Referente de la nueva alta costura, es habitual ver sus diseños en celebridades como Catherine Zeta-Jones o Gloria Estefan. Gustavo Cadile es un argentino radicado en Nueva York y referente de la nueva alta costura. Su trayectoria encarna las distintas eras de la industria tras haber vivido sus años dorados en las grandes capitales de la moda y haber sabido adaptarse a cada época sin perder su esencia ni la nitidez de su sueño. Semanas atrás, fue declarado Personalidad Destacada de la Cultura con un acto y desfile en el Salón Dorado de la Legislatura de Buenos Aires. Nacido en Junín, Cadile articula hoy su agenda entre Buenos Aires, Miami y Nueva York. Pero fue la figura de Eva Perón la que despertó su vocación. Su memoria profesional se apoya en esa mitología propia donde se cruzan la costura en el patio familiar de su casa del interior bonaerense, la opulencia de Evita vestida por Dior y la audacia de sus inicios en la escena porteña de los ochenta, antes de iniciar su ruta por Miami, Roma, Milán y Nueva York. En la pasarela, un diseño con su firma–¿Cómo fueron esos primeros viajes a la ciudad y cómo terminaste trabajando en moda? –Cuando me gradué de la secundaria, venía todos los viernes para Buenos Aires. En ese tiempo quería ser actor y, al mismo tiempo, mi abuela se hacía la ropa con la máquina de coser. Se juntaba con otras amigas que cosían y me encantaba verlas, al igual que cuando hacían las pruebas con las mujeres de Junín. Además, enfrente de mi casa había una viejita que vivió al lado de la casa donde había crecido Eva Perón; entonces ella tenía colgadas fotos de Eva con los vestidos de Christian Dior, los dorados espectaculares. Cuando veía eso, volvía a mi casa y me ponía a dibujar mirando esos vestidos de Dior, con ese tul, el corset y las faldas gigantes. Me la pasaba dibujando. Venía a Buenos Aires en el tren y aprovechaba para dibujar. Primero iba a los canales a buscar trabajo, después iba a mirar vidrieras. Un día, caminando por Santa Fe y Callao, encontré una boutique. Entré y pedí trabajo. Me lo dieron. Era 1986 o 1987. “Melón con azúcar” se llamaba la boutique. Allí se vestía medio Buenos Aires, las jóvenes actrices y las vedettes. La dueña veía mis dibujos de alta costura y me decía que estudiara con el modisto Manuel Lamarca. Así llegué con él, quien me explicaba las técnicas del diseño. Ya tenía 18 años. Llegaba al estudio de Manuel, y le hacíamos pruebas a Mora Furtado, Anamá Ferreira, Evelyn Scheidl y las modelos de esa época.–¿Qué te llevó a buscar un lugar en Estados Unidos? –Me fui porque quería estudiar más. Primero llegué a Miami. Busqué referencias de dónde se podía trabajar la alta moda y me dieron la referencia de Neiman Marcus, que tenía departamento de alta costura con Thierry Mugler y Ungaro, toda la época de los 90. Imagínate las hombreras, la cintura de avispa. Estaba fascinado con eso. Pedí trabajo en esa tienda.–¿Cómo fue el trabajo diario de preparar los diseños de otros hasta que tus propios bocetos te abrieran la puerta de la universidad y después a la de la televisión? –Los departamentos de alta costura compraban las colecciones de los diseñadores de Italia y París. Mi tarea era recibir las cajas de los vestidos, plancharlos y ubicarlos en el salón para la venta. Al mismo tiempo, la directora del departamento me pedía dibujar. Un día los llevó a la Universidad de Miami y así empecé a estudiar. Al graduarme, me avisaron que estaba Susana Giménez filmando su programa en Miami, así que le mostré mi colección de graduación, con la que gané como mejor diseñador. Entre un amigo y Miguel Romano, su peinador, me llevaron con ella y eligió un vestido mío. Se lo puso al día siguiente y esa fue la primera vez que me nombraron. Era 1996.