Tan solo cuatro países de Europa (Croacia, Eslovaquia, Grecia e Italia) registran una edad más alta que la de España para dejar la casa familiar e independizarse. Según datos de Eurostat, es a los 30 años cuando se produce este acontecimiento en los hogares españoles, muy alejado de los 21 años en que finlandeses, daneses y suecos hacen lo propio. Y es que los problemas de acceso a la vivienda y la precariedad laboral provocan que solo el 15,2% de los jóvenes puedan habitar una morada al margen de sus progenitores, como destaca la última edición del Observatorio de Emancipación del Consejo de la Juventud de España.Y esto tiene implicaciones, no solo desde el punto de vista relacional, económico y demográfico, sino también desde el ámbito emocional. Porque, ¿cómo se redefine el síndrome del nido vacío, ese que en teoría debía aparecer, en negativo, cuando todos los hijos ‘vuelan’ por su cuenta? ¿Tiene sentido seguir hablando de él ante un escenario radicalmente diferente al de hace unas décadas?¿Unos síntomas sobreestimados?“El síndrome del nido vacío es una fase esperada del ciclo vital familiar que la mayoría de los padres experimentarán”, destaca un estudio alemán. En él se demostró que esta etapa no influye en los padres en términos de soledad y síntomas depresivos. “Nuestro estudio sugiere que las consecuencias del nido vacío se han sobreestimado en el pasado”, destacan sus autores. En la misma línea, otro reciente trabajo francés ha analizado qué sucede cuando los hijos se marchan de casa, y ha concluido que “no se observan efectos significativos en los resultados depresivos de ninguno de los padres”. Es decir, no hay un empeoramiento de la salud mental en los progenitores, sino una transición hacia una nueva etapa vital en la que padres y madres se encuentran con más tiempo libre.En la misma línea, otro reciente trabajo francés ha analizado qué sucede cuando los hijos se marchan de casa, y ha concluido que “no se observan efectos significativos en los resultados depresivos de ninguno de los padres”. Es decir, no hay un empeoramiento de la salud mental en los progenitores, sino una transición hacia una nueva etapa vital en la que padres y madres se encuentran con más tiempo libre. Quizá desde este prisma puedan interpretarse datos como el que arroja el VI Barómetro del Consumidor Sénior, elaborado por el Centro de Investigación Ageingnomics de Fundación Mapfre, que pone de manifiesto cómo más de la mitad de los españoles mayores de 55 años hace planes para socializar o conocer a gente nueva, coincidiendo con esa transición vital y familiar. ¿Qué está sucediendo entonces? ¿Dónde quedan los sentimientos de vacío, soledad, desmotivación y falta de ilusión asociados a esa sensación de pérdida que padres de otras generaciones han sentido ante el escenario de una casa que se iba vaciando y se les quedaba demasiado grande?“Yo creo que el nido vacío hoy en día no existe como tal”, confiesa Verónica, de 63 años. “Cuando tu hijo con 30 años te dice que tiene una novia y se va con ella, piensas que no vas a estar con él, que va a deshacer su habitación… Pero no es así. Se independizan, entre comillas, pero como los ves que van agobiados y que trabajan de la mañana a la noche, los ayudas económicamente o, por ejemplo, como yo con la comida: comprando y dedicándole unas horas a cocinar para prepararle tápers. Ellos van y vienen y los padres estamos ahí de soporte”, cuenta.Yo creo que el nido vacío hoy en día no existe como tal; cuando tienen pareja, piensas que no vas a estar con ellos, y no es asíVerónica63 añosLee tambiénPero ¿es una sensación personal de ella o es generalizada? “Yo lo veo en todas mis amigas y vecinas que tienen hijos de estas edades, de veintitantos o treintitantos. Están en casa, o están en casa a medias, porque, aunque se van, su habitación queda llena y vienen y van con cosas. Y ya no se sabe si hay más trabajo, porque cuando están en casa tienen alguna responsabilidad, como sacar la basura o tender una lavadora, pero cuando se independizan, se van y no se van: vienen, te traen ropa sucia, se llevan comida…”, destaca.En su caso, no tiene queja de su hijo, al que ve a diario, pues va a la casa familiar a pasear al perro y, según cuenta, es un joven que valora el esfuerzo de sus padres por ayudarlo y les expresa su agradecimiento, pero sí detecta en sus amigas “que sienten que es como una obligación”. “Ahora los nidos están llenos de muchas cosas, y también de temas a resolver por los padres. Como dice una amiga mía, si antes tenía un problema con mi hijo, ahora tengo también los problemas de la nuera. Así que en realidad hoy no existe el nido vacío”, afirma Verónica.En la actualidad, el síndrome del nido vacío se vive de forma distinta. Getty ImagesCuando sí hay un impacto psicológicoNo obstante, para algunas familias, esa adaptación al nuevo ciclo donde los hijos dejan de vivir en casa sí supone un momento doloroso de cambio. “Si pensamos en los progenitores de forma individual, quienes han dedicado la mayor parte de su vida al cuidado de los hijos y no han cultivado otros ámbitos personales, laborales o sociales, pueden experimentar una sensación de pérdida de propósito cuando estos se marchan de casa; es como si, de repente, desapareciera la función que había dado sentido a su vida durante muchos años”, comenta Teresa Moratalla, psicóloga clínica, bióloga y psicoterapeuta familiar y de pareja.En este escenario hay una variable de peso y es la relación entre los progenitores. “Si los hijos se han convertido en el único vínculo que mantenía unida a la pareja, su marcha puede generar un vacío difícil de afrontar y favorecer la aparición de conflictos importantes”, advierte la experta, que es profesora del Máster de Terapia Familiar de URL-Hospital de Sant Pau de Barcelona, y pertenece a la Federación Española de Asociaciones de Terapia Familiar (FEATF), de la que ha sido presidenta. “El malestar relacional, la insatisfacción y la pérdida de motivación para continuar juntos pueden llegar, en algunos casos, a desembocar en una separación”, advierte.Si los hijos se han convertido en el único vínculo que mantenía unida a la pareja, su marcha puede generar un vacío difícil de afrontarTeresa MoratallaPsicóloga clínica, bióloga y psicoterapeuta familiar y de pareja¿Cómo salir airosos cuando ese nido vacío te atrapa? “Es importante entender esta etapa como un proceso. Supone el paso de una fase del ciclo vital a otra y requiere un tiempo de adaptación durante el cual es necesario redefinir la relación con los hijos, reorganizar la vida en pareja y encontrar nuevos proyectos e intereses personales”, recomienda la especialista. Y hay que poner el objetivo en transformar esa conexión, que no tiene por qué perderse. “Es fundamental respetar la autonomía de los hijos, apoyar sus decisiones y aceptar que construirán su vida de acuerdo con sus propios valores y preferencias; mantener una relación cercana no depende del grado de control, sino de la capacidad para ofrecer apoyo, respeto, disponibilidad emocional y aceptación incondicional”, detalla la psicóloga.“Los hijos no se pierden cuando abandonan el hogar: lo que cambia es la forma de relacionarse con ellos”, concluye Teresa Moratalla. “Aceptar esta transformación permite construir un vínculo diferente, igualmente significativo y compatible con una vida plena y satisfactoria para todos los miembros de la familia”.Licenciada en Ciencias de la Información por la Universidad Complutense de Madrid, es periodista especializada en salud. Forma parte de ANIS (Asociación Nacional de Informadores de la Salud)