El debate parlamentario estaba siendo bastante anodino hasta que el jefe de la oposici�n, Francisco Javier Ist�riz, acus� de comportamiento poco digno al presidente del Gobierno, Juan Mendiz�bal. La tensi�n aumentaba por momentos, pero se dispar� tras llamar este �ltimo �mentiroso� y �oportunista� a su oponente. El incidente ya no pod�a resolverse dentro de la C�mara para no ofender a la instituci�n y a sus representantes. Exig�a un desaf�o.Una fr�a ma�ana del 16 de abril de 1836, el presidente del Gobierno y el jefe de la oposici�n se citaron para un enfrentamiento a pistola. Tras una ronda de disparos, Ist�riz manifest� ante su contrincante, los padrinos y el m�dico que tal vez se hab�a excedido en sus comentarios. El asunto quedaba solventado. Es solo un ejemplo de c�mo el duelo escenificaba la reparaci�n del honor, una pr�ctica que se mantuvo hasta bien entrado el siglo XX. La evoluci�n pol�tica espa�ola puede seguirse, de hecho, a trav�s de estos incidentes que marcaban la temperatura y las formas en las que se ejerc�an los liderazgos en los partidos o en los clubes de notables de entonces.Unos a�os despu�s de este suceso, a mediados de siglo, se produjo otro sonoro enfrentamiento entre los diputados Antonio de los R�os Rosas y Luis Gonz�lez Bravo tras ser acusado este �ltimo de inconsecuencia ideol�gica, ya que hab�a pasado de posiciones radicales de izquierda a defender, en muy poco tiempo, un conservadurismo extremo. A pesar de los intentos de la presidencia de la C�mara por cambiar de tema, el ambiente se fue caldeando y subiendo de tono a medida que el resto de los parlamentarios aclamaba y vitoreaba sus intervenciones. Cada vez que uno de los dos oradores profer�a un aspaviento contra el otro, una parte del hemiciclo estallaba en aplausos mientras la otra se deshac�a en gritos, protestas y abucheos generales. Aunque no existen pruebas de que R�os Rosas terminara agrediendo a su contrincante es muy posible que, dada la cercan�a de los esca�os, existiera alg�n tipo de contacto f�sico. Ambos ten�an un nutrido historial de disputas y duelos anteriores al de aquel enero de 1850 en el que Gonz�lez Bravo cay� herido en su costado derecho.El asunto muestra otra importante derivada, ya que los diputados estaban cometiendo un delito tipificado en el ordenamiento jur�dico espa�ol. El Ministro de Gracia y Justicia Lorenzo Arrazola envi� el requerimiento judicial al presidente de la C�mara. Este orden� formar una comisi�n que estudiara el caso, que nunca llegar�a a crearse. La legislatura termin� tres semanas m�s tarde y todo se olvid�. Gonz�lez Bravo y R�os Rosas volvieron al Congreso en calidad de diputados en la siguiente legislatura. Esta vez, ocupar�an esca�os m�s alejados. Su caso da buena cuenta del procedimiento de la �poca para este tipo de incidentes: echar tierra sobre el asunto y olvidar la infracci�n.Para saber m�sAunque la costumbre ya no era tan habitual, medio siglo despu�s segu�an produci�ndose duelos. A finales de 1904, el ministro de Gobernaci�n, Jos� S�nchez Guerra, dimiti� para poder batirse con el diputado republicano Rodrigo Soriano que, en el pleno del Congreso, le hab�a llamado �hijo de Cabra�, en alusi�n al distrito electoral cordob�s que representaba. Poco antes, en octubre, ca�a muerto Rafael de Le�n y Primo de Rivera, marqu�s de Pickman, tras enfrentarse al el capit�n de la Guardia Civil Vicente Garc�a de Paredes, un hecho que produjo una fuerte conmoci�n nacional y terminar�a precipitando el declive de una pr�ctica que hab�a marcado largos a�os las relaciones entre caballeros en Espa�a.'Un lance, siglo XVII' (1866), de Francisco Domingo Marqu�s.Museo Nacional del PradoEstudiar el duelo nos aproxima a la sociedad que lo genera. Tal es la tesis que desarrolla Raquel S�nchez, catedr�tica de Historia Contempor�nea de la Universidad Complutense de Madrid, en su �ltimo libro, A primera sangre. Duelos de honor