Manolo Solo venía del rock, y eso se notaba. Los telespectadores lo recordarán cantando en el Late Motiv, de Andreu Buenafuente, la mítica Autosuficiencia, de Parálisis Permanente. Sólo es un ejemplo, pero da muchas pistas. Se sabe también que era fan de los Kinks y que, en alguna ocasión, tocó I’m not like everybody else, y el himno de los outsiders le iba al pelo, porque, aunque tenía un físico de hombre común, no se parecía a nadie más. Antes de convertirse en uno de los actores más queridos y admirados de nuestro cine, Manuel Fernández Serrano, según rezaba su DNI, se prodigó, durante más de dos décadas, en la escena underground sevillana, sobre todo como la voz cantante de Los Relicarios, banda en la que también rasgó la guitarra Santi Amodeo, que acabaría dirigiéndole en películas como Astronautas (2003), ¿Quién mató a Bambi? (2013) y El cielo de los animales (2025), una cada diez años. Solo, que tomó su apodo de una noche en la que le dejaron ídem al frente de un desastroso concierto de Hacienda somos todos, la banda que lideraba mientras estudiaba pedagogía, fue una figura central de esa escena hispalense donde la imagen en movimiento y la música se han retroalimentado constantemente, convirtiéndose en uno de los pulmones vitales para la renovación de nuestro cine, que ha ido despojándose de su pompa académica para convertirse en algo más verdadero, más de calle y menos de salón.Grabó sus primeras maquetas con Arden lágrimas a finales de los 80, y luego formó La Turmix, que se convertiría en Los RelicariosFormado en Sevilla, aunque natural de Campo de Gibraltar (Algeciras), Solo estaba pues bien colocado para encarrilarse hacia el cine, aunque se lo tomó con calma antes de abrazar la profesión, quizás porque, con aquella cara de susto permanente, no se veía. Primero vinieron los grupos. Grabó sus primeras maquetas, como Noches de delirio, con Arden lágrimas a finales de los años 80, y luego formó La Turmix, que acabó convirtiéndose en Los Relicarios, banda con la que grabó un par de discos y canciones como Enamorado de Chrissie Hynde o La verdad está en inglés, cuyo videoclip fue realizado por Alberto Rodríguez que, a su vez, acabaría dirigiéndole en películas como 7 vírgenes (2005) o La isla mínima (2014), así como en la serie La peste, en la que era el obispo que arengaba a las masas. Por entonces, en los 90, Solo ya trabajaba como actor de doblaje (puso voz a varios personajes de Dragon Ball) y se fogueó en la arena del teatro independiente. Pero tampoco dejaría nunca la música de lado. Pasaría por formaciones como El combo crónico, Lavadora, Camarero champán o Los Kevin Bacons, antes de llegar a su proyecto más personal: Manolo Solo & Also Starring, con el rindió tributo al séptimo arte tocando versiones de Midnight Cowboy o Man of the Moon, entre otras.Fue con el cambio de milenio cuando Solo decidió trasladarse a Madrid y centrarse por fin en su vocación escondida, prodigándose en toda clase de teleseries (Compañeros, El comisario, Hospital central, Amar en tiempos revueltos…) y debutando en la gran pantalla con Cuando todo esté en orden (2002), de César Martínez Herrada. Tras pequeños papeles en La flaqueza del bolchevique (Manuel Martín Cuenca, 2003), El laberinto del fauno (Guillermo del Toro, 2006), Celda 211 (Daniel Monzón, 2009) o El Gran Vázquez (Óscar Aibar, 2010), entre otras muchas, empezó a destacar como el juez que se enfrenta a Bárcenas en B. la película (David Illundain, 2015), por la que fue nominado al Goya al mejor actor de reparto, y sobre todo como El Triana, el propietario del gimnasio de Tarde para la ira (Raúl Arévalo, 2016), el thriller con aroma a serrín que barrió en los Goya, logrando el de mejor película y dirección novel, amén de el de reparto para Manolo Solo, un trofeo al que volvió a optar por El buen patrón (Fernando León de Aranoa, 2022). A partir de ahí, con el Goya en la estantería, ya se le empezó a considerar como uno de los grandes. Léase protagonista. Con su sola presencia, rompía estereotipos, y transmitía una humanidad infinita, aunque pudorosamente contenida, a veces terrible y casi siempre entrañable. Por su aspecto, podía ser el vecino de al lado, pero siempre con más de una carta escondida.Así empezaron a caer papeles cada vez más importantes, como el cineasta de la monumental Cerrar los ojos (2024), el gran retorno de Víctor Erice, por la ya que fue nominado al Goya a mejor actor, lo mismo que con La quinta portuguesa (2026), de Avellina Prat, donde nos volvió a desarmar encarnando a un apocado profesor, abandonado por su mujer, que decide empezar de cero suplantando a un jardinero al otro lado de la frontera. Con un buen número de obras sobre las tablas –Mrs Dalloway, Dos gentlemen de Verona, Ruz-Bárcenas, La última noche de la peste, El inspector, Cocina o Las guerras correctas–, también acabó formando parte de las series más prestigiosas, como La zona, Arde Madrid o Anatomía de un instante, para la que, una vez más a las órdenes del sevillano Alberto Rodríguez, se había transformado totalmente para dar vida a un, a su manera conmovedor, Manuel Gutiérrez Mellado. Brilló en el pasado festival de Cannes, junto a Patricia López Arnaiz, como el protagonista de Aquí, del portugués Tiago Guedes, adaptación de la Trilogía de Jesús, de J.M. Coetzee. Tenía carrete para rato, pero la enfermedad no tiene piedad, y hemos tenido que sumar su nombre a bajas recientes como las de José Luis Cienfuegos o Fran Gayo, que citamos porque también venían de rock y fueron importantes a la hora de cambiar la forma de entender el cine en este país. Manolo Solo, un tímido muy salado, con aquellas perennes bolsitas bajo los ojos, representó como nadie al antihéroe de toda una generación.
Muere a los 62 años Manolo Solo, el actor que venía del rock
Antihéroe de toda una generación, se llevó el Goya por 'Tarde para la ira' y se especializó en personajes con apariencia de normalidad que escondían más de una carta










