Un hombre solo en la cima del mundo. Como un muñequito. Pequeño. Parece insignificante pero estuvo llamado a ser un rey. Y para muchos lo ha sido, pero es cuestionable decir que lo sigue siendo. En el centro del Estadio Metropolitano de Madrid, sin público en la pista y el césped cubierto por una lona negra, un abismo, el artista no podía verse más distante. Inalcanzable.
Es Kanye West, el rapero que lo fue todo, y ahora se le cierran las puertas del mundo que creyó haber conquistado. En las últimas semanas ha tenido que escuchar sonoros portazos en sus narices. No ha sido así en España.
Reino Unido consideró que su presencia allí “no favorecería el bien público”. A Australia, país de nacionalidad de su esposa, Bianca Censori, no le gustó nada su canción Heil Hitler y Ye ha perdido su visado. Italia alegó motivos “de orden y seguridad públicos”, temiendo que hubiera contramanifestaciones a su presencia en un festival.
Seguimos. Francia no le prohibió la entrada, pero el rapero prefirió cancelar su concierto en Marsella antes de que el ministro del Interior hiciera realidad sus amenazas de prohibirle actuar debido a sus declaraciones antisemitas. En Suiza, el FC Basilea dijo que en su estadio no era bienvenido. Un festival en Eslovaquia sucumbió ante la adversa reacción mediática y de los patrocinadores. El alcalde de Praga presionó con éxito para que se cancelara su actuación en el hipódromo. Y la ministra de Cultura de Polonia se puso seria ante lo que llamó “exaltación del nazismo”: “La libertad artística no significa dar vía libre a todo. La cultura no puede ser un espacio para quienes la explotan para propagar el odio”.