en la Espa�a contempor�nea (La Esfera de los Libros). A lo largo de sus p�ginas sumerge al lector en un tiempo en el que la vieja sociedad barroca se halla en trance de desaparici�n y la burgues�a pasa a dictar las normas de conducta y de las nuevas relaciones sociales imperantes. En esta larga transici�n, el concepto del honor va cambiando hasta situar el duelo como pieza central del nuevo teatro de las representaciones sociales que se extiende por todo el mundo. La burgues�a y la aristocracia desarrollan una manera diferente de entender y ejercer la violencia y eligen el duelo como forma de distinci�n, mientras las clases populares mantienen sus propias pr�cticas para saldar las cuentas de honor y de honra igualmente arraigadas en tradiciones antiguas y codificadas, como las ri�as, las faltas o las peleas tumultuosas. Este profundo proceso de cambio arrastrar� muchos otros fen�menos.A lo largo del siglo XIX se consolida en Europa un declive de la violencia en la resoluci�n de los conflictos cotidianos. Un �proceso civilizatorio�, en palabras de Norbert Elias, que se desprende de los cambios que traen la sociedad moderna, las instituciones y, muy en particular, el aparato de la Justicia de la mano del Estado contempor�neo. A pesar de ser una �poca en la que la esclavitud o la pena de muerte, los castigos f�sicos y la violencia dom�stica est�n plenamente normalizados, el uso de armas y de objetos en peleas, ri�as y lesiones va perdiendo fuerza de forma generalizada. El proceso reviste importantes diferencias entre el norte y el sur de Europa en funci�n del grado de urbanizaci�n e industrializaci�n, de las tasas de alfabetizaci�n y, sobre todo, de la universalizaci�n de las penas de privaci�n de libertad: la c�rcel moderna. Al tiempo, se mantiene entre los hombres de las elites pol�ticas, econ�micas e intelectuales de distintos pa�ses un procedimiento que permite su uso para vengar el honor: el duelo.UN CONCEPTO UNIVERSALEl honor no ha desaparecido hoy de nuestras vidas. S� lo ha hecho el duelo, aunque su sentido a�n se mantiene en nuestra �poca. En la actualidad entendemos el honor como reputaci�n, como imagen p�blica, pero tambi�n como dignidad personal. De hecho, y con todos los matices, en todas las culturas existe un concepto, un sentimiento, un valor moral que se asimila a esa definici�n y que hace que quienes se consideran ofendidos reaccionen a trav�s de distintos rituales para vengar la ofensa y castigar al ofensor. Esto es particularmente evidente en el meiyo japon�s, el c�digo de conducta del samur�i, que tiene, seg�n el bushido, muchas similitudes con lo que la cultura occidental denomina honor, en particular el honor militar. El significado de este t�rmino en la China tradicional estaba claramente impregnado de conceptos del confucionismo que lo ligaban a la familia y a la virtud y lo vinculaban, m�s que a los valores marciales de su vecino japon�s, al conocimiento letrado de la �lite burocr�tica del Estado.La historia del duelo, en cambio, es plenamente europea. En contra de lo que com�nmente se cree, la Revoluci�n francesa no le puso fin. Impuls�, muy al contrario, una nueva forma de entender el honor que se mantuvo en Francia como signo de distinci�n cultural hasta la �poca de entreguerras. Uno de los momentos clave tras la derrota ante Prusia, el affaire Dreyfus, gener�, de hecho, un interminable reguero de duelos en defensa del honor nacional.La historia del duelo es europea. La Revoluci�n francesa no le puso fin, impuls� una nueva forma de honor vigente hasta la �poca de entreguerrasEn los viejos imperios de la Europa central, las marcas faciales que mostraba la acumulaci�n de duelos otorgaban un notable prestigio que fue creciendo a medida que los valores militaristas y nacionalistas emerg�an en plena descomposici�n del mapa pol�tico tradicional. Espa�a tiene una larga tradici�n de duelos, pero con un sentido