Hay palabras que dan esperanza y otras que preocupan. Aunque sea una tendencia en el mundo como forma de imponer agendas políticas e ideológicas, hay dos palabras que, al ponerlas juntas, nos invitan a pensar: Batalla cultural. En el anuncio del nombramiento de la guerrera Paola Holguín como ministra de Cultura, en medio de las promesas sobre las ventajas que tendrán los artistas, aparecieron unas frases sobre las que vale reflexionar. Se dijo que se buscaba volver a los valores, ejercer la cultura con orden y rigor y retomar el camino de lo correcto sobre lo incorrecto. Cabe preguntarse entonces, ¿cuáles son esos valores? ¿Los de quién? ¿Qué es lo correcto o lo incorrecto en materia cultural? ¿Cuál es el rigor y el orden en la cultura?Es claro que la batalla cultural es lo primero y no tiene que ver solamente con un ministerio. En el principio de todo está esa batalla: convencer a muchos de que hay un molde en el que debemos encajar, una manera correcta de ver, entender, mirar, actuar, ser y habitar el mundo. Lo demás es lo incorrecto, los demás son los que conviene mirar con recelo, los demás son lo de menos. La batalla cultural es tratar de convertir el espíritu militar en lo usual cuando los ejércitos nacieron para actuar en la excepcionalidad. Esa batalla está en todo lo que propone el nuevo Gobierno. Tendremos que ir haciendo la disección de los anuncios, de las decisiones, de los hechos, de los símbolos y de la propaganda que abunda en un Gobierno que quiere unificar y uniformar. La batalla cultural es todo, pero hoy me detengo en esas palabras que preocupan en el anuncio que se hace para el Ministerio de las Culturas, las Artes y los Saberes. No acabo de entender a cuáles valores se quiere volver ni qué significa ejercer la cultura con orden y rigor o retomar el camino de lo correcto sobre lo incorrecto. Si la cultura es plural y diversa en su esencia, si el arte todo está llamado a sacudir, a emocionar de múltiples maneras, si muchos de los grandes escritores y artistas que pasaron a la historia se salieron de los moldes en cada época, fueron los transgresores, los blasfemos, los que se anticiparon, los que nos hicieron mirar y sentir el mundo de otra manera, vale preguntarse: ¿qué cabe en eso que el anuncio llama orden y el rigor? ¿La búsqueda de orden será condenar las obras de Botero por gordas, por deformes, por enormes? ¿Habrá que volver a censurar a Débora Arango por atreverse a desnudar mujeres y prejuicios en sus lienzos? ¿El rigor será pedir a quienes hacen arte abstracto que se vuelvan figurativos para no salirse de lo correcto? ¿Recuperar los valores será sacar de los poemas y las novelas el erotismo, las tetas, las vaginas, los penes, los besos de todos los colores para que no se ofenda nadie? ¿Caben el perreo del reguetón y el movimiento de caderas de Shakira en el arte correcto? ¿Caben las canciones crudas de La Muchacha? ¿Se hizo con rigor y orden el trabajo de Feliza o a alguien le parecerá incorrecto convertir en arte la chatarra? ¿Se podrán ver en nuestros museos las pinturas de Picasso, las de Dalí? ¿Resistirá en la batalla el contramonumento Fragmentos que hicieron Doris Salcedo y mujeres víctimas de violencia sexual tras fundir miles de armas entregadas en un proceso de paz que se quiere desmontar? ¿Pasarán el filtro de lo correcto el yagé, el viche, el té de coca y el carnaval del diablo? ¿Los murales de memoria resistirán para ayudar a recordar? ¿Habrá imágenes vedadas por incorrectas, palabras prohibidas? ¿Cuál es la estética que recupera valores? ¿Quién decidirá? ¿Quién se encargará de sentenciar cuando una obra de arte, un poema, un libro se consideren incorrectos y faltos de rigor? ¿Habrá bloques de búsqueda de lienzos, de notas musicales, de poemas, de guiones, de películas? ¿Habrá quema de libros por inmorales? ¿Cómo se va a ganar esa batalla? ¿Cuáles serán las municiones y las armas? Habrá que pedir a los artistas y poetas que carguen sus guitarras y sus marimbas, sus cuatros y guacharacas, que empuñen sus lápices y pinceles, que alisten sus telares, que pongan en formación las palabras, las malas y las buenas, las de dudosa procedencia, las díscolas, las que no son bien vistas y las bellas… todas listas para resistir una batalla. Necesitamos arte libre y diverso para tener esperanza, para ver lo bello que hay hasta en las peores tragedias. Necesitamos arte libre y diverso para conectar con lo sublime, con lo mejor de los seres humanos cuando se va perdiendo la humanidad. Necesitamos arte libre y diverso desde las palabras que nombran la belleza y también lo innombrable, desde los colores que pintan el mundo cargado de matices, desde la música y el baile que nos unen en gritos y movimientos colectivos, desde el cine que escarba con su lente más allá de lo evidente, desde las esculturas que se hacen con todos los objetos y que narran todas las historias. Hay un riesgo para la democracia y para la salud de una sociedad cuando se considera que la cultura es un campo de batalla.