Hubo un tiempo en el que la televisión pública hacía versiones de los grandes clásicos de la literatura. En el caso de España, las adaptaciones en RTVE de Fortunata y Jacinta, de Pérez Galdós; Cañas y barro, de Blasco Ibáñez, o La plaça del Diamant, de Mercè Rodoreda, han pasado al imaginario colectivo.Las plataformas digitales han tomado aquel testigo y recurren también a las viejas y no tan viejas novelas para acercar al gran público aquellas lecturas en formato audiovisual. Es el caso de Netflix, que este 5 de agosto lanza la segunda y última temporada de Cien años de soledad, la fabulosa obra con la que Gabriel García Márquez hizo estallar el boom literario latinoamericano en 1967, hace casi 60 años.Laura Mora, ganadora de la Concha de Oro de San Sebastián el 2022, dirige cinco episodios de esta entregaCompuesta por siete capítulos, de los que La Vanguardia ha podido ver el primero en primicia, y un gran final, esta segunda parte de la serie se diferencia de la primera en que por Macondo, el pueblo fundado por José Arcadio Buendía, origen de la saga familiar que lleva su apellido, ha pasado el tiempo y su representación ya no es tan mítica, con elementos simbólicos y oníricos, como en la primera parte, sino más apegada a la historia.En concreto, de la Colombia de las primeras décadas del siglo XX, con un contexto político muy complejo en el que el progreso, que llega a través de las vías del tren, cumpliendo así el sueño utópico del fundador, trae asociada la decadencia.Después del armisticio entre los conservadores en el gobierno y los rebeldes liberales del coronel Aureliano Buendía, con cuya muerte acaba el primer capítulo de esta segunda parte, no triunfa la paz en Colombia, entre otras cosas, porque con el ferrocarril llega la compañía bananera que impondrá a sangre y fuego el capitalismo y precipitará la ruina de Macondo.En este sentido, Laura Mora, que se ha hecho cargo de la dirección de cinco de los ocho episodios de la segunda parte, destaca en las notas de producción de la serie que el realismo mágico de la primera mitad ha dado paso a una representación de la historia “más cercana” a la actual Colombia, a su “memoria colectiva”, en el desenlace.“Hemos querido desempolvar un legado social y político que, como colombianos, tendemos a olvidar”, subraya la cineasta, que ganó la Concha de Oro de San Sebastián en el 2022 con Los reyes del mundo , y que ya se encargó, asegura que con menos presión que ahora, después de ver la buena acogida del público latinoamericano, de interpretar –verbo que prefiere a adaptar– algunos episodios de la primera parte de Cien años de soledad para Netflix.Uno de los retos que el equipo ha afrontado en la producción de los nuevos episodios es la masacre provocada por las bananeras, un oscuro episodio, soslayado a veces por la historiografía, para el que los guionistas se han documentado en el archivo de Harvard, donde se guarda un legado impresionante sobre la presencia y el funcionamiento de la United Fruit Company en Colombia. Además, los creadores han rodado esas escenas en Super 16 a fin de dar a la imagen la textura de falso documento gráfico.Pero, por supuesto, la mayor dificultad ha sido traducir las palabras de García Márquez, que de forma literal van apareciendo en la voz en off que narra diferentes escenas, al lenguaje audiovisual: “Lo que hicimos fue una interpretación colectiva: un grupo de personas muy distintas, con ideas diversas sobre qué es y cómo se ve Macondo, nos reunimos para construir acuerdos que nos permitieran darle forma a este universo”, argumenta la directora, que no firma, pues, una adaptación en el sentido tradicional, sino elaborada a partir de una diversidad de experiencias, miradas, referencias y sensibilidades.“La palabra escrita depende de la imaginación del lector, que construye un Macondo distinto. El lenguaje literario permite eso: múltiples lecturas, infinitas versiones”, concede Mora. “En cambio, el audiovisual, aunque parezca muy rico en recursos, es profundamente limitado. Impone una imagen, una sola. Y en ella debe concentrarse una enorme cantidad de ideas, símbolos y metáforas”, añade, y más teniendo en cuenta el estilo, evocador y poético, de García Márquez, que, asume la directora, “no está pensado para representarse literalmente”.¿La solución? Fijarse en los detalles. “En las pequeñas descripciones donde Gabo menciona algo en una mesa o un gesto mínimo de alguien. Ahí es donde podemos tender un puente entre lo escrito y lo visual”.Licenciado en Filología y Periodismo y posgraduado en Crítica Literaria, sigue la actualidad cultural en Madrid