EditorialEs de suma gravedad la manera como el gobierno de Gustavo Petro está cerrando su mandato.01.08.2026 18:42 Actualizado: 01.08.2026 23:10 Se dice que cuando una persona ha visto disminuida su respuesta emocional ante episodios traumáticos es porque “ha desarrollado callo”. Es una desgracia para el país que hoy pueda afirmarse algo así de la opinión pública frente a la cantidad y la delicadeza de los escándalos que han marcado el gobierno de Gustavo Petro, que en su recta final se han multiplicado en número e intensificado en gravedad. Situaciones que, por su trascendencia, deberían despertar indignación y revuelo son recibidas como una noticia más. Y no se trata de responsabilizar a la ciudadanía, sino de lamentar lo que se vive ante los ojos del país.El candidato que hace cuatro años asumió la presidencia como portador de una promesa de cambio y renovación se despedirá esta semana envuelto en incontables episodios plagados de todas aquellas malas costumbres que en algún momento quiso erradicar. Deja, además, profundamente lesionada la majestad del cargo que ocupó. En su cuatrienio el mandatario se empeñó en poner su figura y su voluntad por encima de cualquier consideración, lo cual sentó un precedente nefasto.No es exagerado decirlo: pareciese como si la apuesta del presidente Gustavo Petro hubiese sido tapar un escándalo con otro. El ruido de un nuevo episodio lleno de preguntas sin respuestas obligaba a distraer la atención del anterior, igualmente polémico y lleno de interrogantes.Así ocurrió con el caso de la niñera Marelbys Meza y la presunta actuación irregular de integrantes de la seguridad presidencial, que incluyó la divulgación de unas conversaciones entre Laura Sarabia y Armando Benedetti con insinuaciones de máxima gravedad que nunca fueron aclaradas; estuvieron también, en primer orden, los señalamientos —respaldados por una investigación de la Fiscalía— contra el presidente de Ecopetrol, Ricardo Roa; el escándalo del saqueo infame del erario en la UNGRD, que incluyó el mantener a Carlos Ramón González al frente del Departamento Administrativo de la Presidencia hasta que fue insostenible, y quien luego apareció en Nicaragua protegido por un funcionario diplomático; el fallido intento de nombramiento de Juliana Guerrero en el Viceministerio de la Juventud sin contar con los requisitos para el cargo, y la posterior acusación de cobrar coimas, junto con su hermana, a contratistas del Estado, entre muchos otros.No solo se le reprochaal mandatario haberse rodeado de algunas personas poco idóneas y, en algunos casos, objeto de fundados cuestionamientos. Sino que con la realidad a flote no obrara como jefe de EstadoY en medio de tantos episodios entre turbios y sórdidos, surge como colofón lo ocurrido esta semana con las declaraciones de la exdirectora del mismo Dapre Angie Rodríguez. Este cargo, conviene resaltarlo, es de máxima confianza. Quien lo ocupa está al tanto del día a día del mandatario, es su mano derecha. Es revelador de lo que se ha vivido en los salones de Palacio, y naturalmente alarmante, que alguien que viene de ocupar una posición de ese nivel haya presentado ante la Comisión de Acusación de la Cámara de Representantes una denuncia contra el mandatario por peculado por aplicación oficial diferente, tráfico de influencias de servidor público: constreñimiento ilegal; injuria y calumnia.Este solo hecho habla por sí solo. Para decirlo de frente, el presidente Petro no supo manejar su entorno ni trazar la línea que obliga a salvaguarda el interés general ante la claridad de las denuncias reveladas. Y no solo se le reprocha al mandatario haberse rodeado de personas poco idóneas y, en algunos casos, objeto de fundados cuestionamientos. Se le critica, además, que, una vez esta realidad salió a flote, en lugar de obrar como jefe de Estado, marcando distancia inmediata y conminando a la justicia a esclarecer lo ocurrido, actuó como un ciudadano más, un militante de su causa, defendiendo lo indefendible. En algunos casos, como lo hizo con Angie Rodríguez esta semana, asumiendo conductas no permitidas por la ley y absolutamente reprochables desde un plano ético y humano como hacer pública la historia clínica de su antigua subalterna.Por último, a la par con estos sucesos, el cierre gris del Gobierno se ha desarrollado entre alertas por la cantidad y el monto de la contratación por parte de diversas entidades, situación que ha obligado a los entes de control a exigirse a fondo y al propio Consejo de Estado a detener el traslado de cuatro billones de pesos a la UNGRD, donde podían ser gastados sin surtir procesos de licitación.La salida del presidente Petro no es la usual de un jefe de Estado, con altas y bajas, pero más o menos tranquila. Es turbulenta y deja consecuencias, pues cuando desde la más alta magistratura se normalizan conductas incompatibles con la dignidad del cargo puede quedar sembrada la idea de que es posible cruzar los límites sin consecuencias y de que las instituciones están al servicio de quien ejerce el poder, no del ciudadano. Ese es un legado triste y difícil de borrar y el que mayores esfuerzos exigirá corregir en los años por venir.EDITORIALeditorial@eltiempo.com Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. BOLETINES EL TIEMPORegístrate en nuestros boletines y recibe noticias en tu correo según tus intereses. Mantente informado con lo que realmente te importa.EL TIEMPO GOOGLE NEWSSíguenos en GOOGLE NEWS. 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Despedida entre escándalos
Es de suma gravedad la manera como el gobierno de Gustavo Petro está cerrando su mandato.