–¿Qué te motivó a dejar Estados Unidos para buscar el oficio en Europa y por qué te volviste a Nueva York? –Iluso como todo argentino, le pedí a Susana que me hiciera una carta de recomendación para trabajar en París. Me escribió una para Thierry Mugler, donde trabajaba la modelo Kouka Denis como directora. Como no sabía hablar el idioma, ella me sugirió ir a Milán. Entonces fui y comencé pronto a trabajar con Egon von Fürstenberg, el exmarido de Diane von Fürstenberg. Él me llevó a Roma. Era la época en que Gianfranco Ferré y Valentino se presentaban ahí. Yo hacía los bordados, encajes, plumas y piedras para Egon, pero me entusiasmaba volver a Milán porque había llegado Tom Ford como director creativo de Gucci. Yo quería aprender el minimalismo. Esa sastrería de terciopelo, todo ¡guau! Apliqué para cuatro marcas y la que más me interesó fue Max Mara. Les hice un proyecto con telas y, mientras lo desarrollaba, otra marca me pidió lo mismo. Y así me fui a Nueva York para trabajar con Perry Ellis.Gustavo CadileBryanDiaz–¿Era la época en la que diseñaba Marc Jacobs? –No, fue justo cuando lo echaron. Me contrataron junto a Patrick Robinson, que venía de ser el director creativo de Paco Rabanne, pero enseguida se fue a dirigir GAP, así que relanzamos la línea de mujeres, que era conocida por la sastrería de los 80, pero en los 2000 ya nadie la recordaba.–¿Siempre te dedicaste a diseñar para mujeres? –En Perry Ellis hice también la línea de hombres, pero, entre tanto, un amigo me ofreció hacer un vestido de novia que terminaría siendo visto por alguien de Neiman Marcus. Como quedaba libre el puesto de una diseñadora, me lo ofrecieron a mí. Así empecé a venderles con mi nombre a Neiman, Saks y todas las tiendas departamentales. Armaba mi propia colección de 30 piezas y las presentaba dos meses al año. Luego vinieron las celebridades. Era 2006.–Justo antes de la crisis de 2008 y el caos de Wall Street. ¿Cómo se vivieron esos tiempos en una etiqueta de alta moda? –Bajaron las órdenes. Pasé de venderle a 30 tiendas de Neiman Marcus a ocho, por ejemplo.–Tu marca es predigital. En el mercado de lujo la compra es históricamente física. ¿Cómo fue esa transición? –Noté el cambio porque la venta online le quitó la experiencia a la mujer. Fue raro porque las clientas empezaron a recibir diseños que no les quedaban perfectos. Por eso, a mí me encantó mantener el contacto; escoger juntos la tela, el diseño. Entonces busqué explotar lo presencial y potenciar el trabajo con las tiendas departamentales desde 2006 hasta la pandemia.–¡La pandemia! Otra crisis. –Eso fue un quiebre total. Se cerró la ciudad. Mis clientas de Nueva York se mudaron a Florida, porque el clima era más cálido y no tenía reglas tan estrictas. Miami estaba más abierto. Entonces me mudé de ciudad con ellas y abrí la tienda en el Aventura Mall. Funcionó dos años, hasta que vino Prada y tomó todo el espacio. Así que retomé mi showroom de Nueva York y decidí seguir más a la manera de trabajar del diseñador argentino, en showroom. La clienta llega, se le toman las medidas, se le hace el vestido. Si están en otras ciudades, me envían las medidas. Así me pasaba en Miami con las clientas argentinas: les tomaba las medidas y se les mandaba el vestido. En Nueva York me pasa con las clientas de Texas. Acordamos un punto de encuentro para la prueba o les mando el vestido directo. A veces es solo encontrarse una vez.–¿Cómo se construyeron tus vínculos con las celebridades? –Normalmente se trabaja con la estilista. A mí me pasó que el universo se juntó y mandó algo bueno. Me llamó Catherine Zeta-Jones porque vio a Eva Longoria luciendo un vestido mío. “Vestime. Quiero que me hagas algo”, me dijo. Lo mismo ocurrió con Gloria Estefan. Fueron casos en que me contactaron las celebridades. En el caso de Eva Longoria, yo le mandé todo mi lookbook a su agencia. Le gustó y se vistió conmigo en más de 20 ocasiones. Maye Musk, la mamá de Elon Musk, estaba en un evento y vio a la modelo Ana Borges con un vestido mío. Ella le contó que era de un diseñador argentino ubicado entre Miami y Nueva York. Le mostró mi Instagram y desde la misma cena me mandó un mensaje. Así empecé a vestirla una vez al mes. Ahora retomo el circuito de Los Ángeles y la temporada de premiaciones. Allí tengo a mi agente de publicidad, que me maneja la agenda de celebridades. –¿La agencia funciona con la misma lógica de representación de talento que maneja a las grandes estrellas de Hollywood? –Claro. Mi agente contacta a las estilistas, les avisa que tiene mi colección y las invita a mirar. Ellas sacan fotos, se llevan el lookbook y después empiezan los pedidos. Con las que tengo trato directo, me dicen a qué evento van y yo les propongo el color, la idea, todo.