Gonzalo Aguirregomezcorta SidneyActualizado Lunes,

agosto

00:12A primera vista, Australia parece uno de los grandes �xitos del multiculturalismo. Casi un tercio de sus habitantes naci� en otro pa�s y en ciudades como S�dney o Melbourne se hablan alrededor de 300 idiomas. Durante d�cadas, la naci�n ha construido una identidad basada en la inmigraci�n y en la promesa de que era posible, que no sencillo, empezar una nueva vida en las ant�podas. Sin embargo, bajo esa imagen inequ�vocamente cosmopolita aflora peri�dicamente una pregunta que muchos australianos cre�an superada: �qui�n pertenece realmente a Australia?La pol�mica desatada esta semana tras la difusi�n de un v�deo en el que un hombre profiri� comentarios racistas a una familia australiana de origen chino ha echado m�s le�a a un debate que va mucho m�s all� de un episodio aislado.Los hechos ocurrieron en un parque de S�dney, cuando una pareja nacida en China, con nacionalidad australiana, y su hija -nacida en Australia- vivieron una situaci�n que les hizo temer por su seguridad, tal y como ha confesado la madre. Un hombre paseaba a sus tres perros sueltos cuando uno de ellos se acerc� a la peque�a, que iba en su bicicleta, y el due�o, en lugar de llamar a su mascota, increp� a la ni�a. Cuando la pareja comenz� a grabar, el sujeto les inst� a marcharse "de vuelta a China" y a regresar "a su prisi�n".La experiencia ha sido ampliamente compartida en redes sociales y evidencia c�mo este comentario cargado de odio sigue encontrando eco en un pa�s cuya historia moderna est� marcada por profundas contradicciones en materia de identidad, inmigraci�n y raza.Durante buena parte del siglo XX, Australia hizo precisamente de la exclusi�n un proyecto de Estado. La denominada White Australia Policy (Pol�tica de la Australia Blanca), aprobada tras la Federaci�n en 1901, limit� durante d�cadas la llegada de inmigrantes no europeos con el objetivo expl�cito de preservar una naci�n mayoritariamente blanca y espec�ficamente brit�nica.Esta pol�tica no prohib�a expresamente la entrada de personas por su raza, aunque hab�a maneras de discriminaci�n m�s sutiles que acababan logrando el resultado deseado de tener una Australia blanca. Se implementaba mediante una prueba de dictado en la que los funcionarios pod�an obligar a una persona a escribir un fragmento de 50 palabras en cualquier idioma europeo que el funcionario supiera que la persona candidata no hablaba. Este sistema garantizaba que aquellos perfiles que no encajaran en los criterios que marcaba el Gobierno suspendieran la prueba y se enfrentaran a la denegaci�n de entrada o a la deportaci�n.Aunque aquella legislaci�n fue desmantelada entre finales de los a�os 60 -cuando las habilidades de los migrantes comenzaron a primar m�s que la raza- y principios de los 70 -cuando se suprimieron las distinciones raciales en inmigraci�n y -ciudadan�a-, su legado nunca desapareci� del todo. M�s bien qued� latente y reaparece en momentos de incertidumbre econ�mica, presi�n migratoria o campa�as electorales. Precisamente en la actualidad, Australia atraviesa uno de esos momentos.El clima migratorio y pol�ticoTras la pandemia, el pa�s registr� cifras r�cord de inmigraci�n para cubrir la escasez de mano de obra y sostener una econom�a necesitada de trabajadores cualificados y estudiantes internacionales. Seg�n la Oficina Australiana de Estad�stica, entre 2022 y 2023, la migraci�n internacional contribuy� con un aumento neto de 518.000 personas a la poblaci�n total de 28 millones de personas. Esta fue la mayor cifra estimada de migraci�n internacional neta desde que se iniciaron los registros hace m�s de un siglo.Al mismo tiempo, y como ocurre en otros pa�ses occidentales, la crisis de la vivienda, el aumento del coste de la vida y la presi�n sobre las infraestructuras y servicios p�blicos han alimentado un discurso cada vez m�s extendido que se�ala a los reci�n llegados o australianos de origen internacional como responsables de problemas cuya ra�z es mucho m�s compleja. En este contexto, la migraci�n ha dejado de percibirse �nicamente como un motor econ�mico para convertirse, de nuevo, en uno de los asuntos m�s sensibles del debate pol�tico y social.Este clima de tensi�n tambi�n se refleja en la pol�tica. El lunes, el Tribunal Federal de Australia confirm� que la l�der del partido ultraderechista One Nation, Pauline Hanson, vulner� la Ley de Discriminaci�n Racial en 2022, tras un comentario en la red social X dirigido a la senadora de Los Verdes, Mehreen Faruqi -paquistan� de nacimiento y nacionalizada australiana- donde le dec�a que "volviera a Pakist�n".Hanson recurri� la sentencia alegando que se trataba de un comentario protegido por la libertad de expresi�n, pero el recurso fue desestimado y mantuvo que el mensaje constitu�a un ataque racista. A la salida del tribunal, Faruqi asegur� que el fallo supon�a "una victoria para todas las personas a las que se ha hecho sentir que su pertenencia a este pa�s es condicional". Tambi�n a�adi� que "el discurso de odio no es libertad de expresi�n". Sin embargo, a juzgar por la experiencia vivida por la familia Aussie con ra�ces chinas en un parque de S�dney, un s�bado cualquiera, la sentencia no se traslada a la calle.La resoluci�n llega en un momento en el que Hanson, una de las voces m�s duras contra la inmigraci�n, vuelve a ganar protagonismo. En los �ltimos meses ha defendido que Australia deber�a restringir la migraci�n musulmana y, en un podcast con el activista brit�nico de extrema derecha, Tommy Robinson, atribuy� el aumento de migrantes al abandono de la Pol�tica de la Australia Blanca, aunque neg� querer restablecerla.El apoyo a One Nation, fundado por Hanson en 1997, alcanz� en junio unos niveles de respaldo nunca antes vistos de entre el 26% y el 31% del voto primario australiano. Estas cifras lo situaron temporalmente como la fuerza pol�tica m�s popular del pa�s por delante de los laboristas y la coalici�n conservadora formada por liberales y nacionales.El respaldo al multiculturalismo contin�a siendo mayoritario en Australia, aunque la convivencia entre esa diversidad y una creciente ansiedad econ�mica est� generando una tensi�n palpable.