La brecha tecnológica entre EE UU y Europa no se traslada de forma automática al nivel de bienestar ni el poder adquisitivo de sus ciudadanos, pero el declive industrial de la UE pasará factura a largo plazo
¿Es más rico, rico del todo, un estadounidense o un europeo? ¿Está Europa empobreciéndose tanto como hemos oído últimamente? Si torturas bien una estadística, acabará confesando lo que quieras. El debate sobre la brecha de productividad y riqueza que separa a Estados Unidos y Europa ha quedado salpicado en cierta medida por el espíritu de este viejo chiste de economistas. Porque, sin necesidad de mentir en los datos, hay cálculos que favorecen unas conclusiones frente a otras.
La pérdida de productividad de la economía europea frente a la estadounidense, impulsada sobre todo por el nuevo bum tecnológico, ha sido puesta de relieve especialmente a raíz de la pandemia de la covid y motivo de alerta roja en el tan traído y llevado informe Draghi. La expresión euroesclerosis, acuñada en 1985 por el economista alemán Herbert Giersch, de dudoso gusto para hablar del estancamiento económico del momento, ha vuelto a habitar en titulares de tribunas y estudios. Una tribuna reciente del The Wall Street Journal se encabezaba así: “¿Qué pasará cuando los europeos se den cuenta de lo pobres que son?“.







