“Mira, ¿sabes qué te digo? Ojalá esto fuese el mayor problema de la vida”. Entre insultos al presidente del Rayo Vallecano, exabruptos contra la situación de la entidad y preguntas al aire sobre qué va a pasar después de que la Comunidad de Madrid haya extinguido la concesión, la reflexión de este aficionado franjirrojo casi parece venida de otro planeta. Uno en el que el equipo con más solera de la ciudad es solo fútbol y no una forma de vida. Un mundo en el que la identidad del barrio no depende del campo donde dejarse las gargantas y el espíritu cada quince días.
La frase, sin embargo, resume un enfado tan enquistado en la hinchada que comienza a convertirse en resignación. En medio del fuego cruzado entre la directiva y el Ejecutivo de Isabel Díaz Ayuso, que este miércoles ha presentado una denuncia ante la Policía Nacional por los impedimentos para tomar el control del recinto e iniciar unas obras “urgentes”, los seguidores rayistas tratan de asimilar una noticia chocante aunque no sorprendente: su estadio, con 50 años de historia (casi la mitad que la de todo el club), va a dejar de poder acoger partidos del Rayo “de dos a seis meses”. Será así hasta que el Gobierno autonómico acometa los trabajos de emergencia y decida qué hacer con una nueva concesión.











