron plagada de roedores, exclamando “rat land”, que con el tiempo acabó derivando en Roatán. La ocupación humana de la isla se remonta a más de 1.500 años, con yacimientos arqueológicos fechados alrededor del 600 d.C., cuando el territorio estaba habitado por mayas y payas (también conocidos como pechs) antes de la llegada europea.

La isla de los piratas: 5.000 forajidos y tesoros escondidos

Allá por la segunda mitad del siglo XVII, vivían en Roatán al menos 5.000 piratas. Entre los más conocidos figuran Henry Morgan, Edward Teach (el famoso Barbanegra), Edward Low y John Coxen. Las aguas poco profundas y los densos manglares de la isla ofrecían el escondite perfecto para los barcos que atacaban los galeones españoles cargados de oro. El legado más visible de aquella época lo encontramos en el propio nombre de la capital: la ciudad principal de la isla se llama Coxen Hole, en homenaje al pirata John Coxen, que la fundó. Además, según las historias que cuentan los autoctonos, existen tesoros ocultos pertenecientes a Henry Morgan en la zona de Old Port Royal y Santa Helena que nunca han sido recuperados.