Me es imposible pensar en Guayaquil como una ciudad sin espíritu. Y ahora, más que nunca, entiendo por qué muchos historiadores, poetas, literatos, artistas, sus propios habitantes y extranjeros se terminan enamorando de ella.Bueno, como todo espíritu fuerte y encantador, despierta muchas pasiones y sentimientos. No creo, para nada, exagerar cuando digo que en el ambiente podría sentirse desde envidia, coraje, frustración, tristeza y resignación, hasta la valentía, la superación, el orgullo y el amor. Y no me malinterpreten: lo que menos quiero es buscar culpables. Hemos tenido suficiente rencor guardado durante tantos años como para seguir perpetuando sentimientos tan negativos y lacerantes en nuestros corazones, los cuales, al final, de nada le han servido a la Perla del Pacífico.Hemos pasado casi las últimas dos décadas, sin que nos diéramos cuenta y sin que nadie le otorgue un nombre, en una aparente guerra civil solapada, silenciosa, tapiñada, fantasmal y muy hiriente. Y creo que las víctimas ya se dejaron de contar, porque lo que se lastima y se mancilla dejó de ser personal y se instauró en el día a día de nuestros habitantes como un cáncer. Desde entonces padecemos como si estuviéramos en etapa terminal.PublicidadAun así, no dejamos de ver en el horizonte “el mañana”. La esperanza sigue teniendo espacio en nuestro corazón, aunque sea baja; nunca es cero. Seguimos soñando como los millones de latinoamericanos en todo el mundo, solo que cada causa es especial y diferente a la de los demás. La de nosotros no es ni más ni menos. Nuestra esperanza es innata; nuestra esperanza es cívica, es artística, es patrimonial, es musical, es emprendedora y es justiciera, por sobre todas las cosas.Y cada amanecer sobre los árboles de acacias que cubren sectores de la Kennedy, cada atardecer sobre el césped del parque Samanes y cada anochecer sobre el Faro, seguimos adelante y no dejamos de repetirnos aquella metáfora que se popularizó unos años atrás: “La noche es más oscura justo antes del amanecer”.Como dije al inicio (y me reivindico un poco ahora, ya que a partir de este párrafo me referiré a Guayaquil como a una amada), me es imposible pensar en ti, amor mío, en la distancia donde me encuentro hoy, como una ciudad sin espíritu; todo lo contrario. Pensar en tus fiestas y tus jolgorios coloniales siempre me trae dicha al corazón. Pensarte vestida con tus celestes y blancos e imaginarte entre tus dulces clásicos y tu café a toda hora. Entre tus calores, tus lluvias y tus vientos. En el abrazo del río y en el susurro de tus iglesias. Entre tus pinturas, tus periódicos, tus bailes, tus calles y tu jerga popular. Entre el Clásico del Astillero, tu atareado centro, el caos del bello sur y el tráfico de tu hermoso norte.PublicidadPublicidadMe es imposible no verte fuerte y perpetua. Me es imposible no verte bella y aguerrida. Me es imposible pensar que esos corazones de cada guayaquileño dejen de mover tu vida. Y aunque sí, hoy en día me es difícil volver a verte, te sigo adorando, te sigo respetando, te sigo defendiendo y te sigo amando. ¡Viva Guayaquil! (O)Santiago Alejandro Cabrera Egas, Guayaquil