Han pasado siete días desde que España asistió a la entrada de cerca de 73.000 inmigrantes por las fronteras de Ceuta y Melilla, según las fuentes del Ministerio del Interior de España. Una semana en la que las explicaciones sobre por qué Marruecos permitió ese flujo masivo han pasado del silencio absoluto de Rabat a la versión ofrecida por su Ministerio del Interior, que lo atribuye a una combinación de "engaños difundidos en redes sociales", "información falsa", la actuación de las redes de trata de personas y una "interpretación errónea de datos legales y administrativos". Un discurso que el Gobierno de Pedro Sánchez también ha replicado hasta el extremo de asumir y reproducir el propio relato de Marruecos y que, indirectamente, culpa a España por los "problemas" derivados de la sentencia del Tribunal Supremo que prohíbe las devoluciones en caliente a las personas que vengan a nado, según aseguró el Ministerio de Exteriores marroquí. Durante esta semana también han proliferado las especulaciones sobre las posibles motivaciones geopolíticas de Marruecos y por qué ha vuelto a decidir usar la migración como un elemento de presión, como ya hizo durante la última crisis en 2021 cuando Marruecos volvió a abrir la frontera días después de que el líder del Frente Polisario, Brahim Ghali, recibiera tratamiento médico en un hospital de La Rioja. Esta vez, el panorama es distinto y no hay un solo elemento claro que explique por qué Marruecos ha decidido, otra vez, emplear el mismo método. La reciente visita del presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, a Argelia, el intercambio de inteligencia y material militar entre Rabat y Tel Aviv, la visita de Infantino a Marruecos (y su especulación sobre que la final del Mundial se dispute en Casablanca en vez de en Madrid) o que España no permitiera a Estados Unidos usar sus bases militares en la guerra con Irán. TE PUEDE INTERESAR Aunque ninguna de esas hipótesis ha sido confirmada, todas apuntan a una misma dirección: el peso diplomático —cada vez mayor— de Rabat con las principales potencias y, al mismo tiempo, el deterioro en las relaciones de España con estas mismas. En los últimos años, la monarquía alauí ha sabido qué teclas apretar para ganar cada vez una mayor influencia con Estados Unidos, la Unión Europea, Israel y los países del Golfo. Unas relaciones en las que ha aprendido a colocar (y presionar) sobre su plan territorial para que cada vez sean más los países que acepten una de sus políticas clave: reconocer la "marroquinidad" del Sáhara Occidental, como se refiere la monarquía alauí, considerada como una provincia más del reino. Pero este territorio es solo el elemento más visible de un plan territorial mucho más grande: el "gran Marruecos". Una idea impulsada por el nacionalismo marroquí desde su independencia que defiende la integración de Ceuta y Melilla —además de partes de Argelia, Mauritania y Malí— como parte de su territorio. Y, en ese aspecto, Marruecos está teniendo cada vez más éxito tras haber tejido un sólido telar de redes diplomáticas con actores clave de la política internacional que saben situar en las agendas los intereses de Rabat. Empezando por Estados Unidos, con el que Marruecos ha sabido construir una relación estratégica basada en el intercambio de intereses. La decisión de la primera Administración Trump de reconocer la soberanía marroquí sobre el Sáhara Occidental —convirtiéndose en el primer país que lo hacía— supuso el mayor éxito diplomático de Rabat en décadas y confirmó una alianza cimentada sobre el pragmatismo. En este tipo de relaciones no importan tanto las afinidades ideológicas, los modos o la moral como la capacidad de ofrecer beneficios mutuos. Es una política exterior que antepone los intereses nacionales tan abanderados por Trump y que, precisamente por ello, ha terminado favoreciendo las aspiraciones del reino alauí. Al mismo tiempo, en la política interna, Marruecos sigue ganando apoyos en el Congreso estadounidense. El proyecto de ley para designar al Frente Polisario como organización terrorista cuenta ya con el respaldo de 13 miembros de la Cámara de Representantes: su impulsor, el republicano Joe Wilson, y otros 12 copatrocinadores de ambos partidos. En el caso de Ceuta y Melilla, tanto Estados Unidos como Israel han empezado a emplear una retórica muy similar a la que mantuvieron sobre la soberanía marroquí en el Sáhara Occidental. La madrugada del jueves, el embajador de Israel en las Naciones Unidas, Danny Danon, publicaba un mensaje en la red social X en el que cuestionaba directamente la territorialidad de Ceuta y Melilla: "España, que nunca pierde oportunidad de sermonear a Israel, ha declarado el estado de emergencia en Ceuta tras la crisis surgida por su política migratoria. Quizás antes de que continúe dándonos lecciones, es la hora de que explique al mundo por qué aún mantiene enclaves coloniales en África". "Primero será el Sáhara, luego serán Ceuta y Melilla, y, después, serán las aguas territoriales de Canarias" En marzo de este año, el ataque sobre la legitimidad de las ciudades regresó justo después de que Sánchez lanzara su "No a la guerra" y tildara los bombardeos estadounidenses e israelíes contra Irán de ser "un atropello contra la legalidad internacional". Dos semanas después, un think tank estadounidense con clara afinidad por Israel y fuerte influencia en Washington publicaba en el Middle East Forum un artículo titulado 'Marruecos debe enviar una nueva Marcha Verde a Ceuta y Melilla'. El autor era Michael Rubin, antiguo oficial del Pentágono especializado en conflictos de Oriente Medio y exasesor del Departamento de Defensa. "Marruecos no descansa. Tiene una idea muy clara", asegura en conversaciones con El Confidencial Luis de la Corte Ibáñez, analista de seguridad y profesor en la Universidad Autónoma de Madrid. "Desde el punto de vista de sus objetivos, lo está haciendo muy bien", asegura. "Están