Una mujer sonriente con traje azul lee un libro mientras está sentada en una silla dentro de una oficina con estanterías. (Imagen Ilustrativa Infobae)Nohemí Tercero aterrizó en Madrid la madrugada del 1 de enero de 2012 con una maleta, deudas en Nicaragua y la certeza de que un empleo la esperaba. La certeza era mentira.La promesa de trabajo que la hizo cruzar el Atlántico nunca existió. Durante los seis meses siguientes, esta nicaragüense de Nueva Guinea, una localidad del Caribe Sur, sobrevivió en una ciudad que no conocía, sin ingresos, sin red de apoyo y con un hijo de 13 meses al que había dejado al otro lado del océano.“Las noches se me hacían cortas para llorar. Sufrí mucho”, le contó a 100%Noticias.La experiencia de Nohemí no es excepcional: es el retrato de una migración que transformó la presencia nicaragüense en España. Según el Instituto Nacional de Estadística (INE), al 1 de enero de 2026 residían en territorio español 93,905 personas nacidas en Nicaragua, una cifra cuatro veces superior a las 31,180 registradas en 2018. PUBLICIDADEl detonante fue la represión política que siguió a la rebelión de abril de ese año, aunque muchas, como Nohemí, llegaron antes, empujadas por la precariedad económica y, en ocasiones, por promesas de trabajo falsas.Las mujeres son hoy mayoría dentro de esa comunidad. Una parte de ellas llegó para cuidar a personas mayores o niños en hogares españoles, el mismo camino que Nohemí recorrió durante años.Antes de conseguir empleo, Nohemí pasó una noche entera en la calle durante el invierno madrileño. Una congregación religiosa ofrecía 20 puestos de trabajo y había que llegar antes que nadie.Nohemí Tercero, nicaragüense que emigró a España y tiene su propia empresa (Imagen Ilustrativa Infobae)“Dormíamos ahí para coger sitio, era invierno, mucho frío y en la calle me quedé congelada sin poder moverme y solo podía llorar. Me auxiliaron las demás personas y entre todos consiguieron que entrara en calor. Ahí me sentía que todo se venía abajo.”PUBLICIDADMeses después, la policía la detuvo por estar en situación irregular. La llevaron a un calabozo y le tomaron fotografías y huellas dactilares.“Me sentía criminal”, recordó.Regularizar su situación le llevó casi cuatro años. Lo logró gracias a un contrato que consiguió con una familia para la que trabajó durante seis años seguidos.El primer empleo llegó a través de una familia que necesitaba a alguien para cuidar a una adulta mayor los fines de semana. Nohemí la llamaba “abu Emilia”.Aquella mujer y sus hijos la trataron con un afecto que ella no esperaba. Poco a poco, volvió a confiar en que las cosas podían mejorar.PUBLICIDADDespués vinieron otros trabajos cuidando niños. Trabajaba por las mañanas en una casa, por las tardes en otra y aceptaba jornadas nocturnas, festivos y fines de semana. Era la aritmética de quien tiene deudas, padres que sostener y un hijo esperando en Nicaragua.“Los gastos son muchos en Madrid”, explicó.Joan tenía 13 meses cuando Nohemí subió al avión. Lo volvió a ver cuando el niño ya tenía siete años. Hoy tiene 15.Durante ese tiempo, los niños que cuidaba fueron su ancla emocional.“En cada beso, en cada caricia imaginaba a mi hijo”, dijo en una extensa entrevista a 100% Noticias.Cuidar a los hijos de otros mientras los propios crecen lejos es una de las heridas más silenciosas de la migración.Nohemí Tercero, nicaragüense que emigró a España y tiene su propia empresa (Imagen Ilustrativa Infobae retomada de 100% Noticias)De la pandemia al emprendimientoCon el paso de los años, Nohemí se integró a la comunidad nicaragüense en Madrid. Participó en grupos de compatriotas en redes sociales, hizo locución en una radio y trabajó como voluntaria en una asociación de integración social. Durante la pandemia, convirtió su casa en un punto de acopio para migrantes recién llegados que no tenían ni comida ni dinero para pagar una habitación.PUBLICIDADFue en esa etapa cuando conoció a Pablo, quien se convertiría en su compañero de vida. Su hijo Joan lo bautizó con un apodo: “Pablito, nuestro ángel”.Luego llegó una hernia discal que la mantuvo dos años de baja médica y le cerró la puerta del trabajo doméstico. Junto a Pablo evaluaron opciones y encontraron una salida: una agencia de viajes.“Estuve viendo opciones con mi pareja, que fue de gran ayuda para mí en ese momento, y decidí que una agencia de viajes era el emprendimiento indicado.”En mayo de 2021 abrió su empresa. El primer cliente fue un nicaragüense que regresaba a su país en plena incertidumbre por el Covid. Hoy la agencia opera principalmente por WhatsApp, trabaja de forma remota y emplea a otras mujeres migrantes.PUBLICIDADNohemí no idealiza lo que vivió. Habla del frío, del hambre, del calabozo y de los años sin su hijo con la misma naturalidad con la que habla de sus logros.A quienes piensan en emigrar les advierte que el camino rara vez es como lo imaginaron y que la dignidad laboral no es negociable: “No permitir algunas malas formas de ciertos miembros de familia... Reclamar un salario justo, según ley.”Un grupo de personas y familias, bajo las banderas de Nicaragua y Honduras, camina en una senda bajo la lluvia en dirección a España, cuya bandera y edificios icónicos aparecen al fondo. (Imagen Ilustrativa Infobae)Y añade: “Si no te agarras de la mano de Dios es muy difícil superar esos días de soledad que sientes que nada tiene sentido.”Hoy vive en España con Joan, con su hija Camila de tres años y espera un nuevo bebé. Para 2027 ya proyecta un nuevo emprendimiento. Quince años después de aterrizar con una promesa falsa, Nohemí Tercero dirige su propia empresa, reagrupó a su familia y acompaña a otros migrantes en el mismo camino que ella recorrió sola.PUBLICIDAD“Después de tres años ya empecé a ver la luz del sol”, dijo.