EDITORIALParolin fue empático al señalar que la indiferencia frente al sufrimiento del prójimo contraviene cualquier credo religioso y obligación civil.

La visita a Guatemala del cardenal Pietro Parolin, secretario de Estado de la Santa Sede y principal colaborador del papa León XIV, constituye uno de los acontecimientos diplomáticos y religiosos más relevantes que ha vivido el país en los últimos años, porque no se trata solo de una visita del “número dos” del Vaticano, cargo que ocupa desde el 2014 tras haber sido nombrado por el papa Francisco, sino de un encuentro espiritual que coincide con los 90 años del establecimiento de relaciones diplomáticas entre Guatemala y la Santa Sede, formalizadas el 15 de marzo de 1936.

A pesar de ser Guatemala un país profundamente devoto desde tiempos coloniales, pasó más de un siglo después de la Independencia para esta vinculación diplomática. Ciertamente, en el siglo XIX se intentó definir jurídicamente la relación mediante dos concordatos. El primero, firmado en 1852, durante el gobierno conservador de Rafael Carrera, otorgó amplios espacios de acción a la Iglesia en la vida pública del país; fue derogado con la revolución de 1871, pero el propio Justo Rufino Barrios promovió un nuevo concordato en 1884, que buscaba normalizar las relaciones con Roma después de años de tensiones, expulsión de órdenes religiosas y de obispos, así como expropiación de bienes. Pero Barrios murió trágicamente en la batalla de Chalchuapa en 1885 y el concordato nunca entró en vigencia.