Ha hecho falta una rebelión en toda regla de las principales confederaciones del fútbol mundial, con las federaciones europeas al frente, para que el presidente de la FIFA, Gianni Infantino, anunciase en la madrugada del sábado que renuncia a su plan de privatizar parte de la Copa del Mundo y otras competiciones organizadas por la federación internacional. Además de la confederación europea, las de América del Norte, Central y el Caribe (Concacaf), y de Asia (AFC) también habían rechazado la idea, y solo la sudamericana Conmebol había mostrado un implícito y tibio apoyo. Federaciones y gobiernos de varios países se habían manifestado igualmente en contra, al igual que European Leagues, la entidad que agrupa a 53 ligas profesionales, tanto masculinas como femeninas, de 34 países europeos. Bruselas había anunciado que examinaría la iniciativa tras dejar patente su oposición.Infantino pretendía crear una filial comercial (FIFA Forward Enterprise), valorada en unos 20.000 millones de dólares y a cuyo frente estaría él mismo, que gestionaría los principales aspectos económicos del Mundial y otros torneos. En torno a un 30% de su accionariado quedaría en manos de inversores elegidos por una empresa del hermano del yerno de Trump, mientras otro 20% se repartiría entre las 211 federaciones nacionales que integran la FIFA. Infantino rectifica —lo único que se puede celebrar del lamentable episodio— no por convicción, sino al comprobar que la oposición era tan grande que cuestionaba su propio liderazgo. Quería que estuviese avalado antes del 19 de septiembre y para ello había prometido una lluvia de millones a las federaciones, una compra de voluntades que recuerda al matonismo de su gran amigo Donald Trump. Lo que se ha encontrado es un repudio tal —la UEFA amenazó con no participar en ninguna competición— que en solo cuatro días ha ido a la papelera.No se puede pasar página como si nada hubiese ocurrido, como parecen pretender la FIFA y su presidente. Es necesario identificar a los responsables del burdo intento de privatización de la Copa del Mundo y exigirles que rindan cuentas, como acertadamente recalcó anteayer la UEFA. La involucración de un miembro de la familia Trump ya da muchas pistas. Es cuando menos irónico que, en el comunicado en el que reconoce su derrota, Infantino diga que se han escuchado “cuidadosamente” todas las opiniones y que pretende reunirse con todos los interesados. Si algo ha caracterizado el proceso es la más absoluta opacidad. El propio jefe de operaciones de la FIFA, Kevin Lamour, ha revelado que la propuesta se ocultó a los vicepresidentes y miembros de su consejo, así como a las confederaciones, las federaciones y los jugadores.El fútbol es el mayor espectáculo del mundo y, en consecuencia, un formidable negocio, como acaba de demostrar el Mundial más exitoso de la historia. Pero no funciona si se sobreponen la codicia y los intereses personales a las emociones de cientos de millones de personas. Alguien parece haber confundido la emoción que transmite el fútbol con el éxito de una propuesta comercial. Diego Maradona, uno de los mayores mitos del fútbol, dijo hace 25 años en su despedida: “La pelota no se mancha”. Infantino, quien encabeza la FIFA desde 2016 y aspira el año próximo a ser reelegido para un cuarto mandato, ha dado sobradas muestras de no comprender este principio. Las federaciones nacionales y las confederaciones deben abrir una reflexión sobre si debe seguir siendo el rostro del fútbol internacional.