27 de junio de 1969. Eliminatorias Mundialistas. Estadio Azteca. El Salvador 2-2 Honduras. Prórroga. Minuto 101.El balón llega al área hacia el futbolista salvadoreño Mauricio “Pipo” Rodríguez. Gira, dispara y la red de la portería hondureña se mueve en el coloso de Santa Úrsula. La locura se desata en el estadio y en las calles del país centroamericano. El Salvador avanzaba a la siguiente fase y estaba más cerca del mundial.Diecisiete días después, El Salvador invadiría Honduras. La guerra duró cien horas y murieron entre mil doscientas y cuatro mil personas. Ochenta mil salvadoreños fueron expulsados de sus hogares. «Realmente no pensábamos que eso iba a ser tan importante», recuerda hoy Pipo Rodríguez. Y el mundo, gracias al título de un reportaje del periodista polaco Ryszard Kapuściński publicado en 1978, la llamó para siempre la Guerra del Fútbol.Las tropas hondureñas observan los cuerpos de soldados salvadoreños abatidosBettman / Getty ImagesKapuściński confesó años después, en una entrevista con el diario salvadoreño El Faro, que había bautizado su libro así “para que vendiera”. Sabía perfectamente que la guerra no había sido consecuencia de un partido. Pero el título se quedó.La gran cuestión, que muchas veces queda olvidada, es qué hay más allá de ese nombre. ¿La clasificación al mundial puede realmente provocar una guerra? “El fútbol por sí solo no explica la guerra”, declaró a Historia y Vida el historiador salvadoreño Ricardo Castellón. Lo que los partidos de junio de 1969 hicieron no fue causar una guerra. Fue darle una chispa visible a un barril de pólvora que llevaba casi un siglo llenándose.La tierra que se robóPara entender lo que ocurrió en julio de 1969, hay que retroceder mucho más allá de los partidos. El problema era de tierra, no demográfico, sino agrario. Según Castellón, los eventos se pueden ligar hasta la época colonial. La transformación decisiva llegó con el café: la finca cafetalera necesitaba grandes extensiones de tierra, a diferencia de la hacienda añilera, que podía convivir con medianos y pequeños productores. El campesino quedó reducido a dos opciones: vender su fuerza de trabajo o rentar tierra para sobrevivir.El punto de quiebre legal llegó en febrero de 1881, cuando el gobierno salvadoreño firmó un decreto que abolía las tierras comunales. El preámbulo era explícito: la propiedad comunal “impide el desarrollo agrícola y obstruye la circulación de la riqueza”. Lo que siguió fue una expropiación masiva. El economista William Durham, en su monografía Scarcity and Survival in Central America (Stanford University Press, 1979), demostró con datos de censo que para más de la mitad de la población agrícola salvadoreña la concentración de la tierra había sido más determinante en su empobrecimiento que el propio crecimiento demográfico. El problema no era que hubiera demasiados salvadoreños. Era que sus tierras habían sido robadas.La consecuencia fue el éxodo. A finales del siglo XIX comenzaron a llegar a Honduras los primeros campesinos salvadoreños, reclutados por las compañías bananeras norteamericanas para sus plantaciones en la costa norte. Con el tiempo se internaron en el campo, abrieron parcelas en tierras baldías del Estado y construyeron aldeas. Para 1969 se estimaba que trescientas mil personas de origen salvadoreño vivían en Honduras, más del 10% de la población del país.En 1960 nació el Mercado Común Centroamericano. Cinco países en un mercado regional que ayudaría a prosperar a todos. El Salvador tenía una industria más desarrollada y dominó el comercio. Su producción inundó Honduras de productos manufacturados. Para 1967, la producción industrial salvadoreña superaba a la hondureña en un 110%, cuando antes de la creación del mercado común era solo el 27%.Honduras acumulaba déficits. Los pequeños industriales y artesanos hondureños quebraban. Y los trescientos mil salvadoreños que cultivaban tierras en el interior del país se convirtieron en el blanco perfecto: eran simultáneamente los que vendían los productos que arruinaban la industria hondureña y los que ocupaban las tierras que los campesinos locales necesitaban.Dos gobiernos al borde del abismoEn ese contexto gobernaban dos dictaduras militares con problemas graves.En Honduras, el coronel Oswaldo López Arellano había llegado al poder mediante un golpe de Estado en 1963. Para 1968 enfrentaba huelgas, protestas campesinas y una oposición que no cedía. La poderosa Federación Nacional de Agricultores y Ganaderos (FENAGH) presionaba para expulsar a los inmigrantes salvadoreños de las tierras estatales que ocupaban tierras que los ganaderos querían para sí. La reforma agraria que López Arellano diseñó no tocó las plantaciones bananeras ni los latifundios; redistribuyó las parcelas que ya cultivaban los salvadoreños expulsados.Oswaldo López ArellanoDominio públicoEn El Salvador, el general Fidel Sánchez Hernández acumulaba sus propias crisis: huelgas de sindicatos, de médicos, de maestros y un avance inesperado de la oposición en las últimas elecciones. Castellón apunta que la guerra pudo haber sido impulsada también por sectores de la oligarquía