"Entraron en mi tienda para quitar la bandera palestina y me acusaron de traidor", cuenta Yisrael, judío ultraortodoxo de Jerusalén. "Me dijeron: 'Ojalá los árabes vengan y violen a tu madre, a tus hermanas y a tus hijas, como pasó el 7 de octubre. Entonces pedirás la ayuda de Israel'". La policía israelí se llevó la bandera palestina junto a otros carteles escritos en hebreo y en yidis en los que podía leerse: "Judíos contra el sionismo" y "Los judíos no somos sionistas". La retirada de banderas palestinas y carteles antisionistas en Mea Shearim no es un hecho aislado: en cada redada, la policía de Jerusalén acaba confiscando banderas palestinas y material con mensajes contra el sionismo en este barrio ultraortodoxo, conocido por la hostilidad de algunos de sus sectores hacia el Estado de Israel. "Al principio, los vecinos se rebelaban cada vez que venían", explica. "Ahora intentamos no reaccionar a su provocación, porque eso es lo que buscan: entrar aquí, insultarnos y provocar una respuesta violenta. Ellos son los violentos, los que dicen defender al pueblo de Israel mientras cometen un genocidio. Nosotros solo pedimos que nos dejen fuera de todo eso". Cuando los agentes se alejan de su calle, Yisrael saca un folio y escribe a mano: "Los judíos no somos sionistas". Después lo pega en la puerta de su tienda. "Ahí se quedará hasta la próxima redada", dice. TE PUEDE INTERESAR La policía israelí ha presentado este tipo de operaciones como actuaciones contra contenidos que considera incitación contra el Estado y propaganda radical propalestina. Para los habitantes del barrio que llevan años en la lucha, es solo una forma más de expresar su opinión: que el Estado de Israel no los representa y que los palestinos no son sus enemigos. Las redadas policiales y las protestas son frecuentes en Mea Shearim, un barrio situado cerca de la Ciudad Vieja de Jerusalén. Su origen se remonta a décadas antes del nacimiento del Estado de Israel, y hoy constituye uno de los grandes centros de la vida haredí, el mundo judío ultraortodoxo que trata de preservar sus normas religiosas frente a la influencia de la sociedad secular. TE PUEDE INTERESAR Al entrar en sus calles, los visitantes se encuentran con carteles que recuerdan a las mujeres que deben vestir con modestia: faldas largas, mangas por debajo del codo y ropa que no deje el cuerpo expuesto. Dentro del barrio, muchos hombres visten la indumentaria característica de los sectores ultraortodoxos: sombreros negros de ala ancha, camisas blancas, levitas o largos abrigos negros. Se habla hebreo y yidis, y las escuelas religiosas ocupan un lugar central en la vida comunitaria. "La vida en comunidad, el tú a tú con el vecino, la crianza compartida de nuestros hijos, la ayuda mutua y una existencia construida alrededor de la Torá son algunas de nuestras prioridades", explica Yisrael, mi anfitrión, cuya infancia transcurrió en este barrio. "La mayoría de quienes vivimos aquí estamos en contra del servicio militar, de internet, de Netanyahu, de la televisión y de las cadenas de comida rápida", dice riendo. "Todo eso, de algún modo, supone una amenaza para la vida que tratamos de construir en torno a la Torá". Llaman la atención las banderas palestinas y los grafitis que exigen el fin de la guerra en Gaza. “No puedo decir que toda la comunidad de Mea Shearim defienda Palestina o esté en contra del Estado, pero sí que hay un grupo importante de personas que considera que el nacimiento de Israel fue una transgresión religiosa", explica. TE PUEDE INTERESAR "Nuestra seguridad no puede construirse sobre la destrucción de otro pueblo". "Mi familia lleva generaciones viviendo en Jerusalén. Vivían aquí, en tierra palestina, antes de que la identidad judía quedara vinculada a la pertenencia a un Estado", cuenta David, residente de Mea Shearim y miembro de Neturei Karta, una pequeña facción ultraortodoxa que rechaza el sionismo por razones religiosas. "La historia de muchos de nosotros nace de una convivencia con los árabes, no de esa enemistad inevitable que intentan inculcarnos desde niños". David cree, desde su interpretación de la religión, que el pueblo judío puede residir en Tierra Santa, pero que esa tierra no le pertenece como proyecto nacional soberano. Para él, establecer allí un Estado basado en el nacionalismo, las fronteras y el poder militar se opone a una lectura tradicional según la cual el pueblo judío permanece en el exilio hasta que Dios decida ponerle fin con la llegada del Mesías. "Simplemente reconocemos que el Estado de Israel se creó sobre una tierra ocupada" "Se nos acusa de pertenecer al nacionalismo árabe, de estar influenciados por movimientos occidentales o de formar parte de algún tipo de izquierda israelí, pero no es eso", afirma. "Simplemente reconocemos que el Estado de Israel se creó sobre una tierra ocupada, que ya pertenecía a otro pueblo, y que para hacerlo tuvo que transformar el judaísmo en algo que jamás debería ser: una nación política militarizada". Desde su lectura religiosa, pueden vivir en Jerusalén, rezar en Jerusalén y morir en Jerusalén, pero no convertir Jerusalén en la capital de un proyecto militar. La diferencia, para él, es radical: vivir junto a los palestinos es una forma de continuidad; gobernarlos, expulsarlos o someterlos en nombre de los judíos es una ruptura. "Queremos vivir con los palestinos como vivieron nuestros antepasados", dice. "No necesitamos un Estado que mate en nuestro nombre ni soldados que protejan una identidad que no reconocemos. Nuestra