NoticiaCuatro lideresas demuestran que en Colombia ser mujer y defender el territorio multiplica los riesgos a los que se enfrentan día a día.De izquierda a derecha, Jani Silva, Yuvelis Morales, Rosana Mejía y Nohora Quiguantar. Lideresas ambientales y sociales de Colombia. Foto: EL TIEMPO/ANZORC/Alianza Colombia Libre de Fracking/Redes sociales/José Miguel Londoño.01.08.2026 07:01 Actualizado: 01.08.2026 07:01

Yuvelis Morales tiene 25 años, es de Puerto Wilches, Santander, y su identidad nació a la orilla del río Magdalena, el cual defiende a 'capa y espada'. Jani Silva tiene 63 años, nació en el Amazonas y lleva más de cuatro décadas trabajando por el Putumayo, su selva y su gente. Rosana Mejía tiene 52 años, es de Caloto, Cauca, y desde muy temprana edad ha luchado por el bienestar de su comunidad y su tierra. Nohora Alejandra Quiguantar tiene 33 años, es científica indígena del resguardo Muellamues en Nariño y comparte sus saberes para que niñas y mujeres rurales protejan el medio ambiente.Las cuatro viven en regiones distintas de Colombia y cuentan, casi con las mismas palabras, la historia de un país que necesita que defienden las comunidades, el agua, la selva, el territorio y, sobretodo, la vida. Pero, a su vez, cuentan la historia de un país que no ha logrado garantizar que quienes se dedican a la protección y defensa puedan ejercer sus liderazgos sin pagar un precio altísimo. Incluso, un costo más alto para ellas por el simple hecho de ser mujeres. LEA TAMBIÉN El país en el que ellas lideran es, según cifras oficiales e internacionales, uno de los más hostiles del planeta para quien decide defender un territorio. Colombia lleva diez años consecutivos como la nación con más defensores de derechos humanos asesinados en el mundo, según Front Line Defenders, que en 2025 documentó 165 de los 358 casos registrados en 27 países, casi la mitad del total global.En el frente ambiental el panorama no es distinto. El último informe de Global Witness ubicó a Colombia, por tercer año consecutivo, como el país más letal para defensores del ambiente y el territorio con 48 asesinatos y desapariciones en 2024, cerca de un tercio de los 146 casos documentados en todo el mundo. Desde 2012, la organización ha contabilizado 509 asesinatos de líderes ambientales colombianos, la cifra más alta acumulada por cualquier país en ese registro.En lo corrido de este año, la violencia no ha dado tregua para los defensores en Colombia. Según el Instituto de Estudios para el Desarrollo y la Paz —Indepaz—, 86 líderes y lideresas sociales, ambientales, comunitarios y defensores de derechos humanos han sido asesinados en Colombia entre el 1 de enero y el 25 de julio de 2026. Aunque la mayoría de las víctimas letales son hombres, la violencia que impacta a las mujeres busca aislarlas y silenciarlas de distintas maneras. LEA TAMBIÉN Yuvelis defiende el agua del río Magdalena en Puerto Wilches, a menos de una hora de Barrancabermeja, el corazón petrolero de Colombia, donde el Estado proyectó uno de los primeros pilotos de fracking del país. De ese despojo anunciado nació su vínculo con la Alianza Colombia Libre de Fracking, una plataforma de más de 150 organizaciones que lleva más de diez años documentando lo que implicaría la extracción no convencional de hidrocarburos en su región.La violencia que ha enfrentado por ese liderazgo rara vez tiene que ver con su trabajo. Las agresiones van desde comentarios a su cuerpo hasta el cuestionamiento a su 'poca' experiencia por ser joven y la capacidad que 'debería tener' para hablar de fracking. "Nunca se nos ha considerado, en las luchas, por ser mujeres que viven, que piensan, que sueñan; sino la niña que está luchando o la persona ingenua que no sabe", dice.Yuvelis es una mujer joven y racializada del Magdalena Medio, una región donde el conflicto armado se sigue reconfigurando, y sostiene que esas tres condiciones no se suman, sino que se multiplican entre sí a la hora de calcular los riesgos que corre.Yuvelis Morales recibió el Premio Goldman 2026 por su activismo contra el fracking. Foto:Christian Escobar Mora - Premio Ambiental Goldman.Uno pensaría que si la desmeritan por su poca edad, la solución sería sumarle años y experiencia. Pero, paradójicamente, para ellas no es así. Jani, con más de 40 años en la defensa de la biodiversidad y los derechos de las comunidades en el Bajo Putumayo, cuenta que, hace poco, un joven de su propia comunidad le dijo que ya estaba 'vieja', que debía 'quedarse quieta' y 'dejar de joder'.Entonces, aquí los años, las canas, las arrugas, las miles de experiencias o los reconocimientos internacionales no bastan. Y es que el tema central no es ese, es el hecho de ser mujer, alzar la voz, representar a su gente y ocupar un puesto diseñado para un 'viejo sabio' que sí merece el respeto.Jani ayudó a construir desde muy joven, y junto a otros líderes comunales, la Zona de Reserva Campesina La Perla Amazónica. Durante años, en su propia organización —Asociación de Desarrollo Integral Sostenible de la Perla Amazónica (ADISPA)—, el único rol que se consideraba apropiado para ella era el de secretaria, "porque las mujeres escribimos más bonito", expresa.Hoy cuentan con 24 veredas y cerca de 700 familias, ella es quien lidera la asociación y sigue haciendo frente a las economías extractivas y los grupos armados que han deteriorado su