Una bala incrustada en un collar dorado le cuelga en el pecho sobre una camiseta negra. Albeiro Cañarte Jiménez (34 años) guarda la joya como un recuerdo de la guerra en la que militó desde los 13 años. Encuadra el celular, entra a su cuenta de TikTok y revisa el perfil que cada noche prepara para una transmisión en directo. Esa misma costumbre de grabar, subir contenido y esperar los comentarios, la seguía antes para mostrar sus fusiles y documentar el sonido de los disparos. Su perfil en esa red social, con paisajes de la coca y ahora imágenes de la paz, encarna la transición que viven los 99 excombatientes de los Comandos de la Frontera, una disidencia de las extintas FARC que hace un mes empezó la dejación de armas, quemó los camuflados y es la cara visible del proceso de paz más exitoso del Gobierno Petro.Albeiro extiende sobre su cama una tela verde militar que tiene un bordado donde todavía se lee su nombre de guerra: Rovinson. Es de las pocas cosas que no entregó ese día. El 19 de junio, cuando Colombia tenía la cabeza puesta en las elecciones presidenciales que se realizarían dos días después, los integrantes de este grupo, que pidieron voluntariamente sumarse al proceso de paz, caminaron las montañas de la selva amazónica del Putumayo hasta reunirse en una zona rural de La Hormiga, en el Valle del Guamuez. Al entrar por un camino frondoso a la finca en la que ahora están concentrados, dejaron los fusiles sobre una mesa y se quitaron el camuflado. Las telas fueron incineradas y el armamento, trasladado en helicópteros para ser fundido.La historia de este grupo tiene la misma textura de guerra que Albeiro lleva colgada al cuello. Los Comandos de la Frontera Ejército Bolivariano nacieron en 2017 entre la manigua del Putumayo con excombatientes de los frentes 48 y 32 de las FARC que se aliaron como una estructura narcotraficante para no dejar morir el negocio de la coca. Sus primeros nombres criminales fueron Los Sinaloa o La Mafia. Con los años cambiaron su denominación, se unieron a la Segunda Marquetalia y se separaron de ella, hasta que en 2024 se sentaron solos, por su cuenta, a negociar con este Gobierno en el marco de la política de paz total. El camino estuvo a punto de quebrarse en febrero de 2025 cuando, en plena ronda de diálogos, agentes de la Fiscalía entraron a un hotel de Bogotá y se llevaron esposado a Geovanny Andrés Rojas, alias Araña, el máximo líder de esa estructura armada que no se identifica como guerrilla, aunque sus miembros fundadores vienen del proceso de paz con las FARC, ni como paramilitares. Los combatientes se refieren al grupo ilegal como “la empresa”. Lo dicen porque los formaron desarraigados de cualquier tinte ideológico, pero además porque firman contratos a término fijo, tienen rangos salariales definidos que van desde los 2 millones de pesos, piden ascensos y tienen vacaciones anuales. A Araña, uno de los cerebros de “la empresa”, Estados Unidos lo reclama por narcotráfico y la Corte Suprema dio luz verde para entregarlo. Pero Petro, resolución tras resolución, ha frenado esa extradición, apostando a que le sirva más vivo y negociando que preso y fuera del país. Aún con esa cuerda floja, la imagen de su desarme le dio la vuelta al país. Una, especialmente. La de una joven vestida con camuflado que carga en un brazo un cachorro color miel y hocico negro que llegó en helicóptero con los combatientes a la zona de desarme. Los protagonistas de esa imagen son Narly Tatiana Parra (20 años) y su novio, Jheison Machacurí (22 años), una pareja que se conoció en la guerra y que le apostó, juntos, a la dejación de armas con el sueño de hacer ahora una familia en la vida civil. El cachorro, al que llaman Negro, se volvió el integrante 100 de ese grupo y fue la primera mascota oficial de la Zona de Ubicación Temporal (ZUT). La comunidad, sin embargo, ha crecido. Ahora hay cinco perros más, todos bebés, que han sido adoptados por los reincorporados. Pero el alivio de esa entrega duró poco. Dos días después de esa imagen, Colombia eligió al ultraderechista Abelardo de la Espriella como su presidente, un abogado de línea dura que se hizo elegir con las banderas de la seguridad, y que ha perseguido cualquier iniciativa que tenga la palabra “paz” en su nombre. Su llegada al poder tiene en veremos el futuro de los 99 hombres y mujeres que ya quemaron sus camuflados. Nadie sabe si el nuevo Gobierno garantizará el dinero para la reincorporación que les prometieron o si se mantendrá la suspensión de las órdenes de captura. Ni siquiera tienen certeza de qué pasará con ese lugar en la selva del Putumayo que el Estado levantó en dos meses para que hicieran su tránsito a la vida civil. Tatiana muestra una fotografía en su teléfono móvil de cuando llegó con Jeison y su perro Negro a la ZUT.Santiago MesaVista general de la Zona de Ubicación Temporal, el 30 de julio.Santiago MesaTatiana maquilla a Jeison, ambos exmiembros de los Comandos de Frontera, el 29 de julio.
En las entrañas de la disidencia que dejó las armas en el único caso de éxito de la paz total de Petro
Un grupo de 99 excombatientes de los Comandos de la Frontera permanece concentrado en la selva del Putumayo y pide al nuevo Gobierno que garantice su regreso a la vida civil








