Quizá no tiene la popularidad de Asesinato en el Orient Express (1934) o Diez negritos (1939) –ahora traducido como Y no quedó ninguno, más fiel al original And Then There Were None (y menos racista)–, pero El asesinato de Roger Ackroyd (1926) es para muchos la obra maestra de Agatha Christie (1890-1976); de hecho, en 2013, la Crime Writers’ Association (CWA), de seiscientos miembros, la eligió como la mejor novela del género jamás escrita. Tal vez lo que le ha faltado es una (buena) adaptación al cine que la diera más a conocer, pero es que precisamente la gracia de la novela hace difícil trasladarla a la pantalla.

Cuando se cumple un siglo de la edición del libro, que en sus primeras ediciones en castellano se publicó, siguiendo esa vieja costumbre por fortuna extinta de traducir los nombres propios, como El asesinato de Rogelio Ackroyd, además de cincuenta años de la desaparición (la de verdad, es decir, la definitiva) de su autora, revisamos algunas de sus claves que se echan de menos en la ficción popular de hoy. Escritores, tomen nota, porque si algo no ha dejado de tener nunca la gran maestra del crimen son lectores, esa especie en peligro de extinción.

1. La importancia del punto de vista. Sí, incluso en un género en el que el argumento (y, para ser exactos, la identidad del culpable) es fundamental, no se puede descuidar la forma, la perspectiva desde la que se van a narrar los hechos. Según sea un narrador en tercera persona omnisciente o uno en primera persona (investigador, víctima, testigo o personaje no confiable), se añaden variables que aumentan la intriga y le sacan jugo.