cafetalera salvadoreña, interesados en frenar las expresiones de descontento social. El historiador Carlos Pérez Pineda, con acceso a memorandos desclasificados de la CIA y comunicaciones de Kissinger a Nixon, revela que Sánchez Hernández no quería la guerra. Pero estaba atrapado: su ejército sí la quería, y la oleada de campesinos expulsados que llegaba desde Honduras era una bomba social que no sabía cómo desactivar.A ambos gobiernos les convenía lo mismo: desviar la atención hacia el enemigo exterior.La eliminatoria mundialista: la excusa perfectaEn ese contexto se jugaron las eliminatorias mundialistas para el mundial de México 1970. El Salvador y Honduras ganaron sus grupos en la primera ronda clasificatoria, lo que los llevaría a jugar dos partidos en busca de clasificar a la tercera y última ronda.El primer partido se jugó el 8 de junio en Tegucigalpa con victoria hondureña por 1-0. La selección salvadoreña había pasado la noche anterior sin dormir: la afición hondureña rodeó su hotel con bocinas y petardos. El segundo partido fue el 15 de junio en San Salvador, y lo ganó El Salvador por 3-0. Esta vez fue el equipo hondureño el que llegó al estadio en coches blindados. El delantero hondureño José Cardona lo recordaría años después: “Si hubiéramos ganado ese partido en El Salvador, no hubiéramos salido de allí.”Como represalia, Honduras aceleró las expulsiones. Las milicias civiles conocidas como la Mancha Brava participaron en los desalojos. Los relatos de los expulsados hablaban de castraciones, violaciones, asesinatos. El historiador Pérez Pineda tuvo acceso a 157 actas notariales de refugiados al cruzar la frontera: once declarantes aseguraron haber presenciado asesinatos de familiares o compatriotas.Y entonces llegó el tercer partido. El Azteca. Pipo. El minuto 101.La guerra comenzó el 14 de julio con un ataque aéreo salvadoreño sobre los aeropuertos militares hondureños. El primer ataque sobre Toncontín, en Tegucigalpa, fue un fiasco. Según Castellón, los oficiales estadounidenses en la base de Ilopango ni siquiera sabían lo que estaba ocurriendo. Estados Unidos reaccionó tarde. La mediación llegó en tres fases: primero, iniciativas vinculadas a derechos humanos, luego los cancilleres de Guatemala, Nicaragua y Costa Rica, y finalmente la OEA, que terminó resolviendo el asunto el 18 de julio.Niños refugiados en San Miguel. El Salvador, 1969Wikimedia commonsEl ejército salvadoreño, mejor armado y más moderno, tomó ciudades fronterizas y llegó a controlar unos 1.600 kilómetros cuadrados de territorio hondureño, avanzando hasta zonas como Santa Rosa de Copán. La fuerza aérea hondureña respondió con eficacia inesperada. Pero ninguno de los dos ejércitos tenía capacidad real para sostener un conflicto prolongado. “No sé si hablar de empate militar”, declaró Castellón a Historia y Vida. “Más bien hubo una incapacidad de ambos ejércitos para sostener una guerra de ese tipo.”El balance fue devastador: entre mil doscientos y cuatro mil muertos según las distintas estimaciones, con la mayor parte de las bajas del lado hondureño, ochenta mil desplazados y decenas de aldeas arrasadas. El Mercado Común Centroamericano quedó destruido. Honduras cerró su frontera. Las relaciones entre los dos países no se normalizaron hasta 1980.El campesino salvadoreño que había encontrado en Honduras un pedazo de tierra donde subsistir volvía a El Salvador con las manos vacías. Al mismo El Salvador que había expropiado las tierras de sus abuelos en 1881 para plantar café.Pipo y varios de sus compañeros eran amigos de los jugadores hondureños. Mientras los gobiernos preparaban la guerra, los futbolistas de ambos países se saludaban en los pasillos del Azteca. “Imagínese lo que debemos de haber sentido los que estuvimos involucrados en eso”, recuerda Rodríguez.Después de las cien horasEn El Salvador, la memoria pública de la guerra es casi inexistente; la guerra civil de los años ochenta sepultó casi todo lo anterior. El mismo ejército que había dirigido la invasión de Honduras masacró a su propio pueblo una década después. La memoria de 1969 no sobrevivió a eso. En Honduras, los veteranos visten uniformes en las ceremonias y tienen monumentos.Autoridades civiles, militares y eclesiásticas, incluyendo al arzobispo Óscar Romero y al presidente Fidel Sánchez Hernández, saliendo de la misa que marcó el fin de la guerra Arzobispado de San Salvador, CC BY-SA 4.0El Mercado Común Centroamericano, el proyecto que podría haber cambiado el rumbo económico de la región, quedó destruido. Honduras cerró su frontera. Las relaciones entre los dos países no se normalizaron hasta 1980. La frontera misma no quedó trazada definitivamente hasta 1992, cuando el Tribunal Internacional de La Haya emitió su fallo.Los campesinos que habían emigrado a Honduras y fueron expulsados en 1969 no encontraron tierra en El Salvador. Sus hijos y nietos emigraron hacia el norte. Hoy son salvadoreños y hondureños los que cruzan México hacia Estados Unidos por las mismas razones que en 1969 cruzaban la frontera entre sus países: problemas estructurales que un siglo después siguen sin resolverse.