OpiniónLa codictadura de Nicaragua es una anomalía profunda y debería ser inaceptable, más allá de las declaraciones de rechazo.ESCRITOR, PERIODISTA Y POLÍTICO29.07.2026 22:01 Actualizado: 29.07.2026 22:01 Daniel Ortega ha anunciado que no habrá más elecciones en Nicaragua. Lo ha hecho amparado en una escenografía norcoreana, con miles de militantes sentados en bloques en la plaza, vestidos con la misma camiseta.Se necesita una declaración así de contundente para que la opinión pública internacional, y algunas cancillerías, recuerden que Nicaragua existe, tan olvidada como está la satrapía que subió al poder en el año 2006. Desde entonces ha dejado de haber elecciones.Ortega se ha enquistado en el poder mediante fraudes electorales, y la última vez, encarcelando, exiliando y quitándoles la nacionalidad a todos los candidatos presidenciales, junto con centenares de nicaragüenses más. Todos los periodistas independientes, además, se hallan en el destierro.Pero hay más. El año pasado la pareja dictatorial consumó una reforma constitucional que les permite compartir la presidencia, y convierte a los poderes del Estado en apéndices suyos. Han pasado a ser “órganos” sujetos a su voluntad, incluido el órgano electoral, que está formado por militantes sumisos. Un apéndice inútil ahora que las elecciones pasan a mejor vida.No pocos gobiernos democráticos parecen haberse cansado de los desmanes estrafalarios de la pareja. Es como si alguien escucha a un borracho escandalizar en la calle, y lo que hace es cerrar la persiana.En 2022 el matrimonio Ortega Murillo rompió con Países Bajos, acusando a su gobierno de “injerencista, intervencionista y neocolonialista”, y expulsó a la embajadora, y también al embajador de la Unión Europea. La cancillería de Países Bajos “lamentó” la decisión, y no expulsó, en correspondencia, al embajador de Ortega; le permitió quedarse como agente ante la Corte Internacional de Justicia.En 2023, después que el papa Francisco calificó al régimen orteguista como una “dictadura grosera” y “hitleriana”, sobrevino la ruptura de relaciones con el Vaticano, y el nuncio apostólico fue expulsado del país. Antes, el régimen había encarcelado y enviado al exilio al menos a cinco obispos y decenas de sacerdotes, y prohibidos las procesiones en las calles.En este año fue el turno de España. El embajador y el ministro consejero, junto con un grupo de cooperantes, fueron expulsados por “extralimitarse en sus funciones”, lo que llevó a adoptar una medida semejante al Gobierno español, y expulsó así al embajador Maurizio Geli, hijo del Maestro Venerable de la mafia masónica, Licio Geli.Y por último, Italia. Ortega mantiene desde hace años, bajo su protección, a Alesio Casimirri, miembro de las Brigadas Rojas, acusado de participar en el asesinato de Aldo Moro. El canciller Antonio Tajani señaló como inaceptable que Casimirri viviera tranquilamente en Nicaragua, dedicado a sus negocios. Fue suficiente para que el régimen calificara las declaraciones como “injustificadas, agresivas e irresponsables” y rompiera relaciones.Los epítetos contra el presidente Lula da Silva no faltaron cuando la dictadura decidió romper relaciones con Brasil en 2024: “Arrastrado” y “representante de los yanquis”, solo porque el embajador en Managua no asistió a la celebración del aniversario de la revolución. Y ese mismo año rompió también relaciones con Ecuador.Panamá y la República Dominicana han llamado a sus embajadores tras la andana de insultos con que la codictadura ha respondido a las declaraciones de rechazo a la abolición de las elecciones. Asfura, de Honduras, y Bukele, de El Salvador, ambos trumpistas, callan.La codictadura de Nicaragua es una anomalía profunda y debería ser inaceptable, más allá de las declaraciones de rechazo, ahora que queda claro que Ortega se corona él mismo, un Napoleón tropical, y corona a su esposa. Ya en 2009 había afirmado en la televisión cubana que un sistema multipartidista rompe la unidad de una nación y causa confrontación. Un solo partido, un solo pueblo, como en Corea del Norte, Cuba, o China. Solo que en esos países hay elecciones rituales dentro del partido único. Ahora el matrimonio Ortega prescinde del rito. No más elecciones.Y deberíamos poder decir: no más tolerancia. Detrás del absolutismo que se manifiesta sin tapujos, en desprecio a la democracia, está el sufrimiento de todo un pueblo amordazado. Sigue toda la información de Opinión en Facebook y Twitter, o en nuestra newsletter semanal. 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No más elecciones
La codictadura de Nicaragua es una anomalía profunda y debería ser inaceptable, más allá de las declaraciones de rechazo.