haciéndolo mucho mejor que cualquier país de nuestro entorno democrático, trabajando con una visión de largo plazo en cuanto al reconocimiento territorial: primero será el Sáhara, luego serán Ceuta y Melilla, y, después, serán las aguas territoriales de Canarias", lamenta. Una vecindad incómoda El reino alauí, por su parte, no se esfuerza en ocultar que no reconoce la soberanía territorial de España. Sus representantes gubernamentales posan en ocasiones con mapas que incluyen a Ceuta y Melilla como parte integral del territorio marroquí y hablan directamente de estos territorios como "colonias ocupadas" por un país extranjero. TE PUEDE INTERESAR Prácticamente desde la independencia de Marruecos en 1956, el rey Mohamed V dejó claro que Ceuta y Melilla debían formar parte de su territorio. Desde entonces, todos los monarcas marroquíes (Hasán II y Mohamed VI) han convertido esa reivindicación en una política de Estado. Las relaciones entre España y Marruecos se han caracterizado por ser complejas y de una proximidad territorial donde pesa más el "interés mutuo" —del que España no sale bien parada— que una buena vecindad. Marruecos sabe que tiene el grifo para abrir y cerrar los flujos migratorios que entran por el sur del país y pasan al resto de países europeos, y España es consciente de las reivindicaciones que Rabat mantiene en torno a estos dos enclaves, aunque no parece prestarle la atención adecuada o al menos actuar en consecuencia con lo que supone esta amenaza. Independientemente de qué gobierno haya estado en España —bien sea el Partido Popular o el Partido Socialista—, ningún Ejecutivo español ha conseguido llevar la batuta en las relaciones hispano-marroquíes, actuando más como un sujeto pasivo que responde a Marruecos, no con demasiada contundencia, y solo cuando ocurre una crisis. "Esto es un reflejo de la mentalidad y de las prioridades de la clase política española", sostiene De la Corte. TE PUEDE INTERESAR Esta cautela a la hora de relacionarse con Marruecos también ha tenido un efecto muy negativo en la sociedad ceutí y melillense. El temor a provocar una crisis con Rabat ha derivado en que no haya una integración de Ceuta y Melilla dentro del imaginario nacional, en el que, según sostienen los propios ciudadanos a este periódico, no se tienen en cuenta sus intereses. El resultado es que cada vez que hay una crisis así vuelve a reaparecer un debate que sería difícil imaginar en cualquier otro territorio peninsular: si merece la pena para España asumir el coste de defender ambas ciudades. Esto hace que muchos ceutíes y melillenses se sientan abandonados, ya que únicamente se reivindica su españolidad más como respuesta a Marruecos que como un hecho. Ese distanciamiento también se ve en el plano institucional, donde durante años se han evitado gestos básicos —como una mayor presencia de la Casa Real o viajes de representantes del Gobierno— por el temor a incomodar a Rabat. "España, por un lado —y esto, en principio, es bueno—, siempre ha estado preocupada por presentar a España y a su manera de relacionarse con Marruecos ante el resto de los países como la de un país conciliador, un país que busca la cooperación en lugar del conflicto y de la disputa", asegura el analista. "Un país que no quiere problemas con el vecino y que nunca quiere ser el primero en provocar un problema en las relaciones hispano-marroquíes", sostiene. "Ese planteamiento puede ser inteligente bajo ciertas circunstancias, pero no bajo cualquiera. Y este es el problema", insiste. "Esto es un problema que también afecta a la manera en que se afrontan otros muchos puntos críticos de la política exterior española: nos preparamos para la mejor de las situaciones —en la que nos gusta estar— y no queremos pensar en cómo deberíamos actuar en las peores situaciones", añade. "Esperamos a que la crisis se produzca y luego ya saldremos del paso" Es una suerte de "pensamiento mágico" en el que se cree que no hay que pensar que una crisis de este calibre pueda volver a repetirse. Pero ese pensamiento acaba siendo "suicida" desde el punto de vista estratégico. "Aunque hubiera buenas razones para pensar que es poco probable que se volviera a producir una situación como esa, lo responsable es estar preparado por si ocurriera", añade. Y esta política respecto a Marruecos también se extiende a Europa. Primero, porque, según el analista, algunos países siguen tratando la relación con Marruecos desde una perspectiva bilateral, no europea. Y, además, desde Bruselas es mucho más fácil vender un "discurso buenista". "Las instituciones europeas han querido representar los valores de la Unión Europea, pero eso no tiene que hacer que Europa se comporte con la ingenuidad con la que lo ha hecho en los últimos años, algo que se vio con máxima claridad en la invasión rusa de Ucrania", asegura. "No es aceptable esa ingenuidad en políticos profesionales", asegura De la Corte. "Todos los responsables de la política europea, después de haber estado durante años subestimando y negando el problema con Rusia, deberían haber dimitido por vergüenza", afirma. Con Marruecos se produce el mismo patrón. "Eso se ve incluso en los documentos estratégicos de la Unión Europea y de la OTAN durante muchos años. La prioridad siempre ha sido la gestión de una crisis existente. Es decir: 'Esperamos a que la crisis se produzca y luego ya saldremos del paso', concluye. Pero cada vez vemos más que esas soluciones improvisadas dejan de ser suficientes y, cuando uno quiere reaccionar, ya es demasiado tarde para contener la crisis.
La crisis de Ceuta nos enfrenta a una píldora difícil de tragar: Marruecos ha hecho sus deberes estratégicos y España, no
La monarquía alauí ha sabido qué teclas apretar para ganar cada vez una mayor influencia con Estados Unidos, la UE e Israel. En ese proceso, ha logrado situar su proyecto territorial en el centro de esas relaciones, consiguiendo que cada vez más países r











