La teoría de la utilidad marginal indica el grado de satisfacción que ofrece un bien consumido. Cuanto más se consume, menos satisfacción. "Solo hay una cosa que escapa a la utilidad marginal, la última (copa)". Es uno de los lemas con los que viven Carlobianchi y Doriano, dos hombres de una generación perdida, amigos, bebedores irredentos, expulsados del sistema productivo en la crisis de 2008 y hoy extraños en el mundo en el que viven. Son los protagonistas de La última ronda en Venecia, la nueva película de Francesco Sossai y la gran triunfadora de los premios David Di Donatello, de la Academia de Italia.PublicidadAlcohol, mucho alcohol, una antigua amistad y, sin esperarlo, la arquitectura son los elementos que les reúnen en esta historia, una road movie ebria de ruinas, de búsqueda de una última oportunidad por el campo veneciano y de mucha humanidad.Hace casi diez años, en invierno, Francesco Sossai se emborrachó con un gran amigo. Esa noche conocieron a un joven estudiante de arquitectura. Por la mañana, con una resaca infernal, bromearon con el chico sobre hacer una película de dos tipos que bajan de la montaña para tomar unas copas y conocen a un estudiante… y a los que les unen esos tres elementos que hoy están, como un reflejo, en el filme que partió de su propia historia.Una región que se desvaneceEl actor Sergio Romano y el músico Pierpaolo Capovilla (fundador del grupo de rock One Dimensional Man y ahora miembro de la banda Il Teatro degli Orrori) son Carlobianchi y Doriano, mientras que el joven Giulio queda en manos de Filippo Scotti. Son tres fantasmas en el Véneto del siglo XXI. Los primeros, nacidos en los 70, son hijos de un mundo que ya no existe. El tercero es un humanista y, por tanto, un individuo que no encaja en esta sociedad. Juntos deambulan toda una noche, entre bares y gasolineras, por una región italiana, el Véneto rural, que también se desvanece.Publicidad"Eso ya no es campo, pero aún no se ha convertido en ciudad. Queríamos explorar el alma de una región que va a convertirse en un cementerio muy rico. Todo lo que no tiene que ver con los ecosistemas está desapareciendo. Casas antiguas y abandonadas o demolidas dan paso a edificios residenciales sin personalidad. La civilización campesina pertenecía a un lugar: era una expresión de la propia tierra. Una forma de vida que moldeó estos espacios durante siglos y que ya no existen", escribe en las notas de dirección Soddai, autor del guion con Adriano Candiago.Rastros de humanidadLa última ronda en Venecia es un cine que también mira al pasado, especialmente a la commedia all'italiana, y a unas películas espejo de la realidad, tratadas con profundidad y desde la poética, y que, en palabras de su director, se apoya en la idea de Pasolini de "la fuerza revolucionaria escandalosa del pasado". Se trata de "buscar rastros de humanidad, ideas, visiones del pasado que podrían encender nuevas ideas llenas de futuro".PublicidadEl cineasta ha encontrado esos vestigios en su propia memoria y en bares, trenes, autobuses, calles y plazas, de donde recogió momentos y conversaciones que fue apuntando durante años. Luego se aisló en las colinas de la Pedemontana con el coguionista y en una iglesia abandonada desplegó todas sus notas para empezar a ordenarlas.La verdad de los personajes nace de este proceso. La arquitectura, de la fascinación del cineasta por Carlo Scarpa, el arquitecto veneciano que integraba la luz y las vistas sobre el paisaje en sus construcciones. Fue el creador del Cementerio Brion Vega, donde el propio arquitecto está enterrado de pie y a donde Giulio lleva a sus nuevos amigos de esa aventura alcohólica nocturna. "¿Cómo podéis no saber nada del lugar donde vivís? / No sabemos una mierda, pero lo sabemos todo".Así, en una sola noche, la película cuenta la historia de Carlobianchi y Doriano, y la de tantas personas que quedaron varadas en el mundo anterior a la crisis, además de denunciar la transformación de la tierra en terreno comercial. Lo hace con dos actores maravillosos y con inmensa ternura, y ello mientras muchos de los lugares que aparecen en la película ya no existen, demolidos o arrasados por autopistas o nuevos y modernos pueblos que están conformando el mapa de hoy. "Lo van a destruir todo, no quedará nada de esta región, solo una enorme infraestructura para ir de un lado a otro", dice un personaje de esta historia, en la que la pareja de amigos intenta resistirse a un sistema que les ha vencido. Por eso, cuando el padre de Carlobianchi, harto de ver cómo deambulan de bar en bar, les pregunta si nunca van a crecer, solo pueden contestar "somos mayores para crecer".