Actualizado a las 07:24h.

Encontré su voz, por casualidad, en la radio; el tono era excepcional, hipnótico, con una mezcla de temas delirante. Para mí era únicamente una «referencia histórica» y ni siquiera sabía que estaba vivo. Ernesto Giménez Caballero encadenó frases memorables como un mago sacando pañuelos ... del puño. Ahora no recuerdo cómo pude conseguir su teléfono que hizo posible que me encontrara con ese genio extemporáneo. Había decidido, con un heroísmo encriptado, que dedicaría mi Tesis Doctoral a 'Yo inspector de alcantarillas', cuando todavía ni tenía ese libro de título formidable. El artífice de la 'Gaceta Literia' apenas me dejó decir ni media frase: rápidamente propuso que mi «regia indagación» (así calificó al proyectado mamotreto académico) debería dedicarse programáticamente al «sacro imperio romano-germánico». Con un acento cantarín trufado de musicalidad italianizante, añadió que tenía la «obligación estructural» de «enrolarme en la brigada futurista». Tal vez fue mi atolondrada perplejidad la que hizo que tuviera que apostillar: «Joven, nosotros siempre del brazo de Marinetti». Tuve, de verdad, la experiencia de estar montado en ese automóvil a toda velocidad que es más bello que la Victoria de Samotracia.