–¿Cómo manejás tu vínculo con la escena porteña? –Acá encontré a mi musa, que es Cristina Pérez. Me encantó. Cada Martín Fierro me avisa y yo lo hago porque tengo sus medidas. Con las clientas es igual. Me gustaría vestir a Mirtha Legrand y a Pampita. Hace treinta años que estoy en los Estados Unidos y para mí es un sueño vestir a una leyenda como Mirtha; lo mismo con Susana, son divas.–¿En qué momento estabas cuando recibiste la noticia de que serías declarado Personalidad Destacada de la Cultura? –Estaba metido en mi trabajo, enfocado en hacer lo mejor y salir adelante. Nunca pensé que me estuvieran observando la carrera. Sentí que fue una de las cosas más importantes de mi vida. Amo la Argentina, amo Buenos Aires, me crié acá y ser reconocido en el país que uno ama tanto fue una de las cosas más lindas que me pasó. No lo voy a olvidar nunca porque nunca imaginé que iba a suceder. Además, para el desfile que hice para la distinción, me dieron como vestidor el lugar donde era la oficina de Evita Perón. Fue todo muy emotivo.–Hace unas semanas, la diseñadora y artista Jessica Trosman homenajeó a Adrián Appiolaza, exdirector creativo de Moschino, y luego también la vimos como oradora con vos en la Legislatura. –Somos amigos hace más de 30 años. Cuando yo trabajaba como vendedor en una boutique de Miami, detrás de la Casa Casuarina de Gianni Versace—era la época dorada de Miami—, una vez entró a la tienda una mujer argentina, Susy. Me dijo que su hija también trabajaba en moda y la siguiente vez la acompañó. Era Jessica Trosman. Ella trajo una colección de moda divina, se la compramos y la vendimos toda. Así nos hicimos amigos. Después coincidimos en algunos destinos. Cuando yo trabajaba en Roma, ella fue con Martín Churba a presentar Trosmanchurba en la Semana de la Alta Moda. Siempre la admiré. Es talentosa en todo.En julio último distinguieron al diseñador Gustavo Cadile en la Legislatura porteñaGentileza Gustavo Cadile–¿Te gusta el diseño argentino? –Siempre admiré mucho el diseño argentino. Imaginate que yo trabajaba en Santa Fe y Callao y me iba a la vuelta a ver las vidrieras a Gino Bogani. Lo esperaba. Era una época gloriosa. –¿Qué tan distinta es la mujer de Estados Unidos de la argentina? –La mujer de Estados Unidos ya sabe cuál es su compra anual. Ellas planifican de una manera diferente. Con la recesión, hoy se enfocan en acontecimientos puntuales, pero normalmente viven entre dos climas. Entonces, buscan un guardarropa que contemple del calor al frío.–¿En qué se fijan? –Son personas que viajan a Europa, entonces buscan buena calidad y a buen precio, y que puedan repetir el diseño. Ahora cambió eso de que no se repite el outfit. Que se descarte lo usado ya no existe.–Sos testigo directo de los cambios en la moda. ¿Cuáles son los más trascendentales?–Lo que Matthieu Blazy hizo en Chanel con los zapatos es muy notorio. Logró que todos los largos de las prendas estén por arriba de los 10 cm del talón para que se vea el calzado. Él tiene una visión increíble, es un reinvento lo que hizo con Chanel.–Algo que ya hizo Karl Lagerfeld. –Pero Matthieu Blazy lo hace para la generación de hoy. La clienta tradicional de Chanel sigue buscando el traje de Lagerfeld. De hecho, cuando vas a la tienda de Nueva York, sigue lo clásico. Pero al darle protagonismo a los accesorios, hacer los zapatos de dos colores, logró algo muy deseable que a la vez se puede combinar con un montón de cosas. Es un genio, porque el ritmo de la moda es rapidísimo. ¡No sé cómo hacen!–Tu beneficio es ser un diseñador independiente. –Sí. La cocreación con la clienta, y que muchas veces sea un disparador para que el diseño termine en una colección, es una experiencia única. Yo dibujo, sugiero, insisto en que se lo prueben para que noten el detalle. Se miran en el espejo y les encanta. Toda la parte mía es entregarle algo que las haga sentir hermosas.ConversacionesDiseño argentino
De Junín a las alfombras rojas del mundo
Gustavo Cadile creció como diseñador de alta costura en Nueva York y se consagró cuando vistió a Susana Giménez







