En mis casi dos décadas de participación en temas judiciales y electorales, he sido testigo de una constante que me preocupa: los partidos políticos, ya sea en el poder o en la oposición, suelen reducir sus objetivos a dos posturas simplistas: derrocar al rival o perpetuarse en el gobierno.Esta dinámica, que parece dominar el discurso político actual, no solo es reduccionista, sino que desvía la atención de lo que realmente importa en una democracia: el bienestar de la sociedad y el fortalecimiento de las instituciones.Cuando, en mi calidad de académico y observador, pregunto a los actores políticos ¿cuál es su objetivo en el proceso electoral de 2026-2027? la respuesta es siempre la misma, casi automática.Los de oposición afirman, sin titubeos, que su objetivo es sacar al partido en turno del poder. Por otro lado, quienes están en el gobierno responden que buscan mantenerse en él para evitar que regresen quienes, según su narrativa, han dañado al país.Ambas posturas, aunque comprensibles desde la lógica de la competencia política, revelan una distorsión fundamental: el fin último no es servir a la sociedad, sino el poder por el poder mismo. Y aquí radica el problema. Este enfoque no es propio de una democracia auténtica.Cuando el objetivo principal de un partido es arrebatar el poder o mantenerlo a toda costa, la competencia política pierde su esencia.La democracia no puede construirse sobre la premisa de que el fin justifica los medios.El objetivo de los partidos políticos debe ser participar en un proceso electoral auténtico con reglas claras e iguales para todos, donde lo que importen sean las propuestas, las ideas y el compromiso genuino con el desarrollo del país y el cumplimiento de la Constitución.Los partidos políticos, las organizaciones políticas y los actores involucrados, no pueden ni deben tener como meta principal quitar a alguien del poder o perpetuarse en él. Eso distorsiona el espíritu democrático y reduce la política a una lucha sin pensamiento democrático, donde lo único que importa es ganar, sin importar el cómo.El objetivo debe ser otro: construir un proceso electoral transparente, donde se presenten las mejores propuestas y los mejores candidatos para representar a la sociedad.La competencia debe centrarse en quién puede ofrecer las soluciones más sólidas, realistas y alineadas con las exigencias ciudadanas, siempre dentro del marco constitucional.La democracia no es un juego, ni una competencia simplista. No se trata de ganar a toda costa, sino de garantizar que el proceso sea limpio, que las reglas se respeten y que los candidatos sean los más preparados para servir al pueblo. La Constitución no es un ideal lejano, sino la base sobre la que debemos construir un país que refleje ese poder social del que habla el artículo 39, 40 y 41 constitucional.Los partidos deben entender que su legitimidad no proviene de su capacidad para ganar elecciones, sino de su compromiso con los valores democráticos, el Estado de derecho y el servicio a las personas.Como sociedad, debemos exigir que los partidos políticos actúen con ética y responsabilidad.No basta con votar cada proceso electoral; hay que participar activamente, vigilar que las reglas se cumplan y demandar que los candidatos sean personas íntegras, capaces de representar los intereses de todos.El verdadero poder reside en la ciudadanía, -claro, cuando está consciente-, en su capacidad para organizarse, informarse y exigir un sistema político que funcione para el bien común.La democracia no se construye de la noche a la mañana, pero sí se puede avanzar hacia ella si todos, partidos y ciudadanos, asumimos nuestro papel con seriedad y compromiso.El reto no es solo ganar elecciones, sino construir un país donde el poder sea un medio para alcanzar la justicia, la igualdad y el desarrollo para todos.Esto requiere un cambio de mentalidad: dejar de ver la política como una guerra y empezar a verla como un bien colectivo que solo lo conseguiremos unidos y conscientes de que para lograrlo, sólo se necesita que los objetivos los debemos de tener bien claros al empezar un proceso electoral y estos deben ser, que la competencia política debe ser auténtica y con el ánimo de avanzar y construir un país democrático.abogadoangel84@gmail.com Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.
