En verano, abrir una ventana en Los Martínez del Puerto puede convertirse en un imposible. Los vecinos de esta pedanía de poco más de 800 habitantes perteneciente al municipio de Murcia soportan desde hace años los malos olores que atribuyen a una planta de tratamiento de residuos orgánicos. La reciente tramitación para multiplicar por más de nueve su capacidad de gestión ha reavivado un conflicto que plantea interrogantes sobre el control ambiental, la planificación urbanística y la respuesta de las administraciones públicas ante quienes reclaman la protección de su salud y de su patrimonio.

El hedor —descrito por quienes conviven con él como una mezcla intensa de purines y materia orgánica en descomposición— invade las calles, obliga a cerrar puertas y ventanas y altera la vida cotidiana hasta el punto de generar impactos negativos en la salud física y psicológica de muchos de los afectados, que refieren síntomas como náuseas, estrés e insomnio.

Un problema que, lejos de poder contarse en episodios aislados, se ha cronificado hasta condicionar aspectos tan básicos como ventilar la vivienda, dejar que los menores jueguen en el exterior o disfrutar de una cena en el patio durante las noches de verano. “No puedo ni tender la ropa fuera porque cuando la recojo huele a mierda de cerdo”, resume una de las vecinas.