En Inglaterra, un par de cientos de mujeres jóvenes no saben que deberían estar muertas. El pasado 17 de junio se publicó en The Lancet —la revista médica con más solera de Europa— uno de esos estudios que a los médicos no nos importa aceptar como históricos. Analizaron todas las muertes por cáncer de cuello de útero registradas en Inglaterra entre 2001 y 2024 en mujeres de 20 a 34 años. Las cifras se compararon con las previas a la introducción de la vacuna frente al VPH, que es la causa de la enfermedad. En el grupo más joven —veinte a veinticuatro años—, con un 90% de cobertura vacunal, la reducción de la mortalidad fue del 100% durante cinco años consecutivos. Por primera vez desde que existen registros, el cáncer de cérvix no mató a ninguna joven inglesa en ese tramo de edad. En el año 2000, todavía ocasionaba unas 50 muertes anuales por debajo de los 35. Los oncólogos medimos nuestros avances en meses: un fármaco que alarga la mediana de supervivencia de once a catorce meses es un buen fármaco, digno de un congreso decente. Rebajamos la mortalidad en un 20% o 30%, y lo celebramos con una rueda de prensa. Una reducción de la mortalidad del 100% con una sola intervención no pertenecía a nuestro vocabulario. Hasta ahora. Que la vacunación reducía drásticamente la incidencia del cáncer ya lo sabíamos por los estudios suecos, daneses y británicos. Pero demostrar el impacto sobre la mortalidad era la guinda que le faltaba al pastel, un dato que la comunidad médica llevaba esperando dos décadas. Y no estamos hablando de un ensayo clínico con pacientes cuidadosamente seleccionados. Ni tampoco de una proyección estadística sobre lo que suponemos que pasará. Son muertes reales que no se produjeron en una población real, contadas una a una. TE PUEDE INTERESAR Hay además una elegancia biológica hermosa: la vacuna protege a quien la recibe, pero también, de rebote, a quien no. Si el virus deja de circular, no encuentra a quién infectar; ni siquiera a la que rechazó la vacuna. Es la protección de rebaño, una discreta forma de solidaridad. Y, para los suspicaces, el estudio no recibió ni una libra de los laboratorios fabricantes de vacunas. Lo financió íntegramente Cancer Research UK, la mayor organización benéfica independiente del mundo dedicada a la investigación del cáncer. Se financia casi exclusivamente de donaciones privadas, eventos solidarios y de los beneficios obtenidos por sus más de 600 tiendas de artículos de segunda mano. TE PUEDE INTERESAR Y puede que el cuello de útero sea solo el principio. El mismo virus está detrás de un número creciente de cánceres de garganta —sobre todo en hombres—. Es razonable conjeturar que la vacunación no solo de las niñas, sino también de niños y adultos de ambos sexos, podría doblegar también la curva de mortalidad de un cáncer que, a diferencia del de cérvix, no es objeto de programas de cribado poblacional. En España seguimos enterrando a unas setecientas mujeres al año por este tumor. Empezamos a vacunar casi a la vez que los británicos, aunque con menos alcance y un cribado más desordenado. Hoy ya inmunizamos a niñas y niños con una de las mejores coberturas de Europa. Todavía nadie ha publicado nuestra versión de ese recuento. Espero que, cuando llegue, haga más ruido mediático que cualquier noticia de curación del cáncer en ratones. Pero ya veremos. La cosa no está ni mucho menos clara. Uno de los mayores éxitos de la oncología preventiva, conseguido en una sola generación, se ve amenazado desde el flanco más inverosímil: el de sus potenciales beneficiarios. O, al menos, por algunos de ellos que, sean muchos o pocos, obtienen bastante presencia mediática con sus gafas amarillas y sus argumentos pseudocientíficos contra las vacunas. TE PUEDE INTERESAR En esa misma Inglaterra en la que algunos cientos de mujeres disfrutan sin saberlo de vidas salvadas por un pinchazo que ni recuerdan, la tasa de vacunación entre las niñas de 8.º curso ha caído desde el 90% prepandemia a apenas un 70%. ¡Qué mundo! Mantén el contacto. En Inglaterra, un par de cientos de mujeres jóvenes no saben que deberían estar muertas.