En su libro La guerra del fútbol , el periodista polaco Ryszard Kapuscinski abordó los partidos clasificatorios para el Mundial disputados en 1969 por Honduras y El Salvador y, también, el enfrentamiento fronterizo entre ambos países al que abocaron. El fútbol siempre ha levantado pasiones. Pero en aquella ocasión condujo incluso a un conflicto armado.Los tiempos cambian. La guerra del fútbol es también el título elegido para este editorial, aunque su contenido tiene poco que ver con aquella contienda centroamericana. Alude aquí al choque entre los organismos rectores del fútbol en Europa y el Mundo, la UEFA y la FIFA. Un conflicto originado por esta última al anunciar su intención de crear la sociedad FIFA Forward Enterprise (FFE) –dotada con 20.000 millones de dólares, 4.200 de los cuales procederían de inversores privados–, y formalmente entablado después de que la UEFA expresara su rechazo al proyecto. Directivos de la FIFA indican que el control del Mundial seguiría en sus manos. Pero no ocultan que la FFE gestionaría los derechos televisivos, las licencias publicitarias, las ventas de entradas y los patrocinios; es decir, los capítulos más lucrativos del Mundial.En otras palabras, la intención de la FIFA es iniciar un proceso de privatización de la más alta competición de fútbol, deporte de gran popularidad global, como ha vuelto a acreditar una audiencia de casi 63 millones de telespectadores, que fueron los que siguieron la final entre España y Argentina del día 19.La UEFA reacciona contra el plan de la FIFA para privatizar el Mundial de fútbolEl poderío de la FIFA, integrada por las asociaciones futbolísticas de 211 países de todo el mundo (la ONU tiene menos miembros: 193), es superior al de la ­UEFA, que reúne a 55 federaciones de otros tantos países europeos. Pero la historia, el ámbito y el arraigo de la UEFA pesan lo suyo, y sería aventurado vaticinar un vencedor del lance.Además de pasiones, el fútbol mueve enormes cantidades de dinero, sobre todo en los Mundiales, cuya organización corre a cargo de la FIFA. Si en el Mundial de Qatar se contabilizaron ingresos por 5.769 millones de dólares, según datos de la propia FIFA, el recién clausurado en EE.UU. ha batido todos los récords con alrededor de 15.000 millones. El potencial de crecimiento es todavía importante, y la actual dirección de la ­FIFA parece dispuesta a exprimirlo hasta el final. Dicho esto, no podemos olvidar que, además de pasiones y dinero, el fútbol mueve sentimientos locales o nacionales y promueve ciertos valores a escala planetaria. Al menos, entre los jóvenes que, corriendo tras el balón, descubren el trabajo en equipo, el esfuerzo, el respeto mutuo, la aceptación de unas reglas compartidas y la superación personal y colectiva.En este punto es donde se expresan las diferencias entre los mandamases del fútbol y cuantos consideran un abuso la colonización por parte de intereses privados de este deporte transversal, que une voluntades. Es inevitable recordar que en el historial de la FIFA abundan las sombras, a menudo causadas por la codicia de sus directivos. Los tres últimos presidentes que ha tenido han trabajado para ampliar el radio de acción de la entidad, despertando en ocasiones el interés de policías y jueces. El brasileño João Havelange (presidente entre 1974 y 1998) apostó ya por el desarrollo comercial de la FIFA. El suizo Joseph Blatter (1998-2015) tuvo que dejar el cargo después de que se detuviera por corrupción a buena parte de su directiva en Zurich.Infantino planea abrir a inversores privados los capítulos más lucrativos de la alta competiciónEl suizo-italiano Gianni Infantino, presidente de la FIFA desde hace un decenio, da ahora este paso hacia la privatización. En su historial figuran la cerrada defensa de las concesiones, decididas por sus antecesores, de los Mundiales del 2018 y el 2022 a Rusia y Qatar, dos países que vulneran los derechos humanos (pero hallaron el modo de persuadir a la ­FIFA de su supuesta idoneidad). Aunque quizás ha perjudicado aún más la imagen de Infantino admitir, a petición de su amigo Donald Trump, presidente de EE.UU., la retirada de una sanción a un jugador del equipo norteamericano, en lo que solo podemos calificar de cacicada antideportiva, en línea con el desempeño de Trump, que aprovecha el poder para aumentar su patrimonio y que está emparentado con el propietario de una de las empresas llamadas a invertir en la FFE.Mal que bien, las pasiones, el dinero y los sentimientos conviven desde hace muchos años en el fútbol. Pero la nueva propuesta de la FIFA, si sale adelante, reúne todos los ingredientes para desequilibrar ese triángulo, imponiendo el afán de lucro de unos pocos sobre la mayoritaria afición deportiva.