m�s en las costumbres francesa e italiana, seg�n las cuales los desaf�os a primera sangre evitaban desgracias mayores y permit�an saldar las deudas pendientes de una manera pactada. Su evoluci�n fue muy similar. Los retos entre caballeros estaban ligados a la cultura pol�tica liberal de las clases dirigentes de la �poca y tambi�n se extendieron a Am�rica, aunque con variables y funciones muy distintas.El duelo es un ritual en el que queda codificada toda una �poca, la base misma de su existencia. De lo que se trata, por encima de todo, es de ajustar la conducta a la norma, de restituir el honor perdido dentro del c�digo de los caballeros, pero, �qu� llev� a tantos hombres a batirse en un enfrentamiento armado? La inmensa mayor�a de los duelos vinieron motivados por agresiones f�sicas respondidas en el acto pero, sobre todo en esta nueva etapa m�s moderna y urbana, muchos fueron consecuencia de expresiones o escritos que mancillaban p�blicamente la imagen y exig�an una restituci�n inmediata. Este cambio resulta fundamental. Desde finales del siglo XVIII Europa asiste a la sustituci�n del viejo concepto de honra, que va unido al linaje y a la familia extensa, por el del honor individual que est� ligado a la persona y a lo que esta representa. Se impone una nueva cultura del honor que, en realidad, es un h�brido de todas las claves del mundo contempor�neo.El Romanticismo, con su defensa de las pasiones, del car�cter aventurero y de las emociones, aparece como el claro movimiento precursor del duelo, pero su popularizaci�n tambi�n arraiga en las revoluciones liberales y en su defensa de los derechos y libertades individuales y, del mismo modo, es inseparable de la atribuci�n de los roles en funci�n del sexo como corresponde a la moderna sociedad burguesa. El eje central de la cultura del honor es la figura del caballero respetable, pilar de la sociedad y de la familia, modelo ciudadano y sujeto pol�tico por excelencia de un mundo en el que las diferencias sociales est�n claramente se�aladas, tanto por la capacidad econ�mica como por una serie de convenciones que marcan el estatus.El ministro de Gobernaci�n dimiti� para poder batirse con el diputado republicano que le llam� "hijo de Cabra" Sobre estos c�digos, derivados de la cultura del honor, se construy� una nueva forma de ser hombre, un modelo de masculinidad predominante en un siglo como el XIX en el que se produjo un desplazamiento del poder de la vieja aristocracia hacia la nueva burgues�a de los negocios, las profesiones liberales y el entorno urbano. El duelo, en definitiva, era una forma pactada que permit�a resolver los conflictos internos al tiempo que se manten�an las apariencias y distinciones sociales. Pol�ticos, periodistas y militares fueron las profesiones que m�s recurrieron a esta v�a y, en muchas ocasiones, la usaron corporativamente unos contra otros.Algunas de las an�cdotas m�s llamativas las se�al� Luis Carandell en su cl�sico Se abre la sesi�n (1998), porque fueron muchos los pol�ticos, diputados y senadores que se desafiaron entre s� o que retaron a los periodistas que, consideraban, hab�an mancillado su honor hablando mal de su gesti�n p�blica. Pero si hubo un estamento en el que la cultura del honor se mantuvo firme mucho m�s tiempo ese fue, sin duda, el militar. A lo largo del siglo XIX el ej�rcito sufri� una profunda transformaci�n: desde el �xito del modelo napole�nico se fue conformando la idea de ej�rcito nacional que aparece sintetizada en el lema �honor y conciencia nacional� que fija la conducta inseparable de todo oficial, como persona y como militar. Para este colectivo, retar a otros compa�eros o a civiles era una prueba de valor y de hombr�a pero, por encima de todo, era una obligaci�n inexcusable. Eso s�, si desempe�aban cargos o alguna representaci�n p�blica ten�an que renunciar a ellos antes de poder batirse a duelo. Fue lo que le sucedi� al