La distorsión de los objetivos en el sistema de partido, escribe Ángel Durán
En mis casi dos décadas de participación en temas judiciales y electorales, he sido testigo de una constante que me preocupa: los partidos políticos, ya sea en el poder o en la oposición, suelen reducir sus objetivos a dos posturas simplistas: derrocar al rival o perpetuarse en el gobierno.Esta dinámica, que parece dominar el discurso político actual, no solo es reduccionista, sino que desvía la atención de lo que realmente importa en una democracia: el bienestar de la sociedad y el fortalecimiento de las instituciones.Cuando, en mi calidad de académico y observador, pregunto a los actores políticos ¿cuál es su objetivo en el proceso electoral de 2026-2027? la respuesta es siempre la misma, casi automática.Los de oposición afirman, sin titubeos, que su objetivo es sacar al partido en turno del poder. Por otro lado, quienes están en el gobierno responden que buscan mantenerse en él para evitar que regresen quienes, según su narrativa, han dañado al país.Ambas posturas, aunque comprensibles desde la lógica de la competencia política, revelan una distorsión fundamental: el fin último no es servir a la sociedad, sino el poder por el poder mismo. Y aquí radica el problema. Este enfoque no es propio de una democracia auténtica.Cuando el objetivo principal de un partido es arrebatar el poder o mantenerlo a toda costa, la competencia política pierde su esencia.La democracia no puede construirse sobre la premisa de que el fin justifica los medios.El objetivo de los partidos políticos debe ser participar en un proceso electoral auténtico con reglas claras e iguales para todos, donde lo que importen sean las propuestas, las ideas y el compromiso genuino con el desarrollo del país y el cumplimiento de la Constitución.Los partidos políticos, las organizaciones políticas y los actores involucrados, no pueden ni deben tener como meta principal quitar a alguien del poder o perpetuarse en él. Eso distorsiona el espíritu democrático y reduce la política a una lucha sin pensamiento democrático, donde lo único que importa es ganar, sin importar el cómo.El objetivo debe ser otro: construir un proceso electoral transparente, donde se presenten las mejores propuestas y los mejores candidatos para representar a la sociedad.La competencia debe centrarse en quién puede ofrecer las soluciones más sólidas, realistas y alineadas con las exigencias ciudadanas, siempre dentro del marco constitucional.La democracia no es un juego, ni una competencia simplista. No se trata de ganar a toda costa, sino de garantizar que el proceso sea limpio, que las reglas se respeten y que los candidatos sean los más preparados para servir al pueblo. La Constitución no es un ideal lejano, sino la base sobre la que debemos construir un país que refleje ese poder social del que habla el artículo 39, 40 y 41 constitucional.Los partidos deben entender que su legitimidad no proviene de su capacidad para ganar elecciones, sino de su compromiso con los valores democráticos, el Estado de derecho y el servicio a las personas.Como sociedad, debemos exigir que los partidos políticos actúen con ética y responsabilidad.No basta con votar cada proceso electoral; hay que participar activamente, vigilar que las reglas se cumplan y demandar que los candidatos sean personas íntegras, capaces de representar los intereses de todos.El verdadero poder reside en la ciudadanía, -claro, cuando está consciente-, en su capacidad para organizarse, informarse y exigir un sistema político que funcione para el bien común.La democracia no se construye de la noche a la mañana, pero sí se puede avanzar hacia ella si todos, partidos y ciudadanos, asumimos nuestro papel con seriedad y compromiso.El reto no es solo ganar elecciones, sino construir un país donde el poder sea un medio para alcanzar la justicia, la igualdad y el desarrollo para todos.Esto requiere un cambio de mentalidad: dejar de ver la política como una guerra y empezar a verla como un bien colectivo que solo lo conseguiremos unidos y conscientes de que para lograrlo, sólo se necesita que los objetivos los debemos de tener bien claros al empezar un proceso electoral y estos deben ser, que la competencia política debe ser auténtica y con el ánimo de avanzar y construir un país democrático.abogadoangel84@gmail.com Únete a nuestro canal ¡EL UNIVERSAL ya está en Whatsapp!, desde tu dispositivo móvil entérate de las noticias más relevantes del día, artículos de opinión, entretenimiento, tendencias y más.






