Julio tiene 47 años, dos hijos y una vida que volvió a empezar tras su divorcio. En una aplicación de citas conoció a Marta y entre ellos se estableció una relación intensa, tanto en lo emocional como en lo físico. “Desde muy pronto cogimos el hábito de tener relaciones sexuales sin protección. No nos acostábamos con nadie más y nos hicimos pruebas de ETS. Nos sentíamos completamente seguros”, recuerda.

Todo siguió igual durante unos meses, hasta que la propia intensidad provocó que interrumpieran la relación por un tiempo. Cada uno siguió su camino. Durante ese intervalo, Julio tuvo un encuentro puntual sin preservativo con una tercera persona. “Tenía claro que había sido un error, pero me hice las pruebas de ETS y el resultado fue negativo”, cuenta. Con ese resultado y la idea de que todo estaba bajo control, decidió no darle más importancia.

Un tiempo después, se reencontró con Marta y comprobaron que la química entre ellos seguía intacta. “Aquí es donde llegó mi segundo error”, explica. “Sabía que Marta no iba a tolerar que hubiera tenido un contacto inseguro y, si se lo contaba, era muy posible que se echara atrás en un momento en el que nos estábamos aproximando de nuevo. Entre el terror de perder la oportunidad de volver a acercarnos y la falsa sensación de seguridad, le mentí, le dije que no había tenido relaciones sin protección. Ella me dijo lo mismo y volvimos a las viejas prácticas, acostarnos sin usar preservativo”.