No eran “unos miles”, como se dijo inicialmente, los marroquíes que el jueves cruzaron de modo ilegal por tierra y mar la frontera española en Ceuta: eran unos 50.000, según admiten fuentes oficiales; o incluso 60.000, según dijo el presidente de Ceuta, el popular Juan Jesús Vivas. Este descomunal salto de escala ha convertido lo que parecía un capítulo más de las a menudo tensas relaciones entre Madrid y Rabat en una crisis con graves repercusiones europeas y globales.Empecemos por los dos países directamente involucrados, España y Marruecos. Pedro Sánchez, presidente del Gobierno español, estuvo ayer en Ceuta, donde lanzó varios mensajes: reafirmó sin titubeos la españolidad de dicha ciudad y le prometió recursos estatales para garantizar su seguridad (entre ellos, el despliegue del ejército para apoyar a la Policía Nacional y la Guardia Civil); denunció la llegada irregular de los 50.000 marroquíes como un “violación de la integridad territorial de España”, y subrayó que parte de los entrados ilegalmente –48.000, según se precisó a media tarde– habían vuelto ya a Marruecos (tras comprobar en persona que una ciudad con 83.600 habitantes no puede acoger de sopetón a 50.000 más). Es decir, Sánchez quiso acallar a quienes temen que abandone Ceuta ante la presión de Marruecos, reprochar al Gobierno de ese país su papel en el desaguisado y señalar una vía para deshacer el entuerto.Todo ello, acompañado de loas, tan comprensibles como extemporáneas, a las “excelentes” relaciones y a la coordinación “intensa” entre ambos países, difundidas por Asuntos Exteriores, que también desmintió que la crisis tuviera que ver con la regularización de cientos de miles de inmigrantes aprobada por el Gobierno, y la atribuyó a una interpretación de la decisión del Supremo que impide la devolución en caliente de los inmigrantes que lleguen a nado, así como a la malicia de las organizaciones que trafican con personas.Meloni excluye a España del espacio Schengen y suscita reacciones enfrentadas en la UELa posición oficial marroquí sobre esta crisis no ha sido muy prolija. El rey Mohamed VI no la mencionó en el discurso que pronunció el jueves. Su embajadora en Madrid, Karima Benyaich, dijo que lo sucedido era algo “no querido por Marruecos”, y enfatizó la colaboración entre ambos países. Es cierto que la policía fronteriza marroquí reaccionó al fin contra quienes querían pasar a España. Pero su pasividad fue decisiva cuando se produjo la avalancha. En todo caso, Marruecos debería asumir sus evidentes responsabilidades y, de paso, preguntarse por qué sus jóvenes quieren huir del país.En la escena europea, políticos de derecha y ultraderecha han querido sacar tajada del caso. La primera ministra italiana, Giorgia Meloni, anunció ayer que excluye a España del tratado Schengen de libre circulación entre países comunitarios (aunque eso no afectará a viajeros de la UE). Y Mari Rantanen, ministra de Interior de Finlandia, habló del “fracaso de España en la defensa de su frontera”, que es también la europea, e invitó a los países de la UE a sintonizar con Meloni.Más prudentes, pero no menos preocupados, se mostraron Ursula von der Leyen, presidenta de la Comisión Europea; el canciller alemán, Friedrich Merz, o el presidente francés, Emmanuel Macron. Acaso porque saben, como Josep Borrell, ex alto representante de la UE, que ningún Estado miembro puede suspender unilateralmente la pertenencia de otro a Schengen. O que en las fronteras de Ceuta y Melilla, cuando no están desprotegidas, se exigen visados específicos Schengen.Unos 48.000 de los 50.000 inmigrantes que entraron ilegalmente pueden ya haber vuelto a MarruecosA escala global, el presidente de Estados Unidos, Donald Trump, utilizó los hechos de Ceuta para prevenir a los norteamericanos de lo que les ocurriría si ganaran los demócratas. Y el ministro israelí Itamar Ben Gvir invitó a Sánchez a que “dé refugio a la población de Gaza”: EE.UU. e Israel, dos países cuyas políticas ha criticado Sánchez, y que ahora devuelven el favor.Cada cual arrima el ascua a su sardina. Pero una crisis como esta no admite frivolidades. El de la inmigración es un asunto dramático que causa continuas tragedias: en la del jueves murieron más de medio centenar de inmigrantes. No es sensato abordar dicho asunto ignorando su complejidad, puesto que exige una exquisita mezcla de firmeza y sensibilidad humanitaria. Y, desde luego, políticas coordinadas, porque la ultraderecha lo usa para aventar miedos que fomenten la división de los demócratas. Y porque, como ya se vio antes en Lampedusa, en Lesbos o en otros puertos de arribada, la dimensión del problema no es local, sino global, y así seguirá siendo mientras persista la desigualdad en el mundo.
El salto de escala de la crisis de Ceuta, por Editorial
No eran “unos miles”, como se dijo inicialmente, los marroquíes que el jueves cruzaron de modo ilegal por tierra y mar la frontera española en Ceuta: eran unos 50.000, según admiten fuentes oficiales; o incluso 60.000, según dijo el presidente de Ceuta, el popular Juan Jesús...