seguridad no puede construirse sobre la destrucción de otro pueblo". TE PUEDE INTERESAR Esa memoria de convivencia presente en Mea Shearim es incómoda para el relato oficial israelí. En un país donde el Estado se presenta a menudo como la culminación natural de la historia judía, estos sectores ultraortodoxos sostienen lo contrario: que el sionismo no salvó al judaísmo, sino que lo transformó en nacionalismo; que la bandera israelí no representa necesariamente al pueblo judío; y que oponerse al Estado de Israel no significa odiar a los judíos, sino rechazar que una identidad religiosa milenaria quede reducida a ejército, frontera y soberanía. La paradoja es que esa crítica procede de uno de los mundos más cerrados y conservadores de Jerusalén. Los grupos más extremos de Mea Shearim no hablan el lenguaje de la izquierda israelí, ni el de las ONG internacionales, ni el de los movimientos seculares por la paz. Hablan desde la Torá, desde la espera mesiánica, desde una lectura de la historia judía en la que el exilio no debe resolverse mediante tanques ni parlamentos. Por eso incomoda tanto: porque desmonta esa ecuación desde dentro, no desde fuera. La jaula y el refugio Es importante no idealizar Mea Shearim solo porque algunos de sus sectores se opongan al sionismo. Ese gesto político no lo convierte automáticamente en un espacio emancipador. En sus calles conviven la resistencia teológica al Estado, la solidaridad simbólica con Palestina y, al mismo tiempo, una estructura comunitaria profundamente cerrada, donde crecer conlleva vigilancia, miedo al mundo de allá afuera y castigo social: para muchos hombres, a través de una educación religiosa que limita el acceso a estudios seculares; para muchas mujeres, mediante normas estrictas sobre el cuerpo, la modestia, el matrimonio, la maternidad y la reputación familiar. TE PUEDE INTERESAR La valentía de plantarse frente al Estado también tiene un lado menos visible. Uriel creció en Mea Shearim y decidió tomar un camino distinto. "Hice mi entrenamiento militar obligatorio en el IDF antes de empezar mis estudios universitarios, en contra de la ideología de mi familia y de mi comunidad. Volver al barrio a visitar a mi familia durante esos años, incluso antes de la guerra, resultaba violento", cuenta. "Recibí amenazas y, en una ocasión, me escupieron por la calle; mi familia terminó pidiéndome que no volviera por ahí", recuerda. "En cierto modo, han caído en lo mismo que criticaban del Estado: la agresión y el miedo como herramientas coercitivas para anular la voluntad individual. Y eso es algo que sabemos muy bien quienes hemos crecido en un ambiente ultraortodoxo. No podemos irnos. No existe la libertad individual", explica. "Estar en contra de Israel no es necesariamente una opción moral; muchas veces es una imposición, igual que lo es no tener libertad para elegir cómo vivir tu vida, con quién casarte, qué estudiar, qué leer, cuáles son tus gustos o cuáles son tus aficiones", insiste. "Hay que entender que esto también representa otro extremo de la sociedad. Y quizá ese sea uno de los grandes problemas de Israel: que estamos atrapados entre extremos peligrosísimos", afirma. TE PUEDE INTERESAR Para Uriel, es importante que no se confunda la oposición haredí al sionismo con una postura progresista. "La comunidad haredí antisionista no rechaza Israel por una lectura laica, decolonial o de derechos humanos, sino por una razón teológica. Y es importante tener esto en cuenta", afirma. La crítica al Estado puede coincidir, en algunos puntos, con el lenguaje de la solidaridad con Palestina, pero no nace necesariamente de una ética universalista ni de una defensa moderna de la igualdad. Nace, muchas veces, de una lectura religiosa profundamente conservadora que tiene que ver con otras formas de violencia y represión. "El adoctrinamiento comienza en la infancia, privando a los niños de las herramientas necesarias para poder ser libres cuando crezcan", denuncia Uriel. Muchos niños pasan por escuelas donde el centro de la vida intelectual es el estudio religioso, mientras las materias seculares como matemáticas, ciencias, inglés o literatura quedan relegadas a un lugar marginal o directamente desaparecen. La consecuencia no es únicamente una laguna educativa, sino una dependencia estructural: sin herramientas para entrar en la universidad, competir en el mercado laboral o moverse con autonomía fuera del barrio, la comunidad se convierte a la vez en refugio y jaula. Un joven adulto que ha crecido así puede descubrir, al intentar marcharse, que no sabe cómo funciona el mundo. "Se convierten en adultos dependientes que solo tienen una opción para sobrevivir: quedarse en su comunidad y creer firmemente que esto es mejor que lo que hay ahí fuera", critica Uriel. TE PUEDE INTERESAR Desde ese "ahí fuera", Mea Shearim parece detenido en otro tiempo. Sin embargo, en sus calles está teniendo lugar una de las discusiones más contemporáneas de Israel: si el Estado puede exigir obediencia a quienes niegan su legitimidad; si el gobierno puede presentarse como representante de todos los judíos; y si la oposición al sionismo constituye necesariamente una traición al judaísmo. "Si el mundo de ahí fuera cree firmemente que matar en nombre de un Estado es moral; que la ocupación o el genocidio son morales; que para crecer hay que aprender a apretar un gatillo; y que en eso consiste la libertad, prefiero la alternativa de la vida aquí: una vida de otro siglo, aunque muchos nos tachen de cobardes o inadaptados", zanja Yisrael.