almirante Jos� Mar�a Ber�nger y Ruiz de Apodaca, que present� su dimisi�n como Ministro de Marina para poder enfrentarse al diputado y periodista Adolfo Su�rez de Figueroa que le hab�a ofendido gravemente. El presidente Antonio C�novas del Castillo tuvo que asumir su cargo interinamente hasta que se produjo el duelo, en noviembre de 1891.UNA HUELLA B�RBARA Y BRUTALA finales del XIX, el honor representaba claramente a la patria y cualquier insulto era una ofensa nacional, as� que sigui� adapt�ndose a todas las coyunturas pol�ticas. Uno de los duelos m�s sonados de la �poca enfrent� en marzo de 1870 a Enrique de Borb�n, duque de Sevilla, y a Antonio de Orleans, duque de Montpensier y cu�ado de Isabel II que aspiraba p�blicamente al trono de Espa�a. El enfado de los Borbones por su postura era claro y manifiesto. Quien lo llev� m�s lejos fue el hermano menor de Francisco de As�s, Rey consorte, que lleg� a escribir un panfleto acus�ndolo de comprar voluntades pol�ticas mediante sobornos. En el escrito, que circul� pronto por todo Madrid, se refer�a a �l como �el pastelero franc�s�. No era un simple insulto sino una estrategia clara que muestra los m�ltiples usos del duelo. Mientras uno se postulaba como defensor del honor nacional el otro tendr�a que hacer frente a una grave ofensa personal y renunciar simb�licamente a sus aspiraciones p�blicas. Enrique de Borb�n consigui� su objetivo aunque con fatal resultado. Muri� en el duelo a pistola y Antonio de Orleans perdi� para siempre sus opciones al trono espa�ol.El honor y la virilidad nacional siguieron mezcl�ndose a media que el imperio colonial se desmoronaba. Los duelos en la guerra de Cuba entre oficiales espa�oles y cubanos mostraban este enfrentamiento entre nuevas y viejas naciones que todav�a se adentr� largamente en el siglo XX. La mayor parte de la prensa espa�ola sigui� el discurso oficial y reconstruy� el desembarco de Alhucemas dentro de un relato de restituci�n del honor nacional herido tras el grave desastre de Annual. La dictadura de Primo de Rivera reproduc�a la innovaci�n en propaganda que se produjo en la Gran Guerra con la utilizaci�n del cine y la radio. La pol�tica, como los medios de comunicaci�n, entraba en la era de las masas para terminar desplazando el viejo c�digo del honor.Tras la I Guerra Mundial Alfonso XIII presidi� la liga antiduelo abjurando de algo que consideraba un vestigio del pasadoEn 1924, el director del diario Abc y senador Torcuato Luca de Tenaret� a un duelo a Indalecio Prieto tras una serie de comentarios ofensivos. Sus padrinos fueron el general Jos� Sanjurjo y Rafael Esbry, director de La Correspondencia Militar. Los del diputado socialista fueron Ram�n P�rez de Ayala y Jos� Sicardo, ayudante del general Weyler. Los representantes de Luca de Tena impusieron unas duras condiciones, como correspond�a a la parte ofendida. La sorpresa lleg� cuando los comisionados de Prieto decidieron endurecerlas todav�a m�s, lo que atentaba contra el c�digo del honor. Los mon�rquicos insistieron en que esa no era la forma de proceder pero pronto advirtieron del riesgo de ser ridiculizados por la otra parte, a la que tendr�an que retar a un nuevo duelo por la ofensa, de modo que terminaron dejando el asunto en suspenso.El tiempo del duelo estaba llegando a su fin. Tras la Primera Guerra Mundial cada vez eran m�s los sectores que lo consideraban una pr�ctica anticuada y brutal. El Rey Alfonso XIII presidir�a la liga antiduelo en Espa�a y termin� de apartar a la aristocracia de lo que consideraba un vestigio del pasado. Esta es su historia.
El honor por encima de todo, una historia pol�tica de Espa�a a trav�s de los duelos: "Pol�ticos, periodistas y militares fueron quienes m�s se retaron"
El debate parlamentario estaba siendo bastante anodino hasta que el jefe de la oposici�n, Francisco Javier Ist�riz, acus� de comportamiento poco digno al presidente del...






