Además de su impacto positivo sobre el capital productivo y, por tanto, sobre el crecimiento a largo plazo, la Inversión Extranjera Directa (IED) en España siempre se ha considerado una muestra de la confianza de los inversores extranjeros en nuestro país, pues, en general, recogen apuestas por proyectos de largo plazo en nuestro tejido productivo.

Otros indicadores más financieros, como la evolución de la bolsa o la prima de riesgo con el bono alemán, también se consideran un reflejo de esa confianza exterior en nuestra economía. Pero dichos indicadores dependen en gran medida de factores globales: las bolsas mundiales están interconectadas y el bono alemán suele actuar como valor refugio en caso de crisis internacionales, por lo que el diferencial puede aumentar, aunque no empeore la percepción sobre la deuda española.

La IED, sin embargo, recoge factores más genuinamente domésticos. Así, los buscadores de malas noticias económicas sobre España, un duro trabajo en estos tiempos, han señalado la caída de la IED en 2025 (un -12% en términos brutos y un -8% en términos netos) como la evidencia de una pérdida de confianza exterior en nuestro país. El Gobierno se ha apresurado a contestar esta visión negativa, al publicar el dato del primer trimestre de 2026, con un incremento de 23% en términos anuales. Este rifirrafe indica que, probablemente, el flujo de IED es un indicador demasiado volátil como para recoger esos cambios en la confianza internacional que, por definición, deberían ser menos erráticos. En el Gráfico 1 presento los datos de flujos de Inversión extranjera directa bruta en nuestro país desde 1993 hasta 2025, último año completo disponible.