territorio. Desde hace varios años ha recibido amenazas de muerte. Incluso, tuvo que salir corriendo de su finca una noche para salvarse y ahora va pocas veces por las condiciones de seguridad. Así buscan 'sacarla de la conversación', como ella menciona.Jani Silva recibió el Premio de la Paz de Hesse en el 2025 en Alemania. Foto:Hessischer Landtag/dpa/picture alliance.El mismo sentimiento de zozobra lo ha vivido Rosana, quien defiende el territorio y el plan de buen vivir de las comunidades negras del norte del Cauca, una labor que heredó de sus padres y que la llevó a ser representante legal de la Asociación de Consejos Comunitarios del Norte del Cauca (Aconc).Desde 2017, las amenazas de grupos armados ilegales, ligadas a la afectación ambiental y territorial de la región, la obligaron a salir. Sumado a estas intimidaciones, está la estigmatización ligada a la cantidad de sobrenombres ofensivos que han recibido las lideresas de su organización. O también de la narrativa que suele señalar la vida sentimental de cada una de ellas: si se casan, si son madres solteras, si son capaces con la familia; como si el liderazgo femenino solo pudiera explicarse por quienes comparten la vida junto a ellas o no.Rosana Mejía fue candidata a la Cámara de Representantes por la curul de paz. Foto:Archivo particular.Una barrera similar la describe Nohora, pues, en su propio resguardo, las costumbres y el mandato exigen que hombres y mujeres estén casados para poder ocupar un cargo de autoridad en el cabildo, una norma que dificulta el camino de las mujeres jóvenes que, como ella, han acompañado procesos de defensa y justicia. Además, a diario lidia con campañas de desprestigio y ataques digitales dirigidos a cuestionar su legitimidad como mujer joven e indígena en espacios de decisión.Nohora protege la biodiversidad de los ecosistemas y el conocimiento ancestral de su pueblo, haciendo una mezcla poco común de ciencia y los saberes tradicionales que la ha llevado a foros como la COP27 o espacios internacionales en la ONU. Pero, así como las historias de las anteriores, su vocación nació de su abuela, lideresa en el proceso de recuperación de tierras, quien fue torturada y asesinada cuando Nohora tenía apenas nueve años.Nohora Quiguantar ha participado en grandes foros de cambio climático de la mano de Naciones Unidas. Foto:ONU Mujeres.Las cuatro historias convergen en un camino marcado por la violencia que se exacerba por ser mujeres negras, indígenas o campesinas, por ser mujeres jóvenes o mayores, por ser madres o por no tener esposo, por estudiar y saber demás o por aprender día a día de la mano de la gente. Una violencia que las lideresas sufren de manera diferenciada, porque mientras a los hombres les quitan la vida con una bala, a ellas les van arrebatando la vida lentamente, callándolas, apartándolas y haciendo que habiten en el miedo de alzar su voz e incomodar.Ese miedo y desesperanza aumentan más cuando ven que el retroceso de sus lucha puede estar muy cerca o cada vez que escuchan que van a dejar de tener las pocas garantías que han ganado para ejercer sus liderazgos. La primera señal llegó con el anuncio de que la Consejería Presidencial para los Derechos Humanos será eliminada y sus funciones trasladadas a otros ministerios. LEA TAMBIÉN La preocupación también alcanza sus agendas ambientales cuando se habla, desde el nuevo gobierno, de reactivar las economías extractivas como el fracking. Por ejemplo, a Nohora le inquieta en particular lo que pase con el Acuerdo de Escazú, el primer tratado ambiental del mundo con obligaciones específicas para proteger a defensores del ambiente, que Colombia ratificó hace apenas unos años y cuya implementación, según Global Witness, ya venía siendo lenta y desigual.Sin embargo, cada una desde sus territorios y en conjunto con sus comunidades siguen firmes en defender lo poco o mucho que han venido ganando con el paso del tiempo. Pues, como lo reitera Yuvelis y coinciden las demás, "la protección de quienes defienden derechos humanos no debería depender de qué gobierno esté de turno, sino ser una obligación estructural del Estado".Todas seguirán trabajando a pesar del alto costo que tiene defender a uno de los países más biodiversos del mundo. Una riqueza verde que resguardan día y noche y que, a su vez, lleva consigo proteger a su gente y su futuro. Mientras Rosana busca que más niñas y niños no sufran la maldad de la guerra ni les arrebaten su tierra, Jani guarda la esperanza en las nuevas generaciones de jóvenes que, con más conocimientos que ella y combinando los saberes de los mayores, tienen en sus manos la responsabilidad de construir un mejor futuro.Así como Nohora lo ha hecho durante estos años y ahora ve en su camino la posibilidad de que más niñas y mujeres indígenas se empoderen y dejen de necesitar permiso para ocupar espacios de decisión. O como lo resume Yuvelis al hablar del poder de la juntaza: "las mujeres somos como los ríos, y cuando nos encontramos somos imparables".Al fin de cuentas, los propósitos y las visiones de ellas cuatro son el reflejo de toda una Colombia que lucha por preservar sus tierras, sus ríos, su fauna, su flora, su cultura, sus comunidades, su vida y la de quienes la defienden.María Alejandra Mesa MunévarEscuela de Periodismo Multimedia EL TIEMPO - No Es Hora De Callar. 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