Un café diario de máquina, un taxi ocasional por pereza, la merienda de los niños comprada sobre la marcha. Ninguno de esos gastos parece importante por separado, pero sumados durante un año pueden alcanzar con facilidad los 547 euros, una cifra que ilustra bien el efecto acumulativo de lo que la economía doméstica bautizó como gasto hormiga, ese goteo de pequeños desembolsos que rara vez aparece en ningún presupuesto familiar porque nadie lo anota.El problema no es el café, es no mirarloElisabet Ruiz-Dotras, profesora de los Estudios de Economía y Empresa de la UOC, rechaza de entrada cualquier discurso que convierta este tipo de gasto en un pecado que haya que eliminar sin más. “No se trata de vivir con austeridad, se trata de vivir con sabiduría y con equilibrio”, sostiene la profesora, que insiste en que la decisión sobre en qué gastar el dinero corresponde a cada persona, siempre que se tome con conocimiento de causa. Si el café de la mañana es un momento de disfrute real, defiende, mantenerlo tiene todo el sentido. El problema aparece cuando ese gasto se repite por inercia, sin que nadie se haya parado nunca a valorar si compensa.Ahí es donde entra el ejercicio que la economista considera imprescindible, y que no tiene que ver con prohibirse nada, sino con someter cada partida a una pregunta sencilla. “Al final es una decisión que ha de tomar cada uno”, explica, poniendo un ejemplo que resume bien el dilema al que se enfrentan muchas familias, y es elegir entre pedir un préstamo para arreglar la lavadora estropeada o renunciar a desayunar y comer fuera de casa durante un tiempo. Cuando los pequeños caprichos diarios acaban chocando con una urgencia real del hogar, dice la profesora, mantenerlos “no tiene ningún sentido”.Por qué las 24 horas de reflexión no sirven aquíFrente a las compras impulsivas de mayor tamaño, como las de un Black Friday o unas rebajas, suele recomendarse esperar un día antes de confirmar la compra para enfriar la decisión. Ruiz-Dotras descarta que esa fórmula funcione con los gastos hormiga, precisamente por su naturaleza minúscula y repetitiva. “El hecho de decir me espero 24 horas antes de pensarlo no tiene mucho sentido con las despeses hormiga”, afirma la economista, que reserva esa técnica para desembolsos puntuales y de mayor cuantía, no para el café de las nueve de la mañana.El verdadero antídoto, según la profesora, no está en frenar cada gasto sobre la marcha sino en hacer un ejercicio previo de revisión que permita ver el conjunto. “Lo importante es hacer una revisión mensual del extracto”, señala, aunque el paso decisivo llega una vez al año, cuando propone “bajarme el extracto anualmente y hacer un ejercicio de ver en qué me gasto el dinero en un año”. No hace falta que ese periodo coincida con el calendario natural, aclara, basta con tomar los últimos doce meses disponibles para tener una fotografía fiable del comportamiento real de cada hogar.Las aplicaciones bancarias no siempre ayudanHecho una vez ese repaso completo, sostiene Ruiz-Dotras, los años siguientes resultan mucho más sencillos de controlar, porque los patrones de gasto tienden a repetirse y las propias aplicaciones bancarias permiten hacer un seguimiento más ágil. Sin embargo, la profesora advierte de una limitación importante en esas herramientas digitales, y es que suelen clasificar el gasto por la actividad comercial de cada empresa, no por el tipo real de necesidad que cubre. “No acaba de computar bien adónde va el gasto”, apunta, poniendo como ejemplo comercios como Amazon o El Corte Inglés, donde bajo un mismo epígrafe pueden mezclarse compras de ocio, caprichos personales y necesidades básicas sin ninguna distinción.Esa mezcla, según explica, hace perder de vista precisamente lo que más importa a la hora de tomar decisiones, y es diferenciar con claridad qué gasto responde a una necesidad y cuál obedece solo a la comodidad del momento. Sin esa separación manual, revisar el extracto bancario sirve de poco más que para confirmar un totalizador impreciso.Cuando el ahorro ya no da tanto margenEl contexto económico no ayuda a que estas fugas pasen desapercibidas. Según los últimos datos publicados por el Instituto Nacional de Estadística, la tasa de ahorro de los hogares españoles se situó en el primer trimestre del año en el 11,3% de la renta disponible, el nivel más bajo de los últimos tres años, en un momento en el que el gasto en consumo crece por encima de los ingresos familiares. En ese margen cada vez más estrecho, los pequeños desembolsos diarios pesan proporcionalmente más de lo que pesaban hace apenas un par de años, y revisar dónde se escapa el dinero deja de ser un capricho de manual de autoayuda para convertirse en una necesidad práctica.Esa misma lógica aplica en hogares de Catalunya como en el resto del territorio, donde el encarecimiento sostenido de la cesta de la compra y de los suministros básicos deja cada vez menos margen para el gasto discrecional, lo que convierte cualquier fuga recurrente en un coste de oportunidad mayor que antes.Nadie va a hacerse rico dejando de tomar café fuera de casa, pero tampoco se trata de eso. Se trata de saber, con datos delante y no por intuición, cuánto vale realmente esa costumbre y decidir con los ojos abiertos si merece la pena mantenerla o si ese dinero encajaría mejor en otro lugar del presupuesto familiar.