Sílvia Orriols irrumpió hace poco más de dos años en el Parlament de Catalunya con dos escaños y, desde entonces, su tarea principal –y casi la única de la extrema derecha independentista– ha sido utilizar sus turnos de intervención para ganar visibilidad en medios y redes. Su retórica dura, sus descalificaciones hacia colectivos vulnerables y sus sistemáticas referencias a la diputada de ERC Najat Driouech por vestir un hiyab ha situado a Orriols en el difuso límite del discurso del odio, algo en lo que Vox también ha acompañado.
Ante esta situación inédita, Josep Rull, el presidente del Parlament, ha apostado por tejer una estrategia para atajar estas prácticas. Pero el equilibrio no es nada sencillo: se trata de evitar discursos discriminatorios en la Cámara sin vulnerar la libertad de expresión de los diputados y, a la vez, sin brindar a Aliança Catalana y Vox la posibilidad de victimizarse.
Rull, de la mano del resto de miembros de la Mesa, han tenido claro desde el principio que la irrupción del partido islamófobo no podía suponer un cambio en la cultura de debate parlamentario que defienden que ha caracterizado la política catalana: “El president vio rápidamente que debía tomar una posición concreta respecto a esto”, explican desde su equipo.









