29 de julio, 2026 - 06h00Decía Winston Churchill que la política es casi tan emocionante como la guerra, y casi igual de peligrosa: en la guerra a uno lo matan una sola vez, pero en política, muchas veces. A esa frase habría que añadirle hoy un matiz: que en política no solo se puede morir varias veces, sino que además se puede seguir viviendo después de haber muerto. Y es que cuando Keiko Fujimori se ciñó la banda presidencial del Perú en el Congreso de Lima (ayer), sería ingenuo –o deshonesto– atribuir esa victoria únicamente a sus méritos personales, que son muchos, o a su maquinaria política, el partido Fuerza Popular. Detrás de cada voto que la llevó al Palacio de Gobierno, con un margen otra vez estrechísimo, hay un apellido que pesa más que cualquier campaña: el de su padre.Alberto Fujimori es, sin duda, una de las figuras más controvertidas de la historia peruana reciente. Las violaciones a los derechos humanos y el autogolpe de 1992 con el Congreso le ganaron justamente el repudio de amplios sectores del país y de organismos internacionales. Nada de eso se puede omitir ni maquillar.Pero tampoco se puede omitir la otra mitad de la historia, la que explica por qué millones de peruanos –muchos de ellos demasiado jóvenes para haber vivido su gobierno– siguen votando por su legado. Alberto Fujimori recibió, en 1990, un país al borde del colapso: una hiperinflación que superó el millón por ciento acumulado bajo Alan García (su primer gobierno fue de 1985 a 1990), un Estado incapaz de pagar su deuda externa y el terrorismo del grupo Sendero Luminoso, que había convertido regiones enteras en zonas de guerra y que amenazaba con tomar la propia Lima. En menos de una década su Gobierno estabilizó la moneda, reinsertó al Perú en el sistema financiero internacional y logró la captura de Abimael Guzmán, el líder de Sendero Luminoso, en 1992, marcando el principio del fin de la insurgencia senderista.Ese legado, guste o no, sentó las bases de treinta años de continuidad macroeconómica que ningún Gobierno posterior –ni de izquierda ni de derecha, ni siquiera los más populistas– se ha atrevido a desmontar del todo. Ese es el otro legado fujimorista, el que rara vez se menciona en los obituarios políticos: el orden macroeconómico que sobrevivió a la propia caída de quien lo construyó.Keiko Fujimori no es su padre y sería injusto para ambos tratarla como una simple continuación biológica de un proyecto político. Ha construido su propia carrera, ha sobrevivido a procesos judiciales y a derrotas electorales dolorosísimas. Eso, en sí mismo, es mérito propio. Pero sería igual de ingenuo pretender que su triunfo se explica sin el apellido que la precede. El voto por Keiko es, en gran medida, un voto por la memoria selectiva de un país que prefiere recordar el orden que instauró Fujimori padre antes que el autoritarismo que lo acompañó.La pregunta que le queda al Perú es: ¿la nueva presidenta logrará separar ambos legados, conservar el orden económico que la trajo hasta aquí sin repetir los excesos que le costaron la libertad a su padre? Demostrar que puede gobernar con luz propia es su gran desafío. (O)
Pedro X. Valverde Rivera: El desafío de Keiko | Columnistas | Opinión
Keiko Fujimori no es su padre y sería injusto para ambos tratarla como una simple continuación...















