ExplicativoEsta tierra de Asía Menor va más allá de los globos voladores y de mezquitas majestuosa. ¿Qué hacer en este país?Turquía Foto: Juan José RíosLos vuelos en globo al amanecer son una de las experiencias más buscadas en Capadocia. Mientras que las ruinas de Hierápolis, declaradas Patrimonio de la Humanidad, combinan vestigios de la ciudad grecorromana con las terrazas blancas de travertino. LinkEDITOR VIDA04.08.2026 11:48 Actualizado: 04.08.2026 11:48

Pensaría uno que la visita a Turquía se trata únicamente de los globos voladores y una que otra mezquita majestuosa, pero lo cierto es que esa tierra de Asía Menor, que une al mundo occidental y al oriental, va más allá de cualquier simplificación terrenal. La de los turcos es una cultura milenaria. Tierra de dioses griegos y romanos, mares, sultanes, gatos y sobre todo, tierra del regateo, porque allí el arte del negocio y la paciencia —de dejar la pena— puede suponerle a uno rebajas de hasta el 60 o 70% en tours, ropa, joyas y piedras preciosas, comida, experiencias… Lo cierto es que cuando se va a Turquía no se visita un país; se camina sobre capas de historia. Primero por los hititas, después los griegos, los romanos, los selyúcidas, los otomanos… y, finalmente, la república de Atatürk. Cada uno deja algo visible, y ninguno borra por completo al anterior. LEA TAMBIÉN Goza uno entonces de diferentes gastronomías —menos del cerdo, claro está, es un país mayoritariamente islámico—, arquitecturas, lenguas, religiones, historias, playas y se da el lujo de pasar de un continente a otro sin mayor reparo. Un país para todos los gustos, aficiones y presupuestos. La Mezquita Azul, construida en siglo XVII, es uno de los principales símbolos de Estambul. Foto:Juan José RíosEcos del EgeoA Turquía la baña el mar Negro, el mar de Mármara, el mar Mediterráneo y el mar Egeo. Pero es precisamente ese último, escenario de épicas griegas, el que le confiere un largo listado de ciudades de origen griego y romano, que tanto seducen a la cultura occidental, la nuestra. Hierápolis, Éfeso, Troya —o lo que se cree que era—, repasando la costa oeste del país. Cada una con su particularidad, con más mito o mayor conservación que otra. De Hierápolis se puede ver el Teatro Romano más griego de todos, pegado a la colina; la piscina de Cleopatra; la necrópolis y un gran museo arqueológico con piezas romanas. Pero lo que sobresale es Pamukkale, también conocido como el castillo de algodón. Un paisaje que se forma en las montañas con agua termal de las terrazas de travertino, una piedra caliza, donde es un alivio meter las piernas en medio del verano.Éfeso es, sin dudas, una de las ciudades antiguas más conservadas y extensas de toda Turquía. De los griegos queda mucho, y los romanos, que tanto adoraban a los primeros, no hicieron más que mejorar bajo la misma base. Pisar Éfeso es como pasar por los siglos, escuchar sobre el culto a Artemisa, ver una ciudad que era icono del mundo antiguo, con teatros, auditorios, fachadas, templos, portadas, bibliotecas y viejos chismes.La entrada a la ciudad cuesta unos 40 dólares, dependiendo de la temporada. Es posiblemente la más cara de todas las ciudades helenísticas a visitar, pero lo cierto es que vale la pena entrar a Éfeso. Merece el esfuerzo entrar a los museos, escuchar del paso arcaico al romano y sentir como se aleja el mar de un puerto. No muy lejos de las ruinas de la ciudad queda la casa de la Virgen María, el lugar al que la habría llevado San Juan huyendo de la persecución en Jerusalén hasta su asunción, según la tradición local. Es un lugar religioso que ha sido visitado por diferentes papas y confiere una reflexión más espiritual al visitante, aunque su historia no está exenta de particularidades. La casa fue identificada a finales del siglo XIX, tras las visiones de Ana Catalina Emmerick, una monja católica que nunca salió de Alemania y estaba confinada a la cama. Y Troya… bueno, Troya es un ejercicio de imaginación. Es la menos conservada, pero está envuelta en los mitos y en