Ver a sus hijos convertirse en padres cambió la manera en que la escritora estadounidense Lisa Belkin observa su propia experiencia de crianza. Lejos de sentir competencia o nostalgia, llegó a esta conclusión: "Mis hijos y sus parejas son mejores padres que su padre y que yo. Lo digo sin rodeos. No es que no nos esforzáramos, sino que éramos jóvenes, inexpertos y recién salidos de la universidad".La autora explica que no se trata de desmerecer el esfuerzo que hicieron ella y su esposo cuando criaron a sus hijos, sino de reconocer que las circunstancias eran muy distintas. En aquel entonces predominaban otros modelos de crianza, había menos información disponible y muchas decisiones se tomaban por intuición o siguiendo consejos familiares.Una generación que aprendió de la anteriorBelkin sostiene que observa en sus hijos y en sus parejas una preparación distinta para ejercer la maternidad y la paternidad. Considera que llegan a esa etapa con más herramientas, más diálogo y una mayor predisposición para compartir responsabilidades dentro del hogar."Ellos saben cosas que nosotros no sabíamos. Leen, investigan, preguntan y no tienen miedo de reconocer cuando necesitan ayuda", escribe. A su entender, esa diferencia no es producto de que amen más a sus hijos, sino de que hoy existe mucha más evidencia científica sobre el desarrollo infantil y una conversación social más abierta sobre la crianza.También destaca que los padres actuales participan desde el embarazo y asumen tareas que hace décadas recaían casi exclusivamente sobre las madres. Esa distribución más equilibrada, sostiene, beneficia tanto a los adultos como a los chicos.Los errores también enseñanLa escritora reconoce que, cuando sus hijos eran pequeños, muchas veces actuó convencida de que estaba haciendo lo correcto. Con el paso de los años entendió que algunas prácticas hoy quedaron desactualizadas y que otras simplemente respondían al conocimiento disponible en ese momento."Cada generación cría con las herramientas que tiene. Nosotros hicimos lo mejor que pudimos con lo que sabíamos entonces", afirma. Por eso rechaza mirar el pasado con culpa y prefiere hacerlo con perspectiva.Belkin sostiene que una de las mayores satisfacciones de la adultez es comprobar que los hijos pueden superar a sus padres en distintos aspectos de la vida. En lugar de vivirlo como una derrota, considera que debería ser el objetivo de cualquier familia.La mejor recompensa para unos padresAl observar a sus hijos criar a la nueva generación, la autora siente que parte de ese aprendizaje también nació de los aciertos y errores que ellos vivieron durante su infancia. "No siento celos de que sean mejores padres. Al contrario. Si nuestros hijos no terminan haciéndolo mejor que nosotros, entonces algo falló en el camino", escribe.Su reflexión concluye con una idea optimista: cada generación tiene la posibilidad de ofrecerles a sus hijos una infancia un poco mejor que la que recibió. Y cuando eso sucede, asegura, no hay motivo para sentir culpa, sino orgullo por haber contribuido, aunque sea de manera imperfecta, a ese progreso.