La frustración es una experiencia universal. Puede proceder de pequeños contratiempos, como esperar colas kilométricas de tráfico, o de desafíos más importantes, como superar reveses personales. La forma en que la gestionamos influye de manera significativa en nuestro bienestar emocional. Para algunos, la frustración puede intensificarse hasta convertirse en emociones abrumadoras y dificultar el pensamiento claro o la capacidad de responder de forma constructiva.

Todos perdemos la paciencia alguna vez, sobre todo cuando las cosas no salen como esperábamos, y sentimos esa frustración. Se trata de una emoción, explica la psicóloga Montserrat Sanz García, que “surge cuando las necesidades o deseos que tenemos no se satisfacen, cuando la realidad no se ajusta a nuestras expectativas, nos dice: ‘Lo que estás haciendo no sirve para conseguir lo que quieres’, se trata de aprender de ese mensaje y ‘recalcular ruta’”.

La frustración y el papel de las expectativas

Todo el mundo experimenta frustración en mayor o menor medida, ya sea por llegar tarde a una reunión importante, por la falta de reconocimiento de la pareja o un ser querido o por no conseguir el ascenso tan esperado. Cuando las cosas no salen según lo planeado, la frustración puede aparecer rápidamente, y esto suele ocurrir cuando hay una brecha significativa entre lo que esperamos que suceda y lo que realmente pasa.