Hollywood. LEA TAMBIÉN La visita a Troya suele confrontar la idea que los siglos han impuesto sobre esa ciudad. Alguno dirá que no es más que una pila de restos amasados y que en nada se compara a Éfeso, donde todo está erigido todavía. Pero otro encontrará en ese montón de polvo y rocas una de las mayores disputas de la historia, no a la que hace referencia La Ilíada, sino a la que apareció para la historia y la arqueología con su descubrimiento. Aquí la entrada oscila entre los 30 y 40 dólares. También se sugiere visitar Troya, escuchar completa la historia de Heinrich Schliemann —el primero en atribuir el terreno a Troya—, tomarse la foto en un caballo que pudo no existir, entender por qué no se puede excavar más y sentir a otra ciudad que se alejó de sus costas.Capadocia desde el cieloEl viaje en globo es un cuento de principio a fin. A eso de las 4 de la mañana se llenan los parqueaderos de todos los hoteles de la región para recoger a los turistas y llevarlos a toda velocidad a las afueras del pueblo, antes del amanecer. Lo cierto es que no hay ninguna garantía, puede parecer que el cielo esté muy despejado, pero un solo aviso de fuertes vientos y las autoridades cancelan todos los vuelos de la madrugada. A reprogramar o esperar poder volar en otra región. Los vuelos de globo en Turquía se realizan principalmente en Capadocia o Pamukkale, que está cerca de Hierápolis, lo que le da toda una vista al valle que ocuparon los helenísticos, varios milenios atrás.El precio acá sí que oscila entre amplios valores. Depende de la temporada, el convenio, si se contrató con una agencia de turismo o directamente con la agencia de los viajes, pero los precios pueden oscilar entre los 120 y 240 dólares por viaje. La vista de Capadocia es otra. Cuando el clima apremia y pareciera que ya va a salir el sol, cuando el azul oscuro permite ver más y más sobre el horizonte, salen los globos de Capadocia como farolitos de diciembre y alumbran el cielo que empieza a volverse cerúleo. Entonces conoce uno desde arriba, esa parte de la Anatolia donde la erosión moldeó un territorio de valles, chimeneas de hadas y formaciones de roca volcánica que parecen torres levantadas a mano. Navegar por el Bósforo es una de las formas más tradicionales de descubrir Estambul. Foto:Juan José RíosEntre cúpulas, minaretes y colasEn Estambul hay más de 3.000 mezquitas. Pequeñas, grandes, antiguas, modernas, llenas de azulejos, mármol y lámparas que parecen colgar del cielo. Algunas tienen el doble de años que Colombia: la Azul, la Nueva, Süleymaniye. Están por todas partes, como si la ciudad hubiera decidido crecer alrededor de sus cúpulas. Y también hay casi la misma cantidad de gatos regodeándose por la mitad de la calle, echándose al sol, rascándose en el asfalto. Los ve uno, casi todos regordetes, con marcas en las orejas por el programa de esterilización con el que la ciudad intenta mantener a raya una población que parece inagotable. Conocida como la unión entre Oriente y Occidente, Estambul no es más que tierra de comerciantes. Pasajes enteros rebosan de productos locales, chinos, moda, artesanías, comidas y especias. Y en cada uno de ellos, muy a su estilo, se mantiene vigente el ritual del descuento (İndirim, en turco), esa vieja institución oriental donde el comprador finge indignación y el vendedor finge que no necesita vender. Los valles de Capadocia conservan viviendas, iglesias y ciudades excavadas en la roca volcánica. Foto:Juan José RíosEsta, que no es la capital, simboliza gran parte de lo que parece ser Turquía: las capas de las historias que conviven a la vez. Torres genovesas con bares mexicanos, estatuas otomanas frente a un McDonald's, pasajes de mercados con cientos de especies y réplicas chinas de ropa de marca. Estambul no se deja encasillar porque no tiene que explicar sus capas. Las deja todas juntas, una encima de otra, esperando que uno camine sobre ellas.JUAN JOSÉ RÍOS - REDACCIÓN ADN Sigue toda la información de